Martes, 12 de noviembre de 2019

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La misericordia es Cristo mismo

por El rostro del Resucitado


Hace días, escuché esta afirmación –"la misericordia es Cristo mismo"– a un amigo que iba desgranando, pasaje tras pasaje, los momentos en los que el pueblo de Israel había traicionado la alianza con Dios, momentos en los que había desconfiado de él, en los que le había rechazado. Pero también iba narrando los correspondientes momentos en que, una y otra vez, Dios les mostraba su misericordia, les corregía, se arrepentía de su ira y volvía a abrazarles. Es fácil verse reflejado en la historia de este pueblo testarudo.

Y hoy, en la liturgia del Jueves Santo, escuchaba cómo Cristo lavó los pies de sus discípulos. ¡Cómo debía de sorprender una y otra vez Cristo a sus discípulos con gestos de este tipo, gestos que no dejaban indiferente a nadie y que no pueden dejar tampoco indiferente a nadie de nuestro tiempo que los escuche  en serio. ¡Cómo debió de ser la lucha que Cristo tuvo que sostener para cambiar una mentalidad como la de los judíos de su época! No sé si mayor que la que hoy libra con nuestra mentalidad individualista y autosuficiente. Pero Cristo no se para ahí: les da a comer su carne y a beber su sangre. De locos. A no ser que realmente su amor sea tan grande que no se detenga hasta que aquellos a los que ama, esto es, personas como yo, como los israelitas cuyas vidas vemos narradas en el Antiguo Testamento, se dejen amar por completo: “Cristo, mendigo del corazón del hombre y el corazón del hombre mendigo de Cristo.”



En una entrada anterior ya mencioné algo sobre el origen de estas obras tan especiales de nuestro compositor sevillano, Francisco Guerrero. Él expresó este amor, esta misericordia, esta pasión de Cristo por el corazón del hombre con una intensidad y profundidad excepcionales. El texto de sus villanescas espirituales está acompañado de una polifonía realmente elaborada, contrapuntística pero carente de adornos superfluos y tan limpia que hace que las palabras se entiendan con claridad. Llama la atención que una textura tan complicada dé paso a un texto tan contundente. Contradicción tras contradicción, en la música y en el texto: “dichoso enfermar que tuvo tal medio para sanar” (O celestial medicina). Y en otro lugar dice “Dios y hombre en un bocado” (Todo cuanto pudo dar). ¿Y por qué? Simplemente, por amor (Qué se puede desear).

Bendita contradicción que me permite mendigar a Cristo, quien mendiga mi corazón, que me ama sin medida y que no para hasta que me deje amar por él por completo (Qué te daré, Señor).


Paulino Carrascosa
elrostrodelresucitado@gmail.com

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