Lunes, 25 de marzo de 2019

Religión en Libertad

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Los méritos y la gracia (san Agustín)

Realmente maestro, san Agustín ofreció a la Iglesia y para siempre las reflexiones necesarias sobre la justificación, el mérito y la gracia en un momento en que el pelagianismo se extendía con fuerza, proclamando que el hombre se salva por sus propios méritos, confiando en la bondad original de su naturaleza.
 
La respuesta contundente de san Agustín orientó definitivamente la enseñanza de la Iglesia -codificada posteriormente en el concilio de Trento sobre la justificación- y puede hoy, igualmente, ser útil, claro, orientador, cuando tanta confusión hay en los principios (un antropocentrismo gigantesco) y en sus aplicaciones (las formas secularizadas de vivir la fe, el aburrido moralismo).
 
Son enseñanzas que hoy hemos de acoger y permitir que nos transformen racionalmente y modifiquen nuestra forma de percibir y luego vivir el cristianismo.
 
 
"19. ¿Cuál es, pues, el mérito del hombre antes de la gracia? ¿Por qué méritos recibirá la gracia, si todo mérito bueno lo produce en nosotros la gracia, y cuando Dios corona nuestros méritos no corona sino sus dones? 
 
Como en el momento inicial de nuestra fe hemos conseguido misericordia, no porque éramos fieles, sino para que lo fuésemos, del mismo modo al fin, es decir, en la vida eterna, nos coronará, como está escrito, “en piedad y misericordia”. No cantamos, pues, en vano: “y su misericordia me prevendrá”; y también: “Su misericordia me seguirá”. La misma vida eterna la alcanzaremos al fin, pero sin fin, y, por lo tanto, supone méritos precedentes. 
 
Mas, puesto que esos méritos que la consiguen no los hemos alcanzado por nuestra suficiencia, sino que se han producido en nosotros por la gracia, esa misma vida eterna se llama gracia, porque se da gratuitamente, y no porque no se dé a los méritos, sino porque se dieron antes los méritos por los que se da la vida eterna. Y hallamos que es el apóstol Pablo, magnífico defensor de la gracia, el que llama gracia a la vida eterna, diciendo: “el estipendio del pecado es la muerte; y es gracia de Dios la vida eterna en nuestro Señor Jesucristo”.
 
 
21. Pero el bienaventurado Apóstol procede contra el engreimiento, que trata de insinuarse incluso en los grandes, hasta el punto de que por ese engreimiento le dieron a él el ángel de Satanás para que le abofetease y no le permitiese levantar presuntuosamente la cerviz. Militando, pues, con cautela contra esta peste del engreimiento, dice: “Estipendio del pecado es la muerte”. Es estipendio porque se debe, porque se retribuye con justicia, porque se paga merecidamente. 
 
En cambio, para que la justicia no se engría con los méritos positivos del hombre, y a pesar de que no duda de que el pecado es un mérito negativo, no dice por contraste que la vida eterna sea estipendio de la justicia, sino: “La vida eterna es gracia de Dios”. Y para que esa gracia no se busque por otro camino que el Mediador, añadió: “en Jesucristo nuestro Señor”, como si dijera: “Al oír que la muerte es estipendio del pecado, ¿por qué tratas ya de engreírte, ¡oh humana no justicia, sino clara soberbia embozada en el nombre de la justicia!? ¿Por qué tratas ya de engreírte y quieres pedir la vida eterna, contraria a la muerte, como un estipendio debido? Sólo se debe la vida eterna a la verdadera justicia; pero si la justicia es verdadera, no proviene de ti, sino que “desciende de lo alto, del Padre de las luces”. Para tenerla, si es que la tienes, hubiste de recibirla, pues ¿qué tienes de bueno que no hayas recibido”? Por lo tanto, ¡oh hombre!, si has de recibir la vida eterna, ella es ciertamente estipendio de la justicia, pero para ti es una gracia, ya que la misma justicia es para ti una gracia. Se te daría la vida eterna como debida si precediera de ti esa justicia que la merece. Ahora bien, “de su plenitud hemos recibido” no sólo “la gracia”, por la que ahora vivimos en la justicia hasta el fin de las fatigas, sino también “por esa gracia, la gracia” de vivir después en el descanso sin fin”. Nada más saludable cree la fe, pues nada más verdadero descubre el entendimiento. Y debemos escuchar al profeta que dice: “Si no creyereis, no entenderéis”. (Carta 194).
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