Miércoles, 24 de julio de 2019

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No merecemos la gracia (san Agustín)

¿La gracia viene a nosotros porque nos lo merecemos? ¿Acaso porque Dios ha hallado algo bueno en nosotros y nos recompensa con su gracia?
 
¡Algunos se lo creen! Y lo viven así: piensan que se merecen la gracia por sus buenas obras, y no se dan cuenta de que sin la gracia, que ya estaba ahí, ni siquiera habrían podido realizar esas buenas obras.
 
Se llama gracia porque es un regalo, un don, gratuito e inmerecido por nuestra parte, que corresponde siempre a una dignación de la misericordia de Dios.
 
En todo, y siempre, no es el hombre quien lleva la iniciativa y tiene la primacía: en el cristianismo, Jesucristo es lo primero y su obra es la obra de la gracia en nosotros. Un buena dosis de humildad nos hace falta para reconocer lo mucho que debemos a la gracia y lo poco que somos nosotros, heridos por el pecado original y con la concupiscencia inclinándonos al mal.
 
No, no merecemos la gracia ni la compramos con nada. Se nos da gratis y por amor de Dios.
 
 
"29. Por eso todos los que buscan excusas para sus iniquidades y torpezas son castigados justísimamente; porque los que son liberados lo son tan sólo por la gracia. Si la excusa fuese justa, ya no se libertaría la gracia, sino la justicia. Pero como la gracia es la que libra, no halla nada justo en aquel a quien libra: ni voluntad, ni obras, ni siquiera excusas, ya que, si hay una disculpa justa, quien la utiliza se libra con razón y no por gracia. 
 
Sabemos que se libran por la gracia de Cristo también algunos de esos que dicen: “¿Por qué se queja todavía? ¿Quién puede resistir a su voluntad?” Si esa excusa fuese justa, no se libertarían por gracia gratuita, sino por la justicia de esa disculpa. Pero, si se libran por la gracia, sin duda la disculpa no es justa. Gracia verdadera es aquella que libra al hombre cuando no se le retribuye por merecimiento. Dicen, pues: “¿Por qué se queja todavía? ¿Quién puede resistir a su voluntad?” Pero no se realiza en ellos otra cosa que la que se lee en el libro de Salomón: “La necedad del hombre estropea sus caminos y acusa a Dios en su corazón”.
 
30. Dios hace “vasos de ira para perdición”, para mostrar la ira y demostrar su poder, por el que utiliza bien aun a los mismos malos; y “manifiesta las riquezas de su gloria en los vasos de misericordia”, que fabrica para honor, no merecido por la masa condenable, sino donado por generosidad de su gracia. Con todo, en esos mismos vasos de ira fabricados para la ignominia debida a los merecimientos de la masa, es decir, en los hombres creados para los bienes de naturaleza, pero destinados al suplicio por los vicios, no crea, sino que condena Dios la iniquidad, pues a ésta la rechaza con su recta verdad.  
 
A su divino beneplácito hay que atribuir la humana naturaleza, que sin duda alguna es laudable; y del mismo modo a la voluntad del hombre hay que atribuir la culpa, que sin excusa es vituperable. Esa voluntad humana o transmite un vicio hereditario a la posteridad, que estaba encerrada en el hombre cuando pecó, o adquirió otros vicios cuando cada individuo vivió luego perdidamente. 
 
Pero ya se trate del pecado que originalmente se hereda, ya de aquellos que cada cual reúne en su propia vida por no entender, o por no querer entender, o porque aumenta la prevaricación con el conocimiento de la ley, nadie es liberado y justificado de ellos sino mediante “la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor”. Y ésta nos libra no sólo porque nos perdona los pecados, sino porque antes nos inspira la fe y el temor de Dios, infundiéndonos saludablemente el afecto y el efecto de la oración, hasta que cure todos nuestros achaques, y redima de la corrupción nuestra vida, y nos corone con su piedad y misericordia" (S. Agustín, carta 194).
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