Martes, 16 de julio de 2019

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Una historia de santidad (Palabras sobre la santidad - XXVIII)

Allí donde, por gracia, germina un santo, allí Dios entra derrochando luz y misericordia. Cada santo es un signo de Dios entre los hombres, una renovación muy visible de la presencia de Dios salvando y actuando, demostrando que Dios es Fiel y que permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, ofreciendo esperanza y vida sobrenatural.
 
 
"Los santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, espranza y amor" (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 40).
 
La Iglesia ha sido una buena madre de santos; cada época de la historia, en cada lugar donde la Iglesia se ha implantado y ha crecido, ha visto brotar santos, hombres de Dios, portadores de su luz allí donde estaban situados. En la variedad de los tiempos, de las culturas y naciones, en cada momento de la historia, la Iglesia se ha personificado en sus santos. 
 
 
Esta mirada teológica influye y mucho en la manera de considerar la misma historia de la Iglesia. Esta historia es una historia de santidad, con abundantísimos y variados frutos, a la vez que mezclados con los debilidades de los hombres, sus pecados y sus errores. Pero una mirada de conjunto llega a percibir que la historia de la Iglesia es una historia de santidad, con hombres y mujeres admirables, que han elevado cada época hasta Dios.
 
En cada santo, viviendo su momento histórico, la Iglesia se ha visto revitalizada y por tanto ha aportado vida, vitalidad incluso, a cada época. El complejo análisis de la historia de la Iglesia debe, por tanto, incluir la perspectiva de la santidad y de los santos.
 
"Los testigos privilegiados de esta primacía [de la caridad] son los santos, que han hecho de su existencia un himno a Dios Amor, con mil tonalidades diversas. La liturgia nos invita a celebrarlos cada día del año. Pienso, por ejemplo, en los que hemos conmemorado estos días:  el apóstol san Pablo, con sus discípulos Timoteo y Tito, santa Ángela de Mérici, santo Tomás de Aquino y san Juan Bosco. Son santos muy diferentes entre sí:  los primeros pertenecen a los comienzos de la Iglesia, y son misioneros de la primera evangelización; en la Edad Media, santo Tomás de Aquino es el modelo del teólogo católico, que encuentra en Cristo la suprema síntesis de la verdad y del amor; en el Renacimiento, santa Ángela de Mérici propone un camino de santidad también para quien vive en un ámbito laico; en la época moderna, don Bosco, inflamado por la caridad de Jesús buen Pastor, se preocupa de los niños más necesitados, y se convierte en su padre y maestro.

En realidad, toda la historia de la Iglesia es historia de santidad, animada por el único amor que tiene su fuente en Dios. En efecto, sólo la caridad sobrenatural, como la que brota siempre nueva del corazón de Cristo, puede explicar el prodigioso florecimiento, a lo largo de los siglos, de órdenes, institutos religiosos masculinos y femeninos y de otras formas de vida consagrada. En la encíclica cité, entre los santos más conocidos por su caridad, a Juan de Dios, Camilo de Lelis, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, José Cottolengo, Luis Orione y Teresa de Calcuta (cf. n. 40).

Esta muchedumbre de hombres y mujeres, que el Espíritu Santo ha forjado, transformándolos en modelos de entrega evangélica, nos lleva a considerar la importancia de la vida consagrada como expresión y escuela de caridad. El concilio Vaticano II puso de relieve que la imitación de Cristo en la castidad, en la pobreza y en la obediencia está totalmente orientada a alcanzar la caridad perfecta (cf. Perfectae caritatis, 1)" (Benedicto XVI, Ángelus, 29-enero-2006).
 
Para comprender la historia de la Iglesia, y valorarla justamente y sin prejuicios, hemos de ver siempre los santos que ha engendrado, el bien aportado por ellos, la luz que difundían.
 
En los santos la Iglesia se volvía a encontrar a sí misma y percibía los caminos nuevos que Dios empezaba a abrir, la llamada a una mayor entrega. Más de dos mil años de historia de la Iglesia, y los santos nunca han faltado. Ellos son los que escriben las mejores páginas de la historia de la Iglesia.
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