Martes, 23 de julio de 2019

Religión en Libertad

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El misterio de la conciencia

Vamos a empezar, con tranquilidad, una serie de catequesis sobre la conciencia en el hombre. En ella se entrecruza no sólo el Bien, el mal y la Belleza, sino también la libertad y la verdad, temas que, como bien sabemos, son de actualidad y que inciden directamente sobre el actuar cotidiano del cristiano en el mundo.
 
 
 
Estas catequesis van a seguir casi directamente, con algunas glosas simplemente, una obra de Joseph Ratzinger, "El elogio de la conciencia" (ed. Palabra, Madrid 2010). En la medida en que las trabajemos, veremos que se abrirán horizontes luminosos y clarificadores para nosotros.
 
La conciencia, o la cuestión sobre la conciencia, está en el centro de muchos debates dentro de la teología moral católica. Ahora la conciencia se ha interpretado, fruto de la cultura reinante, como la instancia subjetiva última que se da a sí misma el papel determinante de "decidir" qué es bueno y qué es malo: lo vemos plasmado en la frase simplona, y en el fondo relativista, de "allá cada cual con su conciencia" como si lo que para uno fuera "bueno" para otro pudiera ser "malo" o "neutro". ¿Cada uno señala qué es lo bueno y lo malo o más bien hay una objetividad en lo bueno y lo malo que la conciencia no pone sino que reconoce? ¿La conciencia es la fuente del bien o no será, más exactamente, la ayuda interior que tenemos para descubrir qué es el bien? "La conciencia se presenta como el baluarte de la libertad, frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad" (p. 9).
 
A la conciencia, sin más, sin mayor iluminación ni formación interior, se la eleva como baluarte de la libertad, que nos pone por encima de la Verdad incluso. ¡Yo soy libre!, y eso significa hoy, generalmente, que puedo hacer lo que quiera y la conciencia moral es la que uno se da a sí mismo.
 
Parecería que la conciencia es lo opuesto a la Verdad y a la autoridad que enseña y orienta hacia la Verdad. Es la autonomía absoluta del hombre respecto a todo y a todos, incluso autonomía sobre la ley moral y -consecuencia última del nihilismo- sobre Dios. Entonces, ¿la conciencia personal es la última instancia y es infalible? ¿No hay nada por encima de la conciencia?
 
"Si así fuera, eso querría decir que no hay ninguna verdad, al menos en temas de moral y de religión, o sea, en el ámbito de los auténticos fundamentos de nuestra existencia. Visto que los juicios de conciencia se contradicen, tan solo habría una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad.
 
No habría ninguna puerta ni ventana que permitiera pasar del sujeto al mundo circundante y a la comunión con los hombres. Quien se atreve a llevar esta tesis hasta sus últimas consecuencias, llega a la conclusión de que tampoco existe una verdadera libertad y de que los pretendidos dictámenes de la conciencia no son, en realidad, más que reflejos de las condiciones sociales. Loc ual debería suscitar la convicción de que la contraposición entre libertad y autoridad se olvida de algo; que ha de haber algo aún más profundo, si se desea que libertad y, por tanto, humanidad tengan algún sentido" (p. 10s).
 
A veces algunos preferirían ninguna autoridad ni ninguna Verdad para que la conciencia siguiera un camino absoluto, personal y subjetivo; parecería que conocer el Bien y ser iluminados por la fe complican más la vida, la hacen más difícil: "quien entiende la fe como un pesado fardo, como una imposición de exigencias morales, no puede invitar a los demás a creer, sino que prefiere dejarlos en la presunta libertad de su buena fe" (p. 12).
 
A lo cual, surgen algunas preguntas de importancia: "¿Tan triste y tan pesada es la verdad sobre el hombre y sobre Dios o, por el contrario, la verdad no consiste justamente en la superación de ese legalismo? Es más, ¿no consiste en la libertad? ¿Pero adónde conduce la libertad? ¿Qué camino nos indica?" (p. 13). ¿Es más cómodo una conciencia errónea, mal formada o insuficientemente formada? ¿No sería esto la destrucción de la persona, de su humanidad?
 
"La conciencia errónea protege al hombre de las onerosas exigencias de la verdad y así lo salva: este era el argumento. La conciencia no aparecía aquí como la ventana que abre al hombre de par en par el panorama de la verdad universal, la cual nos fundamenta y sostiene a todos, y de ese modo hace posible, a partir de su común reconocimiento, la solidaridad del querer y de la responsabilidad. En tal concepción, la conciencia tampoco es la apertura del hombre al fundamento de su ser, la posibilidad de percibir lo más elevado y esencial. Parece más bien la cáscara de la subjetividad, bajo la cual el hombre puede huir de la realidad y ocultársela. En este sentido, el argumento presuponía la noción de conciencia del liberalismo. La conciencia no abriría paso al camino liberador de la verdad, la cual o no existe o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos dispensa de la verdad. Se transforma así en la justificación de la subjetividad, que no se deja cuestionar, y también en la justificación del conformismo social, el cual, en cuanto mínimo común denominador de las diferentes subjetividades, desempeña el cometido de hacer posible la vida en sociedad. Se viene abajo el deber de buscar la verdad, al igual que se desvanecen las dudas sobre las tendencias generales predominantes en la sociedad o sobre cuanto en ella se ha hecho costumbre. Basta con estar convencido de las propias opiniones y adaptarse a las de los demás. El hombre queda reducido a sus convicciones superficiales y, cuanto menos profundas sean, mejor para él" (p. 1314).
 
Retengamos pues un dato: la conciencia no es la fuente de la verdad, sino que la conciencia se debe ir ajustando a la Verdad. Una conciencia errónea, es decir, que cree que algo es malo o bueno cuando es al revés, no puede ser, sin más, el criterio último y definitivo, elevado a absoluto, sino que debe corregir su error buscando la Verdad, aceptando que hay una Verdad objetiva que ilumina y orienta la conciencia y, si es necesario, nos hace cambiar de criterios.
 
Lo contrario llevaría a negar que exista el Bien y la Verdad, a que cada cual 'crea' el bien y la verdad, y a que todas las opiniones son igualmente verdaderas y respetables ya que no hay Verdad, sino simple opinión. Esto, en decisiones morales, conlleva muchas responsabilidades y despropósitos.
 
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