Martes, 25 de enero de 2022

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SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Reflexiones homiléticas

1. Introducción

En el Evangelio de Juan, encontramos la siguiente declaración: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (v.14). Esta frase solemne y sublime describe este evento denominado por la teología –que necesita del lenguaje humano para presentar los misterios divinos– a través de la expresión “encarnación” del Señor, pero que también podría decirse la “humanización” de la Palabra eterna de Dios.

Aquel que se hizo hombre en el seno de María ha existido desde toda la eternidad en el misterio absoluto de Dios (Jn 1,1-5). Dios no adoptó a un hombre, Jesús no es un ser humano dotado de cualidades especiales, como afirmaban antiguas herejías en los primeros siglos del cristianismo –que todavía abundan en las controversias filosóficas y teológicas de nuestros días–, sino que envió a su Hijo único que estaba en Él, y con Él es Dios en la “atemporalidad” de las cosas como expresión de su ser.

Por tanto, esta noche santa nos reunimos en torno a este gran misterio que nos conmueve, impresiona y supera racionalmente. Celebramos sacramentalmente en esta Eucaristía la encarnación del Señor en el seno de María, acontecimiento que se ha realizado en la historia como manifestación suprema del amor de Dios.

La Iglesia después de enfocar la Pascua, como el centro de la fe cristiana vio la necesidad de celebrar el origen humano, de aquel que murió en la cruz y resucitó glorioso para la salvación de la humanidad, por eso estableció esta fecha que no coincide con el día exacto en que se produjo en realidad –para conmemorar el “dies natalis” del Hijo de Dios hecho hombre, en la noche más importante del invierno del hemisferio norte, sustituyendo la fiesta pagana del rey sol victorioso del antiguo imperio romano.

Para esta solemnidad nos hemos preparado durante cuatro intensas semanas del tiempo de “Adviento”, con la Palabra de Dios y los Sacramentos, que nos guiaron para que, meditemos, inicialmente, en la última venida del Señor en el final de los tiempos en la gloria futura, y también, para la “venida” que ha ocurrido en la historia hace más de dos mil años, en la humildad de la carne en una sencilla y precaria gruta de Belén.

2. Evangelio

El Evangelio de esta noche santa, solemnemente proclamado, inicialmente presenta el marco histórico y geográfico del acontecimiento extraordinario a través del cual el Dios-amor asume la humanidad en Jesús de Nazaret. Estas coordenadas: Cuando César Augusto gobernó Roma (dimensión histórica), y en un pequeño pueblo llamado Belén, en la provincia de Galilea (dimensión geográfica), sirven al autor sagrado para demostrar que lo que sucedió no es una simple fábula o un mito del pasado, sino un acontecimiento único en la historia de los hombres.

En la interpretación teológica de este pasaje es necesario tener en cuenta los siguientes elementos, que caracterizan las diferentes dimensiones del misterio de la encarnación del Señor:

La encarnación es fundamentalmente un acto de amor. Es el amor de Dios trino, es decir, un Dios comunidad la razón de ser de este evento extraordinario. Por amor, Dios decide asumir nuestra naturaleza humana, compartiendo toda nuestra condición. Este amor no depende única y exclusivamente de la situación de miseria en la que se encuentra la humanidad, a causa del pecado. Por amor, Dios se inclinó en la persona de su Hijo al ser humano, dándole así una dignidad que lo convierte en participante de su naturaleza divina. Por eso, los Padres de la Iglesia apostólica pueden decir: “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”.

La encarnación es un proceso de vaciamiento o anonadamiento (kénosis). Asumir la carne humana en el seno de María para Dios significa hacer un proceso de profundo vaciamiento, ya que Dios abandona su condición de gloria eterna e infinita para entrar en la historia de la humanidad, en un cuerpo limitado y, por tanto, marcado por la precariedad de la debilidad humana (Flp 2,1-11). Se vacía para vivir plenamente el drama de la humanidad llamada a ser feliz en Dios, pero herida a causa del pecado, motivo de la propia desfiguración.

La encarnación es un acto profético. Todos los detalles narrados por el evangelio de Lucas del nacimiento de Jesús en la ciudad de David, proféticamente anuncian el centro de la predicación cristiana: el misterio pascual de nuestro Señor Jesucristo, ¡porque el Hijo de Dios murió y resucitó! No sólo lo anuncia sino que esta relacionado perfectamente con la pascua, ya que hay un paralelismo sorprendente en estos dos eventos importantes de nuestra fe: En la encarnación, el signo es un niño indefenso y frágil vendado por su madre y lleno de vida; en el misterio pascual el signo es el cuerpo vendado, pero sin vida, completamente marcado por el dolor de la pasión. El niño Jesús es depuesto en un simple pesebre en la gruta de Belén; el cuerpo sin vida de Jesús es depuesto en una gruta de una montaña, que sirve como sepulcro a las afueras de la ciudad santa de Jerusalén. El anuncio del nacimiento es hecho por los ángeles enviados divinos; el anuncio de la resurrección victoriosa de Cristo es hecho por el ángel de Dios. Los ángeles ante este gran misterio dicen: “no tengan miedo, porque os ha nacido un Salvador” (Lc 2,10-11); de igual forma, ocurre con el ángel en el Domingo de la Pascua cuando proclama a las mujeres: “No tengan miedo, resucitó, no está aquí” (Mt 28, 5-6). El anuncio del nacimiento del Hijo de Dios tiene como destinatarios un grupo de pobres pastores, que en la mentalidad cultural y religiosa de la época eran considerados impuros, pícaros y sin ningun valor en la sociedad; y el gran anuncio de la resurrección del Hijo de Dios tiene como destinatarias un grupo de mujeres, que en la estructura machista y patriarcal no contaban para nada, de las cuales se pensaba estaban desprovistas de inteligencia y que no podían siquiera desempeñar la función de testigos de algo importante.

3. Actualización Catequética

La filosofía y la ciencia moderna dicen que el hombre es un animal racional, que tiene unas características –triple realidad– que lo diferencia de las otras criaturas: inteligencia, voluntad y sentimiento. Entendemos entonces que la inteligencia nos fue dada por Dios para conocer, que la voluntad nos fue dada para obrar y hacer el bien, y finalmente, se nos han dado los sentimientos para poder amar.

En la encarnación Dios asume estos tres componentes de la estructura humana. En Jesús el proceso cognitivo tiene lugar gradualmente a través de la experiencia y el aprendizaje, Jesucristo tuvo inteligencia humana en un cuerpo similar al nuestro, su inteligencia ha ejercido la razón, pero sometió esta facultad –en su intimidad– a Dios Padre, a través de la confianza filial que trasciende los límites impuestos por la lógica de la mente humana. Jesucristo tuvo una voluntad humana, con la que ejercía su libertad, en virtud de la educación que recibió en obediencia a sus padres, y orientando su vida en la senda de crecimiento hasta la manifestación como Mesías, para poder hacer la voluntad de Dios y llevar a cabo el plan de salvar a la humanidad por el amor, aun siendo tentado exteriormente no dejó de hacer el bien, y ¡no podía ser de otra forma! Y, finalmente, Jesucristo también tuvo sentimientos humanos, que son reacciones –como lo explica la psicología– de las emociones, en donde el más grande y el más sublime de todos es el amor. En su humanidad, en la vida cotidiana de su infancia, y en otras etapas de desarrollo de los llamados “treinta años de silencio en la familia de Nazaret” prevalecerán todas las connotaciones propias de la psiqué humana: la alegría, la tristeza, el miedo, la ansiedad, el entusiasmo, el afecto, la indignación, pero es el amor que impregna todo, motiva todo, justifica todo.

La Navidad nos recuerda que Dios quiso ser hombre con el fin de comprender en nuestra naturaleza nuestra condición, y por lo tanto, nos muestra cómo hombre su amor perfecto. Ser hombre significa tener miedo, frustraciones, preocupaciones, inseguridades, pruebas, y también una gran diversidad de penas, alegrías, sueños, proyectos y sentimientos. A nosotros no nos gusta sentir todo esto, preferimos dominar y controlar, pero no la experiencia de la precariedad de nuestra humanidad, expresar nuestras debilidades y miserias es sinónimo de flaqueza. ¡Dios quiso ser hombre, y los hombres tienen la pretensión –y lo intentan sin poderlo– de querer ser como Dios! La Navidad nos recuerda que debemos vivir plenamente nuestra humanidad con todo lo que eso significa, en sus maravillosos contrastes, es decir, con las luces y sombras que nos caracterizan, porque Dios quiso estar cerca de nosotros, como uno de nosotros. ¡De hecho en Cristo realmente aprendemos a ser hombres!

Para terminar, recurramos a una hermosa analogía literaria que nos ayuda a penetrar en este misterio de la encarnación del Señor. Además de la racionalización y la elucidación, nos servimos de imágenes, símbolos y relatos sencillos que ejemplifican de algún modo este hecho inédito en la historia de la humanidad.

El pensador danés Soren Kierkegaard (cristiano luterano), perteneciente a la corriente filosófica existencialista, escribió una parábola llamada “El rey y la plebeya”, para ilustrar el misterio de Dios haciéndose hombre y poder explicarlo a los niños (transmisión de la fe). En resumen, la historia es así: Supongamos que un rey muy poderoso al que todo el mundo temía se enamora de una mujer humilde de una aldea insignificante en su reino, ésta era su mayor debilidad. El rey decidió ir a su encuentro para declararle sus sentimientos, pero pensó que presentándose así con toda la gloria, su poder y su pompa podrían impresionarla, intimidarla o deslumbrarla. El rey, convencido de que no podía elevar a la muchacha sin aplastar su libertad, decidió bajar hasta ella. Vistiendo como un mendigo el rey asumió una nueva identidad, renunciando a su trono para declarar su amor y ganar su amor...

La parábola queda con un final abierto –a partir de aquí hacemos nuestras elucubraciones particulares, dada la riqueza de esta sencilla historia–, porque quizás el autor no lo pretendía, ya que era simplemente una fábula y no tenemos un final que diga: “y fueron felices para toda la eternidad”. Esta parábola tiene también un componente dramático: ¿La pobre mujer aceptó o rechazó realmente al rey despojado de su condición? Porque el rey simplemente quería ofrecer su amor y ser amado por lo que era, no por lo que tenía o representaba. Como sucedió con el misterio de Dios que se hizo hombre en Cristo Jesús, porque al Señor algunos lo aceptaron, pero muchos lo rechazaron, lo cuestionaron, lo despreciaron y finalmente lo mataron. Del mismo modo, podemos preguntarnos: ¿Acepta el hombre este gesto de extrema humildad? ¿Nos dejamos seducir por un Dios que se esconde en la humildad de la carne? Un Dios que no quiere impresionarnos, intimidarnos o deslumbrarnos, sino sólo ofrecernos su amor y salvarnos.

Esta parábola, por un lado, ilustra lo que San Pablo dice a la comunidad que está evangelizando en Filipo y que hemos ilustrado anteriormente a través del misterio de la kenosis (Fil 2:6-11). Pero por otro lado, esta parábola destaca el acto de amor, ya que Dios se despojó de su gloria divina, se despojó de su omnipotencia para venir a nosotros los hombres con una naturaleza similar a la nuestra (Synkatabasis, la condescendencia), y en la misma condición de debilidad, fragilidad y limitación, ofrecernos la salvación, porque como dice el propio Kierkegaard: “en efecto, sólo el amor hace iguales las desigualdades".

¡Una Santa y Feliz Navidad para todos!

 

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