Domingo, 24 de marzo de 2019

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La conciencia abierta a la Verdad

Se ha presentado la culpa, años atrás, como un mero sentimiento traumático, torturador, del que había que librarse. Pero, ¿es así? 
 
Sigamos con las catequesis sobre la conciencia a partir de Ratzinger, El elogio de la conciencia (Palabra, Madrid 2010).
 
 
La culpa es la señal de alarma y la voz de la conciencia que nos permite reconocer un mal cometido, suscitando el deseo de repararlo, pedir perdón y emprender un camino profundamente liberador. Una conciencia errónea, que no sabe distinguir por una ignorancia vencible (y a veces es una ignorancia voluntaria, del que no quiere saber), jamás experimentará el sentido de la culpa y por tanto, creyendo que el bien es lo que él decida que es bueno, nunca pedirá perdón, ni corregirá sus pasos, ni enderezará cuanto haya torcido.
 
Una señal de salud de la persona es que el sentimiento de culpa pueda florecer. "Quien ya no es capaz de percibir la culpa está espiritualmente enfermo" (p. 15). Pero el sentido de culpa, el reconocimiento del mal realizado (o del bien que se ha dejado de hacer), permite abrirse a la luz de la Verdad. Es determinante para un hombre que está "in fieri", haciéndose constantemente y creciendo. Es más, incluso lo que la conciencia no nos acusa, pero objetivamente hemos hecho mal, está ahí presente y el hombre pone ante Dios y su Verdad lo que reconoce y lo que aún no conoce pero que está.
 
"Una sola mirada a las Sagradas Escrituras habría podido preservar de tales diagnósticos y de una teoría como la de la justificación mediante la conciencia errónea. En el Salmo 19,13 se contiene este aserto, siempre merecedor de ponderación: "¿Quién advierte sus propios errores? ¡Líbrame de las culpas que no veo!". Esto no es objetivismo veterotestamentario, sino la más honda sabiduría humana: dejar de ver las culpas, el enmudecimiento de la voz de la conciencia en tantos ámbitos de la vida, es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa, si uno está aún en condiciones de reconocerla como tal. Quien ya es incapaz de percibir que matar es pecado, ha caído más bajo que quien todavía puede reconocer la malicia de su propio comportamiento, pues se halla mucho más alejado de la verdad y de la conversión" (p. 15s).
 
 
Una conciencia culpable (o pecaminosa) sería la de los publicanos y prostitutas del Evangelio, que en el encuentro con Cristo, se convierten, cambian, porque eran conscientes de su pecado; pero la conciencia errónea de los fariseos, se cierra a la Verdad y prefiere su soberbia espiritual. Por eso unos merecen elogio por parte de Jesús, y otros una severa condena. "No en vano, en el encuentro con Jesús, el que se autojustifica aparece como quien se encuentra realmente perdido. Si el publicano, con todos sus innegables pecados, se halla más justificado delante de Dios que el fariseo con todas sus obras realmente buenas (cf. Lc 18, 914), eso no se debe a que, en cierto sentido, los pecados del publicano no sean verdaderamente pecados, ni a que a las buenas obras del fariseo no sean verdaderamente buenas obras. Esto tampoco significa de ningún modo que el bien que el hombre realiza no sea bueno ante Dios ni que el mal no sea malo ante Él, o carezca en el fondo de importancia. La verdadera razón de este paradójico juicio de Dios se descubre exactamente desde nuestro problema: el fariseo ya no sabe que también él tiene culpa. Se halla completamente en paz con su conciencia. Pero este silencio de la conciencia lo hace impenetrable para Dios y para los hombres. En cambio, el grito de la conciencia, que no da tregua al publicano, lo hace capaz de verdad y de amor. Por eso puede Jesús obrar con éxito en los pecadores, porque como no se han ocultado tras el parapeto de la conciencia errónea, tampoco se han vuelto impermeables a los cambios que Dios espera de ellos, al igual que de cada uno de nosotros. Por el contrario, Él no puede obtener éxito con los "justos", precisamente porque a ellos les parece que no tienen necesidad de perdón ni de conversión; su conciencia ya no les acusa, sino que más bien les justifica" (p. 16).
 
Así de sencillo, así de misterioso. El sentimiento de culpa es una llamada a la conversión y a abrazar la Verdad; cuando nunca existe ese sentimiento de culpa, la conciencia o está mal formada, o la hemos apagado y confinado a los límites de nuestra opinión, de lo que queremos determinar nosotros, por nosotros mismos, como bueno o malo.
 
La conciencia es una estructura abierta a la Verdad, necesita la Verdad. Reconocida la Verdad, la conciencia modifica el comportamiento del hombre y lo va haciendo 'bueno' a la vez que denunciará, mediante la culpa, el mal y el pecado. Por eso hemos de reconocer que "no es posible identificar la conciencia del hombre con la autoconciencia del yo, con la certeza subjetiva de uno mismo y del propio comportamiento moral. Esta consciencia puede ser a veces un mero reflejo del entorno social y de las opiniones difundidas en él. Otras veces puede derivar de una carencia de autocrítica, de una incapacidad para escuchar la profundidad del propio espíritu" (p. 17).
 
Muchas veces, en ciertos ámbitos (foros teológicos, clases, incluso catequesis y blogs) se alude a Newman como si éste situara la conciencia por encima de la Verdad y de la Iglesia, siendo autónoma y subjetiva, y se trae a colación su famoso brindis, en que primero brindó por la conciencia y luego por el Papa. No obstante, "la conciencia no significa para Newman que el sujeto sea el criterio decisivo frente a las pretensiones de la autoridad, en un mundo en el que la verdad está ausente y que se sostiene gracias al compromiso entre exigencias del sujeto y exigencias del orden social. La conciencia implica más bien la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; entraña la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la intimidad del hombre y la verdad que proviene de Dios" (p. 21).
 
Entonces, ¿qué tiene la primacía?, ¿qué es lo primero si esto que acabamos de ver en la catequesis es la conciencia?
 
En la jerarquía de las virtudes, subrayemos entonces la primacía de la verdad sobre la bondad, o mejor, resaltar el primado de la verdad sobre el consenso que nos acomoda a la sociedad, al grupo, a lo políticamente correcto. Así se entiende, y habremos de confrontarnos y medirnos, con lo que es un hombre de conciencia: "cuando hablamos de un hombre de conciencia, entendemos por tal a alguien dotado de esas disposiciones interiores. Un hombre de conciencia es el que, al precio de renunciar a la verdad, nunca compra el estar de acuerdo, el bienes, el éxito, la consideración social y la aprobación de la opinión dominante" (p. 22).
 
Con esto es suficiente por ahora, porque poseemos elementos para reconocer la naturaleza del todo especial de la conciencia y su apertura (necesaria) a la Verdad. Pensemos despacio esta catequesis.
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