Martes, 23 de julio de 2019

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Las virtudes teologales (y III)

La última parte del artículo de Von Balthasar completa la catequesis en tres partes sobre las virtudes teologales. Es -recordémoslo- un artículo en la ed. francesa de Communio, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20.
 
Antes de precipitarnos al leer algunos términos a los que no estamos acostumbrados, es preciso leer todo el texto y verlo en su conjunto, para no ver fantasmas de herejías donde no los hay, ni mucho menos.
 
 
 
"4. Sin duda la cuestión no se resuelve si no se interroga a la fe y a la esperanza de Jesús a lo largo de su existencia terrenal.
 
Del lado protestante, la respuesta a la cuestión a menudo es afirmativa: Jesús tenía fe y esperanza. Del lado católico, el P. Charles ya había roto una lanza en favor de la esperanza de Jesús, indiscutiblemente con razón. Había subrayado que incluso una presciencia infalible no impide la esperanza: la incertidumbre en cuanto al futuro, dice Charles, no es un momento esencial de la esperanza, y más bien debe considerarse como la huella dejada por el pecado sobre nuestras esperanzas. "La fuente única de donde brota la vida espiritual en el mundo entero, la podemos descubrir con seguridad en la esperanza inmutable e infalible de Cristo triunfante". 
 
 
Después de mi ensayo de 1960, el exégeta J. Guillet se situó con circunspección y reserva en favor de la "fe de Cristo". Ante todos los aspectos del comportamiento de Jesús, la misma pregunta se plantea siempre: ¿es compatible una fe, o la visión inmediata del Padre, que la teología medieval había atribudo a Jesús, no debe presuponerse en él?
 
Pero últimamente sólo podemos poner en evidencia la compatibilidad de una fe (seguramente ejemplar y superior a la nuestra) con la total certeza que revela el don de sí absolutamente único de Jesús al Padre, hasta en la total oscuridad de la cruz. El viejo adagio "simul viator et comprehensor", dice aquí su verdad. "Su fe no descansa sobre nada más", dice Guillet, "que sobre el vínculo que le une al Padre". En este sentido, "la visión es compatible con la fe... Jesús pudo durante toda su vida ver a su Padre, tener la certeza inmediata de su presencia, y creer en él, ir a él con toda su humanidad, en la paciencia del tiempo que murió...". Se puede entonces atreverse a plantear la fórmula: "la fe de Jesús, es quizás... el modo con el cual vivió su visión", y "en Jesús la fe es hasta el último momento oscuridad real y total abandono". En Jesús, la raíz común de las tres virtudes teologales -desinterés y abnegación particularmente manifiestas en la caridad, pero en el origen también de la fe y de la esperanza- es perfectamente perceptible, y es por lo que en el mundo está la más alta revelación del misterio trinitario.
 
5. Pero si consideramos -con razón- las "tres que permanecen" como "virtudes divinas", ¿no debemos buscar su fuente más originaria en la vida trinitaria de Dios? De hecho: las tres son las actitudes hechas posibles por Dios que acercan más al hombre de Dios. Nadie ha expresado esta idea con tanta audacia y ponderación a la vez como Adrienne von Speyr, de la que se pueden citar aquí algunas líneas. "La caridad, dice ella, es lo más grande que hay entre lo que permanece. Pero con ella permanecen la esperanza y la fe", porque son "una abertura del cielo a la tierra, hecha para atraer la tierra al cielo".
 
La Antigua Alianza estaba completamente bajo el signo de la esperanza, pero el Hijo habiendo realizado en la tierra toda la esperanza, ha despertado en los creyentes "una esperanza totalmente nueva", que continúa informando intrínsecamente a la caridad, afirmándola y haciéndola crecer, al igual que a la fe. Adán había sido creado para la obediencia de la fe, y toda la Antigua Alianza da testimonio de "la relación estrecha que une fe y esperanza", "en un espacio que Dios abre para el hombre".
 
En Cristo, la fe "se beneficia de un ensanchamiento sorprendente, fundado en la relación eterna del Hijo con el Padre, y sobre el modo con el que el Hijo vivió esta relación hasta en su misión". Al Hijo le es posible saturar una fe de esta relación, de manera que en él "el cumplimiento pleno de la fe" abre a la fe "nuevas regiones de esperanza". "La certeza que el Hijo trae con él del cielo a la tierra, su visión del Padre y su afecto eterno a él, son para la fe la posibilidad de creer siempre más... una mirada a lo invisible". Esta certeza puede quedar ocultada en el Espíritu, y en el día de la cruz y del desamparo la "innegable certeza de la visión del Padre y de su conocimiento" permanece, en medio de la "no-visión y del no-conocimiento". Fe y esperanza, sin embargo, que son "los depósitos de la caridad" que en Dios es plenitud de vida trinitaria, y "lo que hay en lo hondo de la fe y de la esperanza, la cual es expresión perdurable de la caridad, entre también en la vida eterna. Allí donde el Hijo asume ante el Padre la actitud del hombre "peregrino", que es prototipo de una fe y de una esperanza cristianas, allí se espera ya en el tiempo lo que de nuestra fe y de nuestra esperanza puede quedar eternamente". Estas dos, desde luego, han de pasar por una transfiguración. "Pero la conclusión, para la que no tenemos ni palabra ni concepto, no será una ruptura con lo que habrá existido, sino su cumplimiento. Dios no destruye las otras que han sido bastante buenas para llevar su amor a través del tiempo del mundo..."
 
Esta es la mirada que se ofrece sobre Dios desde el mundo, y por la mediación de Cristo. Se puede también mirar desde Dios y hacia el mundo. Hay que decir entonces que "la fuente de la fe, de la esperanza y de la caridad está más allá del tiempo". "La fe en la medida en que el Padre sitúa desde toda la eternidad su espera en el Hijo y en el Espíritu", y la halla realizada en la forma de "un don siempre nuevamente dado". "La ciencia infinita del Padre no le impide esperar constantemente. Deseando poner su ciencia al servicio del amor -lo que hace desde toda la eternidad- hace coincidir en él ciencia, fe y confianza. Esta fe está enraizada en un amor divino, que no podría defraudar; lo que se puede llamar, en Dios, fe y confianza, no es más que para permitir al amor desplegarse, para darle el espacio que una pre y omnisciencia muerta no podría donar y de la que necesita porque no espuede estar sin el don de sí, sin dinamismo, sin vuelo. En todo amor hay siempre una confianza, un deseo, una espera respetuosa de la libertad del otro, y de un don indominable que puede hacer de sí. Privar al amor de esta espera sería arruinarlo. Y en esta espera respetuosa está la fuente, en Dios, de toda nuestra esperanza; la esperanza que el Padre sitúa en el Hijo y en el Espíritu", y que todo como la fe "está presente en el Hijo y en el Espíritu sin perder nada de su intensidad".
 
"Seguramente hay una inadecuación, y posibilidad de incomprensión, al hablar de una fe en Dios. No se puede, por tanto, pasar sin el concepto. Si intentando comprender la vida de Dios, quisiéramos no recurrir más al concepto de fe, perderíamos toda inteligencia de esta vida".
 
Dios puede también metamorfosear nuestros conceptos. "Estos más altos dones de Dios, surgidos de lo más profundo de sí mismo y que nos dan parte en su vida, fe, esperanza y caridad, pueden decirnos quién es Dios mejor que nuestra naturaleza creada nos lo pueda decir desde su propia profundidad". Entrando en la eternidad, nuestra fe será seguramente transfigurada. Pero "la visión cara a cara nos será una forma de fe, muy concreta, muy manifiesta, mejor probada y mejor evidente. No destruirá nuestra fe: la cumplirá".
 
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Es un lenguaje difícil, sin duda alguna, lejano a la claridad. Pero creo que viene bien adentrarnos en otros lenguajes, así como conocer otras formas teológicas. Balthasar siempre es sugerente en su reflexión, pero sacrificó su claridad.
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