Sábado, 26 de septiembre de 2020

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¿Adulto o niño?

¿Adulto o niño?

por En Espíritu y Verdad


Desde hace mucho tiempo he adoptado en mi vida la posición de la sencillez y la transparencia. Esto me ha acarreado muchas veces algunos problemillas y -cuando menos- el calificativo de ingenua o ilusa.
Creo sinceramente que una de las cosas que machaca la felicidad de las personas es el tener que ser adultas y razonables, sensatas y muy lógicas… Y nos encerramos en una cárcel de convencionalismos y cosas “normales” y “razonables”, “políticamente correctas”, que nos asfixian y nos impiden ser felices porque amordazan y atan con grilletes al niño que todos llevamos dentro.
Yo he dado un voto incondicional a la sencillez, a los niños, a la alegría, a la inocencia… porque tengo el convencimiento de que el único ser humano feliz es el que -desde su corazón limpio, sencillo y dócil- es capaz de mirar el mundo y la vida con ojos grandes de niño.
En esta situación reafirmo mi decisión de ser y permanecer pequeña, ser niña, porque de los que intentamos ser así es el Reino de Dios. Los niños somos los pequeños del Reino, los que seguimos esperando todo de Dios, los que nos permitimos soñar y creer que la única fuerza verdaderamente capaz de cambiar el mundo no es ninguna filosofía, ni ninguna idea ni formación política, sino el amor entregado hasta dar la vida.
Permitidme una reflexión en nombre de todos los que somos “así”, (raros, ilusos, ingenuos, idealistas…) Me he acordado de un personaje entrañable que supongo que conocéis: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, que -de alguna manera- es el líder de esta “formación de pequeños” frente a los adultos que siguen pensando que las acciones sociales y políticas van a arreglar algo. Con ellos, con los adultos, nos dice el “Principito”, tenemos que tener mucha indulgencia, comprensión y paciencia
¿Cuál es nuestra posición, la posición de los niños? Como dice el “Principito”, la indulgencia; y por otro lado, tengamos en cuenta y vayamos asumiendo que siempre nos considerarán niños y siempre nos tildarán de ingenuos. “Todas las personas mayores fueron al principio niños. (Aunque pocas de ellas lo recuerdan.)”
Pero… el “Principito” y los amigos del “Principito” estamos seriamente preocupados viendo a las personas mayores tan angustiadas por cosas que realmente no son importantes. “A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle.”
Decía el “Principito”: “Hay un cordero que se puede comer a mi rosa, a mi flor ¿y me voy a preocupar de otras cosas? No lo entiendo”. Pues a mí me pasa igual. ¿Cuál es mi prioridad? ¿Pensar como las personas mayores o ser indulgente con ellas, pero seguir pensando que mi flor es lo más importante del universo? Claro que… no podemos olvidar que “Se debe pedir a cada cual, lo que está a su alcance realizar.”
Hay un momento precioso en el que el “Principito” se enfada muchísimo con Antoine y le dice: “Hablas igual que las personas mayores”. Entendedme bien lo que digo, porque no hay sombra de censura ni de reproche en lo que voy a expresar a continuación, pero… tenemos que tener cuidado los pequeños de no hablar como las personas mayores, como los sensatos y razonables de este mundo. “Conozco un planeta en el que vive un señor muy colorado. Nunca ha olido una flor. Nunca ha contemplado una estrella. Nunca ha amado a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumas. Se pasa el día diciendo, como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”, lo que le hace hincharse de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!…”
Os invito a apuntaros a la “insensatez” de apostar todo por la ternura gratuíta, aparentemente absurda y sin sentido, por lo que no es práctico ni útil. Seamos atrevidos y audaces y dejemos hablar al corazón y echemos el freno a nuestra machacona “lógica”, a nuestra “sensatez”, que tantas malas jugadas nos hace. Precisamente porque somos pequeñuelos no podemos olvidar nunca que “no se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”.
 
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