Martes, 30 de noviembre de 2021

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¿Por qué creo en los dogmas (marianos incluidos)?

¿Por qué creo en los dogmas (marianos incluidos)?

por Duc in altum!

“Qué tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”, decía Bertolt Brecht. Que, como católicos, reconozcamos los dogmas; es decir, las verdades de nuestra fe, aquella que hemos aceptado libremente, tendría que ser lo normal; sin embargo, nos viene bien recordar lo que debería ser el común denominador. Hablar de los dogmas es exponerse a parecer reaccionarios o ultraconservadores, pero eso es una etiqueta o prejuicio que, bien abordado; es decir, con naturalidad y sencillez, se desmota al momento. De ahí el título: “¿Por qué creo en los dogmas?”. Si nos fijamos bien no se trata de una postura ciega o irracional. Tiene, aunque no parezca, lógica. Suponiendo sin conceder que fueran borrados de un plumazo, ¿a qué nos expondríamos? El Evangelio perdería nitidez, pues ¿cómo llegaría íntegro a las nuevas generaciones? Algunos piensan que sirven para asustar y manipular, pero es todo lo contrario. Gracias a los fundamentos dogmáticos no hay riesgo de que llegue alguna persona, obispo o papa, que imponga cargas contrarias a la fe. Los dogmas son una serie de candados que evitan el abuso de autoridad o, como decía el P. Jorge Loring S.J., hacen las veces de las vías del ferrocarril: no impiden que el tren circule; antes bien, lo ayudan a llegar a la meta. Así pasa con nosotros. Ni quitan libertad, ni obstaculizan. En vez de eso, nos brindan las claves para no perder de vista nuestra identidad; sobre todo, en un contexto a menudo demasiado líquido o superficial.

¿Y si alguien nos cuestiona? Como siempre, el diálogo argumentativo. ¿Qué quiere decir esto? Explicar las bases sin llenarnos de amargura o mal humor. No somos reaccionarios, sino hombres y mujeres que, al vivir la fe, buscamos proponerla en medio de un mundo diverso, lleno de distintas voces. El problema está en que si nosotros, los que supone que los vivimos, nos morimos de la risa, entrando en el juego de la secularización, pues flaco favor le hacemos a la Iglesia. Pensemos en la Virgen María. Dentro de la teología, existe la mariología. Si nos parece complicado explicar sus dogmas, consultemos, informémonos, porque hay elementos conceptuales que nos permiten darnos a entender, aunque se trate de misterios.

Una cosa es ser crítico-constructivo, lo cual, está bien, porque nos toca pronunciarnos frente a problemas como la guerra o la pobreza y otra, totalmente distinta, es rebasar los límites, lanzando consignas hacia Jesús o su madre que lo es también nuestra. No acabaremos con las injusticias negando el dogma. Al contrario, nos vamos a diluir. Tampoco se trata de estar juzgando o señalando con el dedo índice, pero es necesario mantenernos en lo dicho y, si se nos permite hablar en términos futbolísticos, “tenerle amor a la camiseta”.

Estando en Fátima (2010), Benedicto XVI, dio un discurso inusual. En determinado momento dijo que el enemigo estaba dentro de la Iglesia y eso impactó, incluso mediáticamente; sin embargo, viendo más allá, podemos –sin afán de ser sus intérpretes- concretarlo en el hecho de que si nosotros no cuidamos la fe, eso se vuelve un obstáculo más complejo que los factores externos. Cuando se impuso el comunismo en Polonia en el contexto del siglo XX, lo que restituyó la situación fue la fe de dos cardenales coherentes: Wyszynski y Wojtyla, luego Juan Pablo II. Si ellos hubieran puesto en tela de juicio el dogma, ¿con qué elementos habrían logrado una sociedad más justa y libre? Hay una anécdota de un personaje –P. Pedro Arrupe S.J.- que, estando dentro del proceso de armonizar el binomio fe y justicia, acostumbraba decir a los que lo visitaban en la enfermería de la Curia General: “mucho de esto”… teniendo un rosario entre sus manos. De modo que la dimensión dogmática, bien entendida, no desvincula del mundo.

No caigamos en la ideología. Antes bien, abrámonos a la experiencia de Dios, siguiendo el magisterio de la Iglesia y, desde ahí, construyamos una mejor sociedad. Hagamos de la contemplación, de la oración, el punto de partida de nuestra acción apostólica. 
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