Jueves, 17 de junio de 2021

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Quema, arde y abrasa

Quema, arde y abrasa

por Sólo Dios basta

La vida de San José apenas es conocida, hay pocos datos históricos, por eso muchos autores han querido meterse en la intrahistoria y revivir lo que sucede en el hogar de Nazaret. Eso mismo se puede hacer en cualquier momento, es fácil, tan sencillo como hacer silencio, acercarse a un sagrario o mucho mejor ante el mismo Dios expuesto en la custodia y dejar que sople el Espíritu Santo. Hay que dejarse llevar por el Espíritu para poder entrar en el amor de Dios y gozar de la compañía de los santos.

San José está deseando que sus hijos nos acerquemos a estar con él pero lo que más quiere es que lo hagamos en compañía de su Hijo. Es lo mejor, lo que más espera un padre, que su hijo esté bien acompañado y cerca de su padre. Algo de esto sucede la víspera de Pentecostés cuando le pido al Espíritu Santo que me meta en el corazón de San José mientras estoy viendo cara a cara el Corazón vivo de su Hijo. Pido la presencia del Espíritu Santo rezando ese himno imponente que comienza diciendo “Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo…” y todo lleva a recorrer de la mano de esta Divina Persona la vida del padre de Jesús.

San José tiene unos sueños muy especiales. En ellos acepta la unión con María en circunstancias muy complejas, huye a Egipto para salvar al Niño, vuelve una vez pasados los peligros y cambia de residencia para que todo suceda según los planes divinos. El Espíritu conduce a San José en su vida interior y muestra que todo viene del cielo; se mete en su alma para guiarle por los caminos de la tierra y del espíritu y ser el manantial de esperanza en todo momento de duda o incomprensión. El hombre de los sueños es invocado muchas veces. No tarda en hacerse presente en la vida de todo fiel que con amor sincero llama a su padre ante cualquier necesidad. San José se convierte así en esa luz que viene del cielo para iluminar momentos difíciles. Es el padre amoroso del pobre que ve nacer a su Hijo entre animales y alejado de toda luz y calor que se merece todo hombre al venir a este mundo. Mayor pobreza no hay, no la rechaza, la asume y la une a su modo de vida para demostrar que tiene todo puesto en Dios. Ahí en esos momentos y en otros que quedan en el secreto de su corazón es cuando da todo, todos los dones los pone a disposición de su Hijo y de su Esposa para enseñarnos a darnos del todo. José penetra en el alma de María, se asoma y descubre grandes maravillas. Lo que hacemos al rezar a San José es invitarle a que se dé un paseo por nuestro corazón para pedirle ayuda porque no encontramos consuelo ni nadie que pueda ofrecernos palabras de apoyo, ánimo o luz. San José se arremanga, se pone a trabajar en su taller y manda su luz desde el cielo, nos da todos los dones como padre amoroso del pobre y penetra nuestras almas dando luz para convertirse en la fuente del mayor consuelo.

La vida de San José sigue unida a la de Jesús y María en su tierra. Una tierra donde pide ser huésped y no encuentra hogar que lo acoja, ni a él ni a su familia. Pero le da igual. Él sigue buscando sin descanso mientras su Mujer está a punto de dar a luz. María está agotada, es un esfuerzo sobrehumano ir de viaje en estas condiciones y encontrar todas las puertas cerradas. José es el descanso de María que cada vez le cuesta más seguir dando pasos por las calles de Belén mientras cae la tarde al ponerse el Sol. El trabajo duro lo lleva José, María no puede nada sin José. Es todo para ella, el duro trabajo de traer al mundo a un hijo sin tener un lugar donde poder hacerlo en condiciones le hace vivir como esos obreros que tienen que esperar a que llegue la hora del descanso para refugiarse del Sol que envía su fuego sobre la tierra y no se puede soportar durante mucho tiempo sin llegar al agotamiento. Y no sólo eso, sino el dolor que eso produce y hace brotar lágrimas de sus ojos que José enjuga para decirle una vez más que todo está en manos de Dios y que esas lágrimas pronto serán de alegría porque ese duelo, no de velar un difunto, sino de dar vida a su Hijo va a cambiar la vida de los dos en un momento y para siempre. Una vez que el Hijo deje el seno de María todo será gloria de Dios. Por eso José sigue llamando de puerta en puerta. No deja que María camine sola. José es para María, y para todo el que lo invoca como Padre y Señor, ese dulce huésped de su alma, el descanso de su esfuerzo, la tregua en el duro trabajo, la brisa en las horas de fuego, el gozo que enjuga sus lágrimas y que reconforta en los duelos.

Jesús crece, pasa de ser niño en Nazaret a ser un adolescente que empieza vivir y asumir las costumbres de su tiempo y de su cultura. Van a Jerusalén y allí se queda con su otro Padre en el Templo. Sus padres no se dan cuenta y vuelven camino de Nazaret. Ahí comienza la intimidad del Hijo con el Padre eterno. La luz que fluye de uno y de otro hace de ese chaval un chico especial que se queda hablando con los doctores de la Ley. Sus padres se quedan vacíos por dentro. ¡Les falta su hijo! ¡Han perdido a su hijo! ¡No pueden seguir de viaje! ¡Tienen que volver a Jerusalén! ¡María y José buscan a Jesús por Jerusalén! ¡Sufren! ¡El poder de la desolación los toma y los agarrota! ¡Recorren calles y plazas y no aparece! ¿Dónde está Jesús? ¡Lo pregonan por todos los rincones y no hay respuesta! ¡Les falta el aliento! ¡Están en la oscuridad de la pérdida de la unión con el Hijo! ¡Rezan y al final todo cambia! ¡Jesús aparece en el Templo! Los corazones de María y de José se calman cuando entra hasta el fondo de sus almas la divina luz del Espíritu que los lleva hasta el lugar donde se encuentra su Hijo. Su vacío queda colmado y el desaliento vencido. ¡La oración todo lo puede! ¡Rezar a San José es encontrar todo lo que hemos perdido y no somos capaces de recuperar porque estamos ciegos! ¡Nos falta Espíritu Santo! ¡Nos falta confianza en San José!

¿Y de la juventud de Jesús qué sabemos? ¿Alguna vez hemos pensado en la casa de Nazaret cuando Jesús cumple 16, 18, 20 o 22 años? ¡Es maravilloso entrar en esos años con José y María en esa casa y estar con los tres! Hay que ver a San José regando con su hijo la pequeña huerta que da sustento al hogar. Es tierra seca, dura y pobre que necesita mucha agua. José enseña a Jesús a regar las verduras con las que su Madre les prepara la sencilla comida de cada día. Y a la vez buscan salud en todo momento. Jesús sufre alguna caída al correr con sus amigos. Se tropieza y se hace una herida. Sus padres lo cuidan con todo esmero para que sane pronto esa herida. María lava la ropa manchada. Jesús le trae agua a casa una vez recuperado de su caída que tiene como joven que juega con sus buenos amigos en el pueblo. José mantiene la llama de la lumbre encendida cuando llegan los fríos del invierno… Así discurre el día a día en ese hogar especial donde no hay sendero torcido ni indómitos deseos. Todo es paz en esa casa que se pierde entre otras muchas que dan vida a las calles de tierra donde José contempla admirado a su Hijo que se hace mayor y vive en total unión con ellos. Mientras rezas San José te toma de la mano y te hace partícipe de esos momentos tan entrañables para que no te pierdas y vivas lo que Dios te ha preparado. Contempla con San José como el Espíritu sopla y riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito y guía al que tuerce el sendero.

Todo cambia. José enferma, los dolores aumentan y el desenlace final se acerca. La medicina no se hace esperar. Se halla en la misma casa: el amor de su Mujer y su Hijo. María y Jesús reparten todos sus dones para que José viva en paz estos últimos momentos. Son duros, pero están unidos. ¡La fe de José es grande! ¡Muy grande! ¡Toda su vida ha sido un camino de fe de inicio a fin! Se ha esforzado por todo lo que Dios le ha pedido y ahí tiene el fruto; a su lado contempla a lo más grande de este mundo: la Madre de Dios y el mismo Dios. San José quiere salvar su alma, se prepara a ello. Es lo más importante para la vida de todo hijo de Dios, prepararse a buen morir. Y muere en la paz de Dios. El gozo eterno prometido se acerca ya. Jesús y María se quedan solos. Se despide de María y después de Jesús. Muere en los brazos de su Hijo. ¡Muere en Dios! ¡El Varón justo muere en los brazos de Dios! ¡Todo se ha cumplido! ¡Ha llegado su hora! ¡Se va al Padre! ¡Se quedan su Hijo y su Esposa! ¡Y el Espíritu Santo que los une a los tres! ¡Escena para no olvidar nunca, orar con ella y grabarla a fuego en el corazón! ¡La muerte de San José! Una muerte que no puede ser más deseada. Es la obra de Dios. El Espíritu inflama su alma en amor de Dios y lo saca de sí para ir al reino de los cielos que su Hijo empezará a anunciar pronto. Si rezamos con San José en momentos de agonía la vida cambia porque el Espíritu Santo penetra, invade y toma el lugar para repartir sus siete dones según la fe de sus siervos; por su bondad y su gracia le da al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y nos da su gozo eterno.

El corazón de San José se apaga después de una vida entregada a Dios,  al amor de su Esposa María y al de su Hijo Jesús. Queda envuelto en llamas de amor, las que consumen su corazón henchido de Espíritu Santo que quema, arde y abrasa.

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