Sábado, 23 de marzo de 2019

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María asunta al cielo, cuando los pueblos la invocan quedan transformados

María asunta al cielo, cuando los pueblos la invocan quedan transformados

La solemnidad de la Asunción de María, es una de las principales fiestas litúrgicas de la Madre del Señor. Todas las Santas Iglesias de oriente y occidente de manera sinfónica celebran al Señor en el Espíritu Santo para gloria del Padre en la memoria de la Asunción gloriosa de la siempre bienaventurada Virgen María.

Es una fiesta antiquísima que procede de la comunidad de Jerusalén. Esta fiesta recibe diversos nombres, sea Kóimêsis (dormición) o Análêmpsis (asunción). En síntesis se celebra el mismo misterio, la glorificación de la Madre de Dios con la esperanza de la glorificación de toda la Iglesia de Cristo. María, fue asimilada total y  para siempre a la glorificación del Señor resucitado, es la Pascua de María. 

La que concibió al Verbo de Dios por obra del Espíritu Santo ha sido asunta a la gloria  del Hijo en el Espíritu Santo en su condición materna y virginal, en cuerpo y alma. Es decir, María, la madre de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, sin conocer la corrupción es llevada al cielo en cuerpo y alma, “para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal por los siglos”[1]. Es un don gratuito de Dios Trinidad, pero a la vez recompensa de su entrega fiel como madre en la tierra y recompensa divina a su vida de sacrificio desde la fe, la esperanza y el amor.

Escribirá E. H. Schillebeeckx: “La resurrección de María es la «constitución en poder» de su maternidad respecto a todos nosotros, […] es también una entronización de María como madre[2]. María glorificada continúa en el cielo la misión maternal iniciada en la tierra. En el cielo su oración intercesora es poderosa ante la Santísima Trinidad. En la tierra María no hizo más que la voluntad del Señor. Dirá san Juan de la Cruz de la Virgen María: “siempre su moción fue por el Espíritu Santo[3]. En María, mucho más que en Teresa de Lisieux se cumplen lo que dijo al final de su vida a su hermana la M. Inés: “Dios tendrá que satisfacer todos mis caprichos en el cielo, porque yo no he hecho nunca mi voluntad aquí en la tierra”[4].

Nos exhorta la Iglesia en la Lumen Gentium: "Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que asistió con sus oraciones a la naciente Iglesia, ahora también, ensalzada en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles en la comunión de todos los santos, interceda ante su Hijo para que las familias de todos los pueblos tanto los que se honran con el nombre de cristianos, como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e individua Trinidad" (n. 69).

Todo lo que pide la Virgen María es escuchada por su Hijo Jesucristo, como lo fue en la tierra en las bodas de Caná. Pero Dios Trinidad puede condicionar la concesión de las súplicas que como Madre nuestra le dirige constantemente por nuestro bien, si Ella es honrada y amada.

Los años marianos, cumplen estas dos condiciones, María es honrada, conocida e invocada por el pueblo junto con los pastores, por ello se han mostrado tan fecundos de gracia los años marianos. Estos requisitos ya nos los recordó Pablo VI en las catequesis preparatorias a la celebración del año santo de 1975:

 “Renovar las energías espirituales y morales de la Iglesia y, en consecuencia, o en concomitancia, las de nuestra sociedad, es aspiración valiente, la cual, más que cualquier otra, nos hace tocar con la mano la necesidad de una ayuda superior, extrínseca, pero próxima a nosotros, una ayuda piadosa y afectuosa, y ya inscrita en un plan general de bondad y de misericordia […] ¿Quién puede obtenernos el éxito prodigioso que, siguiendo las exigencias lógicas del Concilio, nos hemos propuesto? La Virgen, hijos queridísimos, María Santísima, la Madre de Cristo Salvador, la Madre de la Iglesia, nuestra humilde y gloriosa Reina. […]

Bastará recordar y afirmar que el éxito renovador de Año Santo dependerá de la ayuda superlativa de la Virgen. Tenemos necesidad de su asistencia, de su intercesión. […] La primera recomendación es capital: debemos conocer mejor a la Virgen como el modelo auténtico e ideal de la humanidad redimida. […] Y la segunda recomendación no es menos importante: deberemos tener confianza en el recurso a la Virgen. Deberemos rezarle, invocarla. Ella es admirable para nosotros, es amable para nosotros. Ella, como en el Evangelio (cf. Jn 2,3 ss), interviene delante de su Hijo Divino, y nos obtiene de El milagros, que la marcha normal de las cosas no admitiría de suyo.  Es buena, es poderosa. Conoce las necesidades y los dolores humanos. Debemos reverdecer nuestra devoción a la Virgen (LG 76) si queremos conseguir el Espíritu Santo y ser discípulos sinceros de Cristo Jesús” (Audiencia General, 30 de mayo de 1973). 

En este breve artículo solo recordaremos el fruto que dieron los años marianos en España en el siglo XIX. Este país experimentó una transformación semejante a la que experimentó Portugal, pero sin el fenómeno místico de las apariciones de la Virgen, solo la piedad mariana del pueblo español, alentada por la celebración de los años marianos promovidos por el Papa y secundados por los Obispos en sus propias diócesis. 

 

La renovación de España a través de su amor a la Virgen

 

En el inicio del siglo XIX la religiosidad popular en España era viva y sincera, la piedad se vivía con esfuerzo generoso. En los pueblos se rezaba, y se rezaba bien. Se respetaban los preceptos de la Iglesia, las costumbres eran sanas y sobrias. Se amaba sinceramente a la Virgen María y se la honraba en multitud de acontecimientos, se recurría a Ella en las necesidades colectivas de los pueblos. Baldomero Jiménez Duque: “En estos comienzos de siglo, la vida española está aún muy impregnada de cristianismo. Con todas las manifestaciones sociales correspondientes. […] El rezo del rosario se realizaba en familia, muchos llevaban el escapulario, en las calles habían imágenes de la Virgen. Ciertamente que era una religiosidad pobre intelectualmente hablando, individualista, y sin formación bíblica, pero era sincera y las manifestaciones sociales ayudaban a conservar la fe[5].

 Pero se da también en la primera mitad del siglo XIX, como en otros países de antigua tradición cristiana, también la Iglesia en España será objeto de una persecución sistemática por parte del poder político, ante todo  cuando los gobiernos liberales accedan al poder. Su política irá dirigida hacia el hundimiento económico de la institución eclesiástica con la supresión del diezmo y la desamortización, la reducción del estamento clerical, el control de las ordenaciones sacerdotales y la exclaustración de religiosos. Se pretendía dominar a la Iglesia para ponerla al servicio del poder político. Por ello se intentó desvincularlo lo más posible de Roma con la expulsión de Nuncios y de Obispos que protestaran contra la política del gobierno[6].

La persecución contra la Iglesia en España llegó a tales extremos durante la Regencia de Espartero, que el ministro de Gracia y Justicia propuso a las Cortes un proyecto de ley para crear un cisma entre la Iglesia en España y la Santa Sede.

Algunos de los elementos de renovación que se darán en España para salir de la crítica situación en la que se encontraba tanto civilmente como eclesialmente tienen un carácter prioritario o estrictamente mariano.

El más importante evento mariano del siglo XIX fue sin duda la proclamación del dogma de la Inmaculada por Pío IX. Para preparar este evento en el año 1854, Pío IX convocó un jubileo mariano, para preparar la proclamación del dogma de la Inmaculada. En la encíclica Ineffabilis Deus, exhortó a los fieles a buscar en María la ayuda que necesitaba la comunidad eclesial:  

 “Acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia, en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si Ella nos guía, patrocina, favorece y protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano. […] Fielísima auxiliadora, y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santa, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades  de todas clases a los pueblos fieles, y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio, que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las todas las dificultades y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa […] y disfrute de toda paz,  tranquilidad y libertad”.

 El espíritu de fidelidad y de amor al Santo Padre movió a los Obispos españoles a secundar todas sus iniciativas para el bien de la Iglesia  y llevar a cabo en sus diócesis las consignas papales. 

Enrique Llamas describe el impacto de la definición del dogma de la Inmaculada en España con estos términos:

 “Provocó una explosión de piedad y de fervor mariano en todas las diócesis de España. Se celebraron novenas y triduos de acción de gracias en ciudades y pueblos, que aprovecharon los predicadores para exaltar las excelencias y la santidad eximia de la Madre de Dios, y para animar a los fieles a la devoción mariana y a la imitación de la pureza de la Virgen María. Se organizaron muchos otros actos, como peregrinaciones de parroquias y arciprestazgos a los principales santuarios marianos, a ermitas dedicadas a la Virgen María. Se publicaron libros de piedad y  de devoción. Se solemnizaron de forma especial las fiestas marianas; se intensificó la catequesis al pueblo, etc. Los Obispos fueron los principales promotores y alentadores en todos estos actos de piedad[7].

 En 1879 será convocado otro año jubilar mariano para conmemorar los 25 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada. Veinte cuatro años más tarde, el  obispo de Vic, Josep Torras i Bages, en su carta del 18 de septiembre de 1903, anunciando la celebración del año jubilar mariano del cincuentenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada, atribuyó a la intercesión poderosa de María la principal fuerza de resistencia a los ataques anticlericales en que se vio inmersa la Iglesia durante  el siglo XIX para desarraigar la fe del pueblo y hundir  la institución eclesiástica, como también su maravillosa capacidad de expansión de la fe en el interior de España y de otros continentes, a partir ante todo a través de las casi 75 nuevas congregaciones religiosas fundadas por españoles en la segunda mitad del siglo XIX. De esta forma dirá este gran Obispo: “Pese a la  oposición que se hace, la Iglesia católica continúa siendo la gran educadora de la humanidad. Y ¿de quien recibe este impulso, esta fuerza y acción en el mundo, sino de María Inmaculada?”[8].

En una nueva carta pastoral que dirigió a sus diocesanos el 15 de septiembre de 1904, titulada “La gràcia d’una dona”, este “santo” Obispo de Vic profundizará en la acción de María a favor de su pueblo suplicante:

 “¿Quién podrá negar que en los tiempos actuales la Virgen María ha sostenido el espíritu católico en Europa y en todo el mundo civilizado, en gran parte materializado? ¿Quién sino Ella ha fortalecido a las nuevas generaciones para sostener la embestida formidable de la herejía […] La Iglesia hoy día vive de milagro. […] Palpamos la influencia de María en la vida sobrenatural de nuestra sociedad; a su influjo se reúnen concursos innumerables de hombres, acuden en peregrinaciones a visitar sus santuarios, se forman trenes en las líneas férreas para trasladar más peregrinos que habitantes no tiene una provincia; en nombre de Ella se fundan congregaciones y sociedades religiosas de hombres y mujeres para consagrarse al servicio de los pobres, de los enfermos, de los ancianos y de los niños desamparados; congregaciones de jóvenes seculares en las grandes ciudades que se reúnen por la atracción del amor a María; sabios y doctores, poetas y artistas, cuya estrella inspiradora es la estrella del mar, la celestial Virgen María[9].

En esta renovación mariana influyeron muchos factores, los historiadores citan con razón a los Papas, algunos fundadores de congregaciones religiosas, el apostolado de Órdenes de tradición mariana, como los Dominicos, los Franciscanos, los Carmelitas, los Jesuitas... muchos predicadores y escritores. Pero como señala el P. Enrique Llamas,

 “No cabe duda, que (los Obispos) mantuvieron y promovieron con su acción pastoral y sus escritos la piedad mariana. […] El espíritu de fidelidad y el amor hacia el Romano Pontífice movió a los Obispos a secundar todas sus grandes iniciativas en bien de la Iglesia, y a llevar a cabo en sus diócesis sus consignas espirituales. Así se consiguió que las enseñanzas de Pío IX sobre la Inmaculada Concepción y las disposiciones para la celebración de la fiesta, las orientaciones de León XIII sobre el Rosario, el fervor mariano de san Pío X y de los demás Pontífices fueran una fuerza estimulante para todos los fieles. Guiados por los Obispos pudieron vivir una piedad mariana en una dimensión verdaderamente eclesial[10].

 En cada uno de estos eventos marianos los Papas y los Obispos invitaron a los fieles a honrar a la Virgen María e implorar su intercesión a favor de la Iglesia. Se constata históricamente cómo la Virgen María nunca ha sido invocada en vano por los fieles y los pastores, ya que Ella ha presentado a Dios las súplicas del pueblo creyente y Dios, que se complace en que sea honorada la Madre de su Hijo, bendice abundantemente  al pueblo suplicante con el don del Espíritu Santo que renueva y rejuvenece a la Iglesia para que viva con mayor fidelidad a Cristo, nuestro único Redentor.

Pero también es demostrable históricamente que cuando más se incrementó la devoción a la Virgen María, y más se imploró su intercesión, también creció entre los fieles la devoción a san José y se sintió la necesidad de implorar su intercesión junto con su virginal esposa, como remedio a los males de la Iglesia y de la sociedad. En el mismo año de la proclamación dogmática de la Concepción Inmaculada de la Virgen María, Pío IX declarará: “San José es, después de la Santísima Virgen María, la esperanza más segura de la Iglesia[11]. El 8 de 1970, declaró a san José Patrón de la Iglesia universal.

El beato Pío IX, proclamando solemnemente el dogma de la Inmaculada y el patrocinio de san José sobre la Iglesia universal, colaboró de forma eminente a que el pueblo cristiano encontrara en la intercesión de la Virgen María y de san José una ayuda firme en aquellos momentos de tribulación en que se encontraba la Iglesia.

Si los fieles junto con sus pastores, además de implorar la intercesión poderosa de la Virgen, se consagran a Ella, le dejan  las manos libres para proteger a aquel pueblo como sólo Ella sabe y puede hacerlo. María necesita de hombres y mujeres que se consagren a Ella, para que formados por Ella por medio del Espíritu Santo, le sean unos instrumentos preciosos para la instauración del reinado de Cristo, donde la justicia es un elemento esencial.

Se ha reseñado tan solo el testimonio histórico de España, mostrando que el pueblo que invoca a María en sus necesidades y la honra, queda transformado. Ello es una gran fuente de esperanza tanto para España como para los pueblos hermanos de América Latina, en particular por el pueblo de Nicaragua, Venezuela que tanto sufren y han puesto en la Virgen María su confianza y esperanza. No dejen tampoco de invocar y ponerse bajo la poderosa protección de san José, y experimentarán su ayuda poderosa ante Dios Trinidad, junto al de la Virgen María.

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Notas

 [1] Pío XII, Constitución apostólica Munificentíssimus Deus.

[2] E. H. Schillebeeckx, Maria, Mare de la redempció, Ed. 62, Barcelona 1966, 107-108.

[3] San Juan de la Cruz, III Subida 2, 10.

[4] Santa Teresa de Lisieux, Últimas Conversaciones, 13.7.2

[5] Baldomero Jiménez Duque, “Espiritualidad y apostolado” en Historia en la Iglesia en España, B.A.C: Madrid 1979, vol. V, pp. 410-418.

[6] Cf. F. García de Cortazar, "La Iglesia en España: organización, funciones y acción" en Enciclopedia de Historia de España dirigida por M. Artola, Madrid: Alianza Editorial 1988, vol. III, pp. 56-57.

[7] Enrique Llamas,  “La piedad Mariana en España (1850-1925) a través de las cartas pastoral es de los Obispos”, Actas del congreso mariano internacional 1987 en el santuario Mariano Kevelaer (Germania), Pontificia Academia Mariana Internationalis, Roma, 1991, Vol. 5, 443. 

[8] Ibid., 454.

[9] Josep Torras i Bages, Obres completes, Barcelona: Biblioteca Perenne 1948, pp. 1048-1049.1053.

[10] E. Llamas, o.c., 436. 

[11] Citado por León Cristiani, San José, Patrón de la Iglesia Universal, Madrid: Ed. Rialp 1978, 236.

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