Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

En la primera lectura, el libro sapiencial hace memoria de la noche de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Esta memoria se ha actualizado a lo largo de la historia por medio de la liturgia pascual. Hacer pascua es decir bien de Dios (bendecir) y tener en cuenta que, si Dios se ha hecho visible en el pasado, continuará a hacerlo en el presente y en el futuro, porque Dios es el Señor de la historia.

En la llamada carta a los hebreos la fe es definida como: “seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”, a partir de la figura de Abrahán y las personas relacionadas a él. La fe es, por tanto, ponerse a camino como lo hizo el patriarca y obedecer a Dios que se revela en la historia a través de los acontecimientos. Gracias a la fe –que es también un acto humilde de escucha– se puede contemplar a Dios actuando en la propia vida y llenándola de gracias y bendiciones.

  1. Evangelio

Este pasaje del evangelio es la continuación inmediata del fragmento propuesto por la liturgia de la Iglesia del domingo anterior. Jesús es interceptado por una persona que, le pide en medio de la multitud que lo ayude para que su hermano divida con él la herencia familiar. A partir de esta situación el Señor aprovecha para realizar una exhortación sobre los bienes y la relación del hombre con el dinero. Especialmente es denunciado con destaque el pecado de la codicia, que se anida y hace raíces en el corazón humano.

Los apóstoles quedan desconcertados con la parábola utilizada por el Señor para explicar este problema de la codicia, por eso el párrafo siguiente empieza diciendo: “No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”, aun así los exhorta a desprenderse de los bienes –venderlos para dar limosna  y ayudar a los otros– para adquirir un tesoro en el cielo: “Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque dónde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.

“Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas”, esta frase en la mentalidad bíblica indica estar atentos y prontos para actuar, en otras palabras, se refiere a la vigilancia que caracteriza al seguidor de Cristo. En la cintura están los riñones que son la sede de las pasiones, por eso en otras traducciones aparece mencionado ese órgano del cuerpo humano. ¿Cuál es la función de los riñones? Entre otras cosas, es filtrar la sangre de elementos nocivos que pueden perjudicar el cuerpo humano. Pero, sobre todo, ceñir la cintura significa algo muy sencillo: ya que las túnicas usadas por las personas de aquella época eran holgadas, era inevitable apretarla para poder realizar cualquier actividad, por tanto, se ceñía para servir o “ponerse a camino” (Ex 12,11). Ya las lámparas –que se mantenían encendidas con buenas reservas de aceite, basta recordar la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1ss)– se refieren a la luz que debe estar disponible para poder ver bien en medio de la oscuridad. ¿Qué interpretación le podemos dar a esto? Tener “ceñida la cintura” es vigilar las pasiones con la luz de la fe. ¿Qué son las pasiones? En la Tradición de la Iglesia –filosofía escolástica– son todos los sentimientos desordenados que, acompañan la naturaleza inclinada para el mal por el pecado del hombre. ¿Qué es la lámpara? Es la Iglesia que brilla siendo el cuerpo de Cristo a través del don de la fe. Concluyendo, esta frase quiere decir: estar vigilantes para que la fe continué iluminando la vida y las sombras del pecado no oscurezcan el espíritu.

A continuación, el Señor presenta algunas imágenes que conforman dos parábolas relacionadas con el mismo tema, pero con un acento escatológico: el portero –que aparece de forma implícita– con los siervos y el administrador. La escatología es el área de la teología que estudia las realidades últimas de la historia del cosmos y de la vida del hombre. En las reflexiones del Señor, estas imágenes son presentadas en la perspectiva de la llegada del Hijo del hombre que es otra forma de referirse al misterio de la muerte, la puerta que nos abre e introduce en la presencia de Dios que es la realidad absoluta.

El portero debe estar atento para abrirle a su señor al volver de las bodas. En el lenguaje de los profetas, la relación de Dios con su pueblo se describe de una forma nupcial y en otras parábolas de Jesús, aparece esta misma imagen para indicar la manifestación definitiva del mesías –el reino de Dios– a través de su persona.

Los siervos deben servir y estar atento a la llegada de su señor para ponerse a su disposición, pero por estar en vela serán sorprendidos, ya que el mismo señor les hará sentarse a la mesa y les servirá. Lo importante es que estén “preparados” para recibir a su señor. Así también debe ser el cristiano en la precariedad de la vida, porque que el ladrón –símbolo del maligno– y el Hijo del hombre no avisan al llegar, ya que el primero hace daño al entrar para robar, porque no había suficiente vigilancia y el segundo sorprende y da un sentido definitivo a la existencia cambiando el rumbo de las cosas.

El administrador es contratado para ser fiel y solícito a frente de su servidumbre y cuidarlos en cuanto su señor se ausenta. Este administrador si se comporta bien y desempeña su misión de acuerdo a lo previsto será premiado participando de todos los bienes de su señor, pero si se aprovecha de la espera para maltratar a los siervos y vivir de forma desenfrenada, será despedido y condenado.

La conclusión del pasaje del evangelio deja claro el resultado de un aspecto fundamental de la libertad humana, o sea, el libre arbitrio: “El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”. Esto simplemente quiere decir que recibiremos según nuestras obras y conforme a la conciencia o no de lo que hemos recibido. Nuestra “suerte definitiva” es determinada por lo que hemos recibido y como lo hemos administrado.

  1. Actualización Catequética

¿Cuál es el hilo conductor de este pasaje del evangelio? Para poder entender el mensaje profundo del fragmento propuesto para la Eucaristía dominical, partimos de nuestro combate sobre la relación con el dinero, que nace del discernimiento sobre el fin de la vida y en la sana consciencia de que solo somos siervos y administradores del Señor.

La sabiduría para tener una relación cristiana con los bienes y el dinero, el discernimiento en la vida y la conciencia de que somos simples administradores solamente se adquiere: si vigilamos con atención (como porteros), servimos desempeñando nuestra misión (como siervos) y administramos los bienes que nos fueron confiados por el Señor (como buenos administradores).

La imagen del portero nos recuerda la función de esta figura, estar atentos para ver quién entra y quién sale de un determinado lugar, su mayor característica es la vigilancia. Vigilar es una acción que implica mucha observación y cuidado con lo que se debe hacer. Para la fe cristiana la vigilancia es una virtud que se refiere a la práctica de la oración, a alimentar y preservar la fe y a cuidar el corazón del pecado. ¿Cuántas impurezas entran en nuestro corazón: idolatrías, deseos libidinosos, sentimientos desordenados? Alimentamos pensamientos tóxicos que nos contaminan y no nos dejan respirar, por eso somos llamados a estar atentos y combatir contra el maligno, el mal y el pecado.

La imagen del siervo nos recuerda que su función es solo servir y estar atento para lo que necesite su señor. Esta imagen se complementa con otra del evangelio de Lucas, al final los siervos deberían decir con humildad y sencillez: “somos siervos inútiles, hemos hecho solo lo que debíamos hacer” (17,10), o sea, sin tener grandes pretensiones, sin esperar nada a cambio y sin querer el reconocimiento, homenajes y mucho menos la alabanza. ¿Cuántas veces hacemos públicas las cosas buenas que realizamos para esperar el reconocimiento de los otros? ¿En cuántas ocasiones servimos en silencio y en el más absoluto anonimato? ¿Qué es lo que nos motiva a servir y hacer el bien?

La imagen del administrador nos recuerda una función muy simple y compleja al mismo tiempo, una determinada persona es contratada para cuidar los bienes de su dueño, depende, por tanto, de su fidelidad y seriedad para que su misión tenga buenos resultados. Esto quiere decir que los cristianos somos simples administradores de bienes espirituales, afectivos y materiales. En primer lugar, están los bienes espirituales que son todas las gracias que recibe un fiel bautizado, es decir, el evangelio, la comunidad eclesial, la fe, los sacramentos, etc. ¿Cómo recibimos estos dones?, ¿cómo nos relacionamos con ellos? y ¿cómo los transmitimos? En segundo lugar, están los bienes afectivos que son todas las relaciones que tenemos con las personas que hacen parte de nuestra familia y que están a nuestro alrededor. ¿Somos libres afectivamente?, ¿nos relacionamos amándonos en el Señor? o ¿somos esclavos o indiferentes a las personas que hacen parte de nuestra vida? Finalmente, están los bienes materiales que son las cosas (¡cosas!) adquiridas por el dinero a través del trabajo. La providencia nos confió estos bienes para que vivamos con dignidad y como hijos de Dios. “Tener dinero para vivir y no vivir para tener dinero”, está debería ser la máxima que queda como la lección de Jesús acerca del dinero en los evangelios. ¿Somo libres con el dinero?, ¿acumulamos con codicia porque el dinero es lo más importante que podemos tener? o ¿usamos el dinero para ayudar a los otros?

El Señor por la fuerza de la Palabra y de los sacramentos nos alimente para reavivar nuestra fe, y por medio del Espíritu Santo nos dé el don del discernimiento y de la vigilancia, para seguir sus pasos, vivir la novedad liberadora del evangelio y ser testigos de su amor en medio de los hombres.

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