Domingo, 24 de marzo de 2019

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La Tradición, instrumento de la Verdad

Las polémicas de estos años en torno a la Tradición requieren una cierta iluminación entre otras cosas, para no identificar acríticamente la Tradición con las tradiciones y las costumbres, elevando a éstas al rango máximo, intocables, ni confunde Tradición con añadidos humanos de una época ni con esteticismos (una determinada estética artística y litúrgica como único sinónimo y concreción de la Tradición. 
 
 
También requiere iluminación para comprender cómo la Tradición eclesial no es un fósil, ni un producto cerrado, sino que conservando siempre una sustancial identidad, continuidad, se explora una y otra vez, se saca a la luz tesoros escondidos en ella, avanza, crece, enriqueciéndose.
 
Del concepto verdadero que tengamos de Tradición va a depender la postura que tomemos y la comprensión de la misma Iglesia y su vida, por eso es necesaria la clarificación doctrinal y un ejercicio de la razón iluminada por la fe.
 
"Si el magisterio ordinario es la garantía del modo en que se declina la vida de la comunidad, el mayor instrumento de comunicación de lo verdadero en la vida de la Iglesia es su misma continuidad. Esto es lo que se llama tradición. La tradición es la conciencia de la comunidad que vive ahora con la memoria cargada de la riqueza de todas sus vicisitudes históricas.
 
Dice Henri de Lubac comentando la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II: "La idea de la tradición expuesta aquí deriva del concepto de Revelación: todo lo que ha recibido la Iglesia lo transmite 'con su doctrina, su vida y su culto'; no se trata solamente, pues, de una 'tradición oral', sino de una tradición concreta y viva que fructifica con el tiempo, de modo que, conservando la verdad revelada, la actualiza según las necesidades de cada época. Y observa además que 'la Tradición se recuerda siempre antes que la Escritura para respetar el orden cronológico, desde el momento que, en el origen de todo, está esta Tradición que viene de los Apóstoles' y que los libros sagrados fueron compuestos o recibidos en el seno de una comunidad constituida con anterioridad".
 
La comunidad cristiana, en cuanto Iglesia, es como una persona que al crecer toma conciencia de la verdad que Dios ha puesto dentro de ella y a su alrededor. La memoria es un elemento fundamental de su personalidad, como le ocurre al hombre individual; por el contrario, la falta de memoria constituiría un grave síntoma de rigidez mental, de esclerosis. En esto se ve por qué la unidad del cristiano con la tradición es una de las pruebas más grandes para contrastar su autenticidad religiosa. Debería ser un apasionado de esa vida y esa enseñanza que recorre los siglos desde hace dos mil años, y estar orgulloso de ser heredero de semejante tradición.
 
La importancia de la tradición es decisiva porque, dado que nos llega por medio de la vida de la comunidad  y al ser ésta última la continuación de Cristo en la historia, cuanto nos enseña ahora no puede estar en contradicción con lo que enseñaba hace mil años, no puede ser la verdad que anuncia y sus significados últimos -aunque no necesariamente las fórmulas o los usos rituales- una decadencia de su mensaje primitivo.
 
Escuchemos las palabras de Newman: "Cuando consideramos la sucesión de los tiempos durante los cuales ha subsistido el catolicismo, el rigor de las pruebas a que ha sido sometido, los cambios repentinos y maravillosos que lo han afectado desde el exterior y en su interior, la incesante actividad mental y los dones intelectuales de sus miembros, el entusiasmo que ha despertado, el furor de las controversias que han surgido entre sus fieles, la violencia de los asaltos que ha debido resistir, las responsabilidades sin cesar crecientes que ha debido asumir..., es totalmente inconcebible que no se haya disuelto en pedazos y arruinado en el caso de haber sido una corrupción del cristianismo...; y si su larguísima serie de desarrollos hubiese sido una secuela de corrupciones, sería éste un ejemplo de continuado error tan nuevo, tan inexplicable, tan extraordinario, que parecería casi un milagro capaz de rivalizar con esas manifestaciones del Poder Divino que constituyen la prueba del cristianismo. contemplamos a veces, sorprendidos y atemorizados, el grado de sufrimiento que llega a soportar el cuerpo humano sin sucumbir. Pero tarde o temprano llega el fin. Las fiebres tienen su punto crítico después del cual viene la salud o la muerte. Pero esta corrupción de mil años, si es que lo es, ha caminado continuamente hacia la muerte sin encontrarla nunca, y sus excesos, lejos de debilitarla, la han fortalecido"" (Giussani, L, Por qué la Iglesia, tomo 2, El signo eficaz de lo divino en la historia, vol. 3, Encuentor, Madrid 1993, pp. 73-73).
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