Miércoles, 19 de junio de 2019

Religión en Libertad

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La santa Iglesia... formada por pecadores (I)

Porque eso es lo que somos: pecadores, y sin embargo y a la vez, miembros de la Iglesia que es santa. He aquí la paradoja, que diría De Lubac; he aquí el carácter "trágico", que diría Guardini.
 
Somos pecadores y miembros de la Iglesia, pero ésta es Santa en sí misma participando de la santidad de su Cabeza, Jesucristo, y administrando todos los medios de la santificación, como fiel dispensadora de la Gracia.
 
El carácter humano junto al divino en la Iglesia es piedra de toque y escándalo para muchos. Vista desde fuera, y sin entrar nunca en ella, la Iglesia muestra su faz humana, la que componemos cada uno de nosotros, y se muestra un rostro tal vez desagradable y poco atrayente: se ven sólo nuestros pecados, los de sus miembros, que distorsionan a quien mire a la Iglesia con una mirada superficial o exterior. Hay que superar eso y dar un paso más: descubrir su verdad, su núcleo esencial, su santidad participada.
 
Nosotros mismos, miembros de la Iglesia, a veces tropezamos con el escándalo que nos provocan, no los 'pecados' de la Iglesia, sino los de sus miembros, olvidándonos de la naturaleza espiritual (sobrenatural) de la Iglesia misma.
 
"La Iglesia es para el hombre, en tanto individuo, el sustrato vivo de su perfección personal y el camino para que él se desarrolle como tal. Pero antes de hablar sobre la dimensión individual del hombre, permítanme anticiparles algo. Cuando yo intentaba exponer lo que la Iglesia significa para el desarrollo de la personalidad humana, quizás ustedes habrán querido plantear alguna objeción. Habrán recordado muchas imperfecciones que vieron en la Iglesia, habrán recordado también muchos desengaños personales y posiblemente sintieron como falso lo que yo estaba diciendo. Les habrá parecido que todo lo dicho era muy lindo en el plano de las ideas, pero que, lamentablemente se refería a una Iglesia ideal o abstracta, ya que la Iglesia real no es ni consigue ser lo que afirmábamos. Es por eso que les debo una explicación. Quien pretende hablar sobre el sentido de la Iglesia, también tiene que hablar sobre sus imperfecciones.
 
 
La Iglesia posee también ese carácter trágico propio de lo humano como tal, porque en el hombre los valores supremos están entrelazados con la imperfección. La verdad está asociada al conocimiento y a la enseñanza humanos, el ideal de perfección está supeditado a la realización humana, la ley y la configuración de la comunidad dependen de lo que el hombre hace. La Gracia, es decir Dios mismo, está ligada a las acciones que realizan los hombres (piensen, por ejemplo, en la santa misa). Lo absoluto y lo perfecto está fusionado con lo imperfecto y condicionado. Diríamos que esta interrelación constituye la tragedia de lo eterno, porque éste debe cargar con todas estas limitaciones cuando se introduce en el ámbito de lo humano. Constituye también la tragedia del hombre, porque debe aceptar sus propias imperfecciones, si quiere alcanzar la eternidad. Todo esto vale para la Iglesia como también para toda institución conformada por hombres. Pero, en la Iglesia alcanza una significación peculiar.
 
Ante todo, en la Iglesia están depositados los valores más nobles. Hay en ella una jerarquía de los bienes, y tanto más delicada es esa relación trágica, cuanto más noble es el bien valioso que está en juego. Aquí se trata del bien más valioso: la Santidad, la Verdad y la Gracia de Dios, es decir, de Dios mismo. Estamos hablando también de lo que se deriva de todos estos valores: la salvación de su alma. Una ciencia bien estructurada, un arte noble, una cultura desarrollada del conjunto de la vida humana, son ciertamente importantes, aunque se puede renunciar a ellas, si el destino las rechaza. Los bienes y valores vinculados a la Iglesia son tan necesarios en el orden espiritual, como el alimento lo es para el cuerpo, ya que son valores existenciales. Mi salvación depende de Dios; yo no puedo desentenderme de esta verdad. Si ahora esos bienes supremos y la salvación de mi alma están tan entretejidos con esas imperfecciones humanas, entonces, para mí tiene un significado totalmente distinto que, por ejemplo, una obra científica fracase, a causa del poco tiempo disponible o que una buena ley pierda vigencia, a causa del capricho de un partido político.
 
 
 
Aquí es necesario agregar algo muy importante. Lo religioso ocupa en la vida una posición completamente especial y específica. Si se busca determinarlo con más precisión, se verá que lo religioso es, en realidad, la vida misma. Sí, en el fondo, no es ni más ni menos que la vida plena orientada hacia Dios. Esto tiene como consecuencia el hecho de que lo religioso anima todas las energías y situaciones vitales. Así como el sol hace germinar la semilla, lo mismo hace lo religioso con todo lo viviente. En su ámbito, todo alcanza una tensión especial, tanto lo malo como lo bueno. Lo bueno se convierte en algo mejor, lo malo se convierte en algo peor, si la voluntad y el corazón no lo someten. El ansia de poder es abrumadora en todos los niveles, pero, en el ámbito espiritual es particularmente penosa... Si todo esto es tan cierto, entonces, en el ámbito religioso, ese carácter trágico se agrava, porque la insuficiencia es experimentada con mayor crudeza y dolor...
 
En la Iglesia no sólo debemos reconocer lo religiosamente bueno en cuanto tal, no sólo debemos reconocer el hecho de que, en general, ese bien está ligado íntimamente a lo humano, sino que, además, está presente únicamente en esta comunidad históricamente determinada y sólo en ella. La Iglesia concreta, como materialización del bien religioso, es ella misma vinculante. Con esto, hemos dicho muy poco. La "verdad" del cristianismo no está conformada por frases y valores abstractos que "estarían íntimamente ligados a la Iglesia". La verdad de la cual depende mi salvación, es un ser y una realidad concreta: Cristo en la Iglesia es la verdad. Él mismo así lo ha dicho: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Pero la Iglesia es su "cuerpo". La Iglesia misma es Cristo mismo que continúa viviendo místicamente, la vida verdaderamente concreta y la plenitud humano-divina. No se pueden separar de ella sus valores salvíficos o buscarlos en otra parte, porque están encarnados para siempre en la existencia histórica de la Iglesia. Por eso la miseria es tan amarga, si esta realidad que ofrece la salvación está gravemente impregnada de imperfecciones humanas.
 
Porque están en juego, en la Iglesia, los valores supremos, la salvación del hombre; porque la religión reúne, como en un centro, las fuerzas de la vida y despierta así todo lo que es humano, tanto lo bueno como lo malo; porque se trata de un acontecimiento ligado a una figura histórica, eso hace que ese carácter trágico de la Iglesia sea tan áspero. Tan áspero es, que entendemos esa profunda tristeza que se anida en el corazón de las almas superiores, la "tristeza così perenne" que jamás desaparece en esta vida, porque es como una fuente de la que siempre brota su caudal. Sí, esa tristeza llega a calar tan hondo, es tan clara y evidente a la mirada del creyente, que hace que su amor a la Iglesia se convierta en algo muy grande.
 
Este carácter trágico de la Iglesia le es completamente esencial a ella, radica en su centro más íntimo, pues "Iglesia" significa que Dios ha ingresado en la historia humana, y que Cristo con su ser, poder y verdad, continúa viviendo en forma mística en dicha historia...
 
Ser católico significa aceptar a la Iglesia tal como ella es, incluso con ese carácter trágico. Para el católico, esto es consecuencia de su aceptación básica y fundamental de toda la realidad, porque no puede recluirse en el reino de las meras ideas, sentimientos y experiencias personales, ya que en éstas no tendría la necesidad de afrontar ningún 'compromiso', y la realidad estaría abandonada a sí misma, es decir, alejada de Dios. Se podría reprochar al católico que, a menudo, ha asociado el cristianismo puro del Evangelio al poder y a la organización terrenal; que por sí mismo ha creado una religión canónica normativa y de fines terrenales, y que, además, ha rebajado sus más elevadas exigencias aristocráticas a un nivel mediocre, etc. Pero, en verdad, él simplemente ha mantenido la rigurosa exigencia de lo real; ha renunciado al bello romanticismo de los ideales y de las vivencias que le harían olvidar el mandato de Cristo de conquistar la realidad para el Reino de Dios, con todo lo que esta frase implica.
 
Suena paradójico que la imperfección pertenezca a la esencia de la Iglesia terrenal, en cuanto hecho histórico. No podemos apelar a la figura ideal de la Iglesia visible. Es cierto que podemos comparar su situación actual con lo que debería ser en realidad y trabajar para que ella se perfeccione. A esto está obligado el sacerdote por el Orden Sagrado y el laico por la Confirmación. Siempre debemos aceptar la Iglesia real efectivamente presente, colocarnos en ella y partir desde ella.
 
Todo esto supone que se debe tener la valentía de aceptar esta deficiencia permanente. A un hombre al que s ele hace evidente lo que es Dios, en tanto experimenta la grandeza de Cristo y de su Reino, tanto más profundamente sufre a causa de la deficiencia de la Iglesia. Éste es el fervor doliente que vive en el corazón del cristiano adulto, a su vez anclado en la alegría que posee todo hombre por ser hijo de Dios. El católico no puede evitar esta tristeza....
 
Lo único que vale es una Iglesia de hombres, bien divina, pero también con todo lo que es inherente al hombre -carne y espíritu- y al mundo, porque "la Palabra se hizo carne", y la Iglesia no es otra cosa que el Cristo siempre vivo y convertido en el contenido y modelo de la comunidad. Además, tenemos la promesa hecha por Jesús mismos que nos asegura que la cizaña jamás ahogará a la Iglesia..." (Guardini, R., El sentido de la Iglesia, Buenos Aires 2010, pp. 43-47).
 
Seguiremos más adelante con este punto, piedra de toque para comprender la verdad y el misterio de la Iglesia.
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