Sábado, 16 de noviembre de 2019

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Crisis en Chile: En Santiago las paredes hablan

por Nobleza obliga

El término “las paredes hablan” muy bien puede aplicarse a la situación que vive hoy Chile. Las protestas que se desataron en la tarde del viernes 18 de octubre y que hoy continúan, han dejado a Santiago llena de grafitis que reflejan la inconformidad y el resentimiento que son consecuencia de los años en los que muchos chilenos han tenido que soportar dificultades como los bajos salarios, las bajísimas pensiones, los altos costos de la medicina, la salud, la educación, las deudas vitalicias, las tremendas desigualdades sociales entre otras condiciones.

Es durísimo caminar por sus calles y ver tantos ¡y tantos! reclamos en las paredes, unos con mensajes violentos e insultos y otros con justas peticiones. “Nos robaron tanto que nos robaron el miedo”, “Chile no duermas nunca más” “Un solo pueblo”, “Muévete en bici”, “Evade”, “Aquí torturaron a mi hijo”, son algunas de las muchísimas frases escritas en aerosol que dejan ver el inmenso dolor de una sociedad inconforme, reprimida, marginada que, como si hubiese destapado una gigante gaseosa agitada, ahora anda efervescente queriendo a toda costa hacerse escuchar.

Protestar es legítimo y a veces necesario cuando algunos dirigentes están adormecidos frente a las necesidades de la mayoría de ciudadanos. Pero resulta muy doloroso ver cómo ese derecho va acompañado de una minoría muy violenta y lo suficientemente significativa como para continuar con el caos y el miedo en la ciudad (y también en otras regiones de Chile). Hoy siguen destruyendo estaciones del metro, saqueando y quemando supermercados y farmacias y dejando a millones de chilenos con grandísimas dificultades para movilizarse, adquirir los productos de primera necesidad y de salud básica.

Bien lo dijo el papa Pablo VI en su encíclica Populorum Progressio: “La insurrección revolucionaria —salvo en caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país— engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor”. Eso es justamente lo que está ocurriendo en Chile ya que la mayoría de quienes sufren estas carencias provienen de las clases menos favorecidos lo cual demuestra el mensaje contradictorio de los reclamos cuando van acompañados de violencia.

El fin de semana que pasó muchos chilenos quisieron darle vuelta a la página luego de los días llenos de tensión. Se armaron redes de ciudadanos dispuestos y generosos que salieron, de manera voluntaria, a a limpiar escombros, pintar paredes y poner de su parte para que Santiago volviera a ser la ciudad amigable y acogedora que la ha caracterizado. Pero el lunes las paredes hablaron de nuevo y muchos escribieron y rayaron sobre los muros recién restaurados: “Tu pintura no borra nuestra sangre”, fue para mi una de las frases más impactantes.

Los chilenos que legítimamente protestan (los hechos violentos son otra historia y ameritan un análisis profundo sobre quién está detrás de esto) necesitan ser escuchados en diálogos donde se dejen de lado resentimientos y arrogancias, donde nadie crea estar por encima del otro. Varias universidades han abierto estos espacios que han permitido la unión de dos “chiles” que durante décadas han coexistido a pocos metros de distancia. El Chile de una clase alta, muchas veces desconectada del resto de su país (tristemente) y el Chile de una clase media y baja, que trabaja largas jornadas para intentar sobrevivir, que sufre la llegada de fin de mes sin solventar las necesidades básicas y adquiriendo eternas deudas.

Chile, un país que ha sido como visto modélico en tantos aspectos para el resto de la región, necesita ser modelo de cómo superar una crisis con diálogo, unión, respeto y fraternidad. Necesitan sanar las heridas históricas que han traspasado generaciones y que han encontrado su punto más álgido en las violentas protestas de los últimos días. Necesita una paz que no puede ser, como dijo el Papa Francisco en el mensaje de la LI Jornada Mundial de la Paz un “simple equilibrio de la fuerza y el miedo” sino más bien una paz que “se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida”.

 

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