Jueves, 20 de junio de 2019

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Las virtudes teologales (II)

La relación entre las tres virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) está siendo estudiada en algunas catequesis siguiendo un artículo de Balthasar (Las tres virtudes son una, Communio ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20).
 
Es una catequesis para ver los resortes más internos del alma, movidos por Dios, para llegar y gozar de Dios mismo. Se resalta así el primado de Dios y la gratuidad de su actuación en interior. Claro, no nos salvamos por el humanitarismo, la solidaridad y los "valores", sino por la Gracia de Dios que convierte la existencia cristiana en una realidad nueva.
 
 
Fe, esperanza y caridad son los movimientos del hombre hacia Dios porque primero Dios mismo nos los ha comunicado para atraernos a Él.
 
Si sacamos las consecuencias reales de estas catequesis, veremos cuán lejos está la secularización y la pretendida moral autónoma de conducir al hombre a su verdadero fin.
 
Sigamos con el artículo.
 
 
"2. El carácter "divino" de la fe, de la esperanza y de la caridad
 
1. Testimonio primero en favor de la "divinidad" de las tres virtudes es su fundamento común: el desinterés o la abnegación que, en el corazón del mundo creado, es imagen de la "relacionalidad" de las personas, o hipóstasis, divinas: el Padre no es Padre más que ofreciendo toda divinidad al Hijo, cada persona es Dios en la relación que mantiene con las otras personas. El desinterés de Dios tiene por reflejo más manifiesto su caridad dada al mundo: el himno de Pablo a la caridad (1Co 13) lo dice en uno de sus versículos, y sus otras exhortaciones lo confirman: "soportaos por caridad unos a otros" (Ef 4,2), "llevad unos las cargas de los otros" (Gal 6,2), "que cada uno considere a los demás como superior a sí mismo" (Flp 2,3). Si Dios en Jesucristo "ha entregado su vida por nosotros, nosotros también debemos entregar nuestras vidas por nuestros hermanos" (1Jn 3,16).
 
Por tanto así es como Dios actúa en el hombre, y no se trata ya de una imitación de carácter solamente ético, sino de una expropiación ontológica: "si uno solo ha muerto por todos, entonces todos han muerto" (Rm 14,7s). Esto vale para la fe y para la caridad. Pablo lo enseña cuando considera que su vida "sólo está en la fe" como respuesta total a Cristo "que me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20). ¿Pero se puede atribuir el desinterés a la esperanza? La afirmación contraria, según la cual se vería en la esperanza un resto de aspiración egoísta a la felicidad, a cierta apariencia de verdad, y ha incitado a más de un hereje a describir el "puro amor" como un estado en el que el hombre ha superado la esperanza. La Iglesia siempre ha llevado la contraria a semejante tesis. 
 
En el origen de esta opinión falsa, hay que denunciar quizás la concepción agustiniana estrecha según la cual el creyente no puede esperar más que para él mismo (Agustín estaba convencido de que algunos están condenados, su esperanza no puede ser universal...). Pero a este estrechamiento se opone el pasaje de Romanos donde la creación entera "gime y espera la libertad gloriosa de los hijos de Dios", y donde el Espíritu intercede por los creyentes "con gemidos inefables" (Rm 8, 19-26). La esperanza, así, no viene de lo profundo de la criatura, sino que está inspirada, y está co-realizada, por el Espíritu. Esto vale para otro aspecto: término de la esperanza cristiana, la "herencia" está ya entre las manos del creyente, fundamentalmente, desde su bautismo, si bien "Cristo es para nosotros la esperanza de la gloria" (Col 1,27) o que el Espíritu que habita en nosotros es ya las "arras" (2Co 1,22; 5,5; Ef 1,14) de aquello que Dios nos autoriza a aspirar. No aspirar a ello no sólo sería ingratitud: sería contradecir lo que somos, por tanto es imposible amar el soberano bien sin aspirar a él.
 
 
2. Se podría a este decir a este respecto que la fe y la esperanza son deducibles a partir de la caridad, que es "lo más grande que existe" en cuanto respuesta humana otorgada por Dios al amor absoluto que Dios manifiesta en Cristo. La fe no es otra cosa que tener por verdadero este amor, de remitirse a él, y de conformar con él su ser y su actuar. "En Cristo Jesús... (sólo) la fe actuando por la caridad" vale (Gal 5,6). la caridad es "la obra de la fe" (2Ts 1,11). En un mundo aún no salvado integralmente, la caridad es siempre "difícil de practicar" (1Co 15,10s) hasta el punto de que, en 1Tesalonicenses 1,3, trata de "la obra de la fe", de "la labor de la caridad", y de la "constancia de la esperanza". La prueba y la paciencia se atribuyen particularmente a la esperanza -y se puede discernir cómo en la paciencia se resume toda actitud cristiana. La unidad y, en el fondo, la "perijoresis" de las virtudes teologales se ofrece para reconocer lo mejor posible la tentación y la prueba: en Romanos 5, 1-6, "gloriarse en la fe y en la esperanza" significa "gloriarse en la tribulación", porque la tribulación hace aparecer la paciencia, la paciencia una virtud probada, la virtud probada la esperanza, la esperanza finalmente el amor que Dios por el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones. 
 
Lo mismo sucede cuando fe, caridad y paciencia están coordinadas (Tit 2,2), cuando se exige alegría al cristiano porque en la prueba la fe gana la paciencia (Sant 1, 2-4), cuando el Apocalipsis exige "la fe y la paciencia de los santos" (13,10). La paciencia no es pasividad. Es la estabilidad de aquel que resiste bien la prueba, es en el tiempo una fuerza de eternidad.
 
3. Si es el caso, y entonces cuando -según Pablo- los carismas destinados al tiempo presente (hablar en otras lenguas, y demás), así como nuestro conocimiento "como en un espejo y en enigma", deben ser abolidos, porque no sirven ya para la "edificación", se puede preguntar si las "tres que permanecen" no van a sobrevivir al tiempo.
 
Es llamativo que en 1Corintios 13,13, el verbo esté en presente: "ahora quedan las tres, fe, esperanza, caridad". Que permanezcan para la eternidad, ya lo planteó Ireneo: tendremos eternamente que aprender de Dios siempre más grande; Orígenes lo siguió en este punto. Recientemente, después del P. Henry, M. F. Lacan nos ha hecho inteligible la interpretación patrística: "ahora" no tiene nunca un sentido temporal en Pablo. Se puede interpretar como un valor adversativo: a los carismas, que no durarán, se oponen las tres que permanecen, y entre las cuales, ... la caridad es la primera. Esto supone una metamorfosis de la fe y de la esperanza, sobre todo según Romanos 8, 24-25. Pero la metamorfosis no tiene que ser tan fundamental como la Gran Escolástica le exigía, si no se pierde vista el carácter gratuito, y por último trinitario, de estas dos virtudes".
 
La paciente relectura de estos principios nos pueden permitir ver la estructura de las virtudes teologales en el hombre, su forma, dinamismo, movimiento y objeto.
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