Viernes, 19 de abril de 2019

Religión en Libertad

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Querer con el amor de Jesús (y II)

Para amar, no buscar ser amado
 
            El amor siempre es un continuo darse. Cristo es el ejemplo máximo y la norma de referencia absoluta al amarnos primero: “como yo os he amado” (Jn 13,34). Ver el amor de Cristo –experimentarlo- es aprender a darse como Él se dio: “habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
 
 
            Amar no es buscar ser amado, querido, admirado, aplaudido: eso es egoísmo camuflado. “Si pues amas a Dios, ámale con amor de gratuidad. El verdadero amor no desea otra recompensa más que el mismo Dios a quien ama” (Serm. 165,4), y también dirá S. Agustín: “Si no te tengo a ti, ¿qué tengo? No quiero esperar de ti otra cosa que a ti mismo. Te amo gratuitamente y no deseo más que a ti” (Serm. 331,4). El amor ama, hace el bien –amor de benevolencia, sin buscar recompensa-, desinteresadamente, aunque por su dinamismo interno desee una respuesta libre de amor, ser correspondido.
 
            El amor es darse. Simplemente, aunque sobrevengan rechazos o falta de correspondencia, aunque incluya sacrificio, o dolor, o padecer con los problemas y la cruz del otro: “Llevad unos las cargas de los otros” (Gal 6,2); “nosotros, los fuertes, debemos llevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestra propia satisfacción como Cristo” (Rm 15,1).
 
            Se ama cuando con libertad, se comparte el propio ser y se entrega al otro y a los demás.
 
<>-Por el contrario, ¿qué hace el egoísta? (¡Sabiendo que todos somos egoístas!)
 
<>-<>-El egoísta rehuye todo sacrificio y cruz, todo lo que suponga el más mínimo esfuerzo por alguien o compromiso, ya que sólo busca ser amado, que se sacrifiquen por él, que estén pendientes de él... Por el contrario, dice el libro de los Proverbios: “el amigo ama en toda ocasión, el hermano nace para el tiempo de angustia” (Prov 17,17).
 
<>-El egoísta es inconstante; no sabe esperar y desconoce la perseverancia. Judas Iscariote es un caso típico, porque además no se dejó amar por el Corazón de Cristo, se impacientó viendo frustradas sus expectativas. El egoísta mantiene relaciones personales que son rápidas y fugaces. Es capaz de llegar a pisotear al otro –a lo mejor sin darse cuenta-, a hacer daño moral al otro. Busca llenar su corazón ya, aquí y ahora, sin tener en cuenta al otro. Sólo busca “ser amado” aunque no sepa lo que es el amor; llenar de la forma que sea su corazón, pero sin arriesgase a amar o darse. Sólo cuando alguien lo ame de verdad, el egoísta se dará cuenta de su situación, de su pobreza, se sentirá empequeñecido.
 
Sólo siendo amado por Cristo, en sus entrañas misericordiosas, veremos los que somos, y sabremos crecer. Ahí aprendemos a amar, y, tocados e inundados por la gracia del Amor de Cristo, nuestro egoísmo puede ser vencido, derrotado, aniquilado.
 
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