Jueves, 19 de mayo de 2022

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V Domingo de Pascua (Ciclo C)

Reflexiones homiléticas

1. Introducción

Los apóstoles en el pleno ejercicio de su misión evangelizadora exhortan a sus discípulos a permanecer firmes en la fe, porque “hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios”. Esta es la verdad, no los pueden engañar, como a nosotros la predicación de la Iglesia nos ayuda a enfrentar tantas batallas. Lo importante es que los apóstoles pueden constatar cómo a los paganos Dios les abre la puerta de la fe (primera lectura).

“Y el que estaba sentado en el trono dijo: ‘Ahora hago nuevas todas las cosas’”, esta es la promesa del Señor que como cordero inmolado ha vencido la muerte. Para un cristiano esta promesa se vive en la esperanza en cada circunstancia de la vida y es una de las frases claves del libro del Apocalipsis (segunda lectura).

2. Evangelio

En este quinto domingo de la Pascua, la Iglesia nos presenta un breve párrafo del Evangelio de San Juan que corresponde al llamado “discurso de despedida”, o mejor, el “testamento espiritual de Jesús” (cfr. Jn 13-17). El testamento de una persona, como se sabe, solo es válido después de la muerte de quien lo ha firmado. En el caso de Cristo, el contenido es desvelado antes del drama de la pasión para que, los discípulos puedan enfrentar como hermanos y a la luz de la fe el trastorno que ese hecho debe generar en una dimensión completamente nueva. Sin embargo, sabemos que no ha sucedido así, ellos se han dispersado con miedo y han abandonado al Señor.

Con la fuerza y el resplandor de la resurrección, el Espíritu Santo ha iluminado a los discípulos y les ha dado la comprensión de todas las palabras de Jesús. Después de la pascua el mandamiento nuevo cobra toda su validez, porque será la consecuencia moral de aquellos que han encontrado a Cristo resucitado en sus vidas a través de la predicación de los apóstoles.

En este discurso que los discípulos apenas entienden, Jesús anuncia su partida (el misterio de la pascua: muerte y resurrección) como una glorificación. El Padre es glorificado por el Hijo, que obedientemente acepta ofrecer su propia vida en el sacrificio de la cruz, y el Hijo es también glorificado por el Padre a través de su exaltación. Puede parecer una paradoja afirmar que la glorificación de Cristo coincide con su pasión y muerte, pero en el evangelio de Juan la gloria de Cristo es como una moneda que tiene dos caras: en su naturaleza humana Dios es glorificado y en su identidad divina, Dios revela su gloria.

El punto de partida del evangelio de Juan es el prólogo: “En el principio existía la Palabra...”, no obstante, el momento culminante de esta narración es: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como unigénito, lleno de gracia y de verdad...” (Jn 1,14). La gloria de Dios se manifiesta en este proceso con repercusiones cósmicas, o sea, la humanidad del Hijo unigénito de Dios entra en la historia para hacerse solidario y así salvar toda la humanidad.

El mandamiento nuevo “Os améis unos a los otros como yo he amado” tiene reminiscencias bíblicas en el Antiguo Testamento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18). Esta norma de conducta tiene una sutil diferencia con el nuevo mandamiento entregado por Cristo: en el mandamiento antiguo, la medida, el punto de referencia para amar era el amor que cada uno tenía por sí mismo, o aquello que cada uno considera como amor. Solo que este amor está manchado por el egoísmo, y nosotros podemos amarnos de forma desmedida y patológica, teniendo un concepto muy alto o peor, en el otro extremo: una idea pésima de nosotros mismos.

La novedad del mandamiento de Cristo reside en el “como yo he amado”, lo que significa que la medida y punto focal es el amor (ágape) revelado y realizado por Cristo. Ya hemos explicado en otra ocasión que, ágape (αγαπέ) es la expresión literal que utiliza el Nuevo Testamento en su versión griega para presentar de forma exclusiva el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, distinguiéndolo del amor “afecto” (philia) y amor “sensual o pasional” (eros).

Además de este detalle que determina la novedad del mandamiento de Cristo, otras particularidades lo hacen completamente diferente. El amor de Cristo se caracteriza porque no tiene ninguno residuo de egoísmo, implica el perdón, comprende la debilidad humana y es sacrificial.

Cristo ama sin ningún residuo de egoísmo, porque no piensa en sí mismo, pero sí en el bien de la persona. No piensa siquiera en el interés o beneficio personal, por ejemplo, cuando curaba no quería el reconocimiento o la gratitud de las personas. Cristo ama a través del perdón, que en otras palabras significa: transforma con la misericordia a aquel que sufre o padece ya que este amor no imputa la culpa, ni considera el mal infligido. Cristo ama comprendiendo la debilidad humana, o sea, ama al hombre sin distinción alguna, ama al pecador independiente de su situación moral. Cristo no actúa por preferencias. El amor de Cristo no exige mudanzas o reacciones drásticas en el comportamiento, es el amor que suscita posteriormente por atracción y seducción el deseo de cambio o conversión de vida. Cristo conoce nuestras limitaciones, defectos y debilidades, sabe que somos de barro, no solo cuando hacemos el bien y correspondemos a su amor, sino que nos ama también cuando se desata nuestro lado oscuro toda vez que nos sentimos atacados en nuestro orgullo. Finalmente, el amor de Cristo se caracteriza por ser sacrificial, o sea, es una oblación y ofrenda que el propio Jesús hace de su vida, como dice la alegoría del evangelio del domingo anterior: “El pastor da la vida por sus ovejas...”. Cristo se vacía inicialmente asumiendo nuestra débil y misteriosa naturaleza humana, renuncia su gloria despojándose de su dignidad, y entregándose para ser víctima amorosa en el altar de la cruz.

3. Actualización Catequética

Este mandamiento nuevo “como yo os he amado vosotros” fue realizado por Cristo de forma sublime, por lo tanto, en Él, Dios inyectó en la humanidad esta posibilidad. ¡La humanidad redimida y restaurada por el Señor puede amar así! ¡Podemos conocer este amor y desear amar así! ¡En Cristo, podemos vivir esta novedad del amor!

Nuestras relaciones humanas serían completamente diferentes, si estuviesen bañadas por este amor, en esta novedad del amor cristiano está una de las llaves del mensaje de Jesús. Amar sin esperar nada a cambio, como nos pide el egoísmo inculcado en nuestro pobre corazón; amar perdonando cuantas veces sea necesario y, por lo tanto, dando al otro la oportunidad de transformación; amar respetando el espacio del otro y comprendiendo las debilidades de aquellos que nos rodean, porque cuanto más colocamos reglas, cuanto más exigimos o pedimos de los otros, menos amamos. Amar implica respeto y no obligar al otro a cambiar. Y el último aspecto, que los santos, los mártires y tantos cristianos anónimos vivieron y aún viven: ¡amar hasta el punto de ofrecerse, dando la vida por los otros!

Dios nos ofrece a su propio Hijo y en él hemos podido contemplar su gloria, no un ser especial como los héroes o dioses de la cultura pre cristiana –por ejemplo, las figuras de la mitología griega o romana– o de los cómics –las historietas contemporáneas que han surgido en los Estados Unidos–. Estos héroes con poderes especiales, según la psicología representan en el inconsciente colectivo los deseos que todos tenemos de referencias sobrenaturales, pero están marcados por las pasiones, emociones y pecados (entre los cuales se destaca el egoísmo), y actúan con una justicia punitiva, porque socorren y premian a los que son justos y castigan a los que son malos. Jesús es el Hijo de Dios, en esto consiste su gloria. No es mitad Dios ni mitad hombre, ni mucho menos un hombre adoptado por Dios, ya que siendo así, Jesús resultaría ser una criatura especial en el mismo nivel de los héroes mitológicos.

En este caso, me parece oportuno la última parte de la trilogía de Spiderman protagonizada por el actor Tobie Maguire hace unos años, ya que esta ficción nos ilustra en los cómics una realidad psicológica que todos conocemos, porque la constatamos en nuestro día a día. En una de las películas de esta historia, el personaje protagonista en un momento determinado percibe que surge una fuerza oscura que lo acompaña y lo quiere dominar, un verdadero lado sombrío, que le hace cambiar sus propósitos, intereses e ideales, ya que hacer el bien no es lo fundamental..., así nos sentimos nosotros en muchas ocasiones de nuestra vida, peor aún, parece que el mal prevalece y no vale la pena luchar por lo que es correcto, bueno y noble.

Es el amor “Ágape” de Dios manifestado en Cristo el que nos impulsa, motiva y la causa de nuestra lucha para vencer el mal –ya que también nos purifica–, porque este amor es el origen de todo, la razón de ser de nuestra vida y la alegría de nuestro corazón: amados y perdonados gratuitamente en el Señor muerto y resucitado.

 

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