Martes, 07 de julio de 2020

Religión en Libertad

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San Manuel González García y la "Carta Colectiva"

por Victor in vínculis

El obispo Manuel González García, que fue beatificado el 29 de abril de 2001 por San Juan Pablo II, fue canonizado en Roma el 16 de octubre de 2017.
 

 

Por lo tanto, desde hace ya casi un año, tras el beato Anselmo Polanco Fontecha, obispo mártir de Teruel, que sufrió el martirio el 7 de febrero de 1939 y fue beatificado el 1 de octubre de 1995, la Carta Colectiva cuenta entre sus firmantes con su primer santo: el Obispo de los Sagrarios Abandonados.

De don Manuel ya hemos dicho alguna vez que, aunque no sufrió el martirio en los días de la persecución religiosa, estuvo en el punto de mira desde la Navidad de 1930. Luego, el 11 de mayo de 1931, quemaron su residencia, tuvo que salir para Gibraltar; y, tras un breve período en que permaneció en Ronda, ya no pudo volver a su diócesis. La Santa Sede le nombró obispo de Palencia. Falleció el 4 de enero de 1940 en el sanatorio madrileño del Rosario.

 

Afirma Eduardo Palomar Baró: “visto ahora desde la perspectiva del tiempo, sería absurdo negar que, con la difusión del documento, la Iglesia española se decantaba claramente del lado de uno de los dos bandos que en esos momentos se enfrentaban en una sangrienta guerra civil: el nacional. Pero no lo sería menos ignorar que al tomar tal actitud no lo hacía en función de unos condicionamientos ideológicos o confesionales, sino forzada por una situación que la había convertido en parte esencial del conflicto. «Bastaba la circunstancia de ser sacerdote para merecer la pena de muerte» (Madariaga: «España»). O como escribe Hugh Thomas: «posiblemente en ninguna época de la historia de Europa y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tal contra la religión y todo cuanto con ella se encuentra relacionado» («La guerra civil española»). 

El profesor de Cristología que tuvimos en el Seminario, el canónigo Pedro Sobrino Vázquez, escribió junto a Luis Casañas Guasch, una obra en dos tomos titulada: El cardenal Gomá. Pastor y Maestro (Toledo, 1983). La cita que tomamos corresponde al segundo tomo, página 331 y siguientes.

La Carta Colectiva de los Obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España, fue firmada por la totalidad de los obispos residentes en España, cuarenta y tres, y cinco vicarios capitulares de otras tantas diócesis vacantes. Fue fechada el 1 de julio de 1937.

Se envió un ejemplar a todos y cada uno de los obispos del mundo; no desde la España nacional, sino desde Francia; los ejemplares fueron depositados en las oficinas de correos francesas, para que no fueran interceptadas y llegaran a su destino. No obstante, consta por declaraciones de algunos obispos de lejanas tierras, algunas no llegaron a su destino. Al cardenal Gomá, durante el Conclave para la elección del sucesor de Pío XI, se lo manifestaron algunos cardenales.

·         60 eran las diócesis en aquellos momentos.

·         46 tenían obispo residencial.

·         11 estaban vacantes por el martirio de sus prelados (Almería, Barbastro, Barcelona, Ciudad Real, Cuenca, Guadix, Jaén, Lérida, Orihuela, Segorbe y Sigüenza).

·         3 por fallecimiento natural (Cádiz-Ceuta, Valladolid y León).

 

Los firmantes de la Carta Colectiva:

·         43 obispos residenciales.

·         4 vicarios capitulares (Cádiz-Ceuta, Valladolid, Sigüenza y León. Hay que notar que son cinco los que firman, pues las diócesis de Cádiz-Ceuta, al quedar vacante, elige dos vicarios capitulares: uno el cabildo de Cádiz y otro el de Ceuta).

·         5 administradores apostólicos (el arzobispo de Toledo, de Cuenca; el arzobispo de Granada, de Almería, Guadix y Jaén; y el obispo de Córdoba, de Ciudad Real).

·         5 no representados, por estar en zona roja y haber sido martirizados sus obispos: los de las diócesis de Barbastro, Barcelona, Lérida, Orihuela y Segorbe.

·         1, el obispo de Menorca, en zona roja; su obispo vivía, pero sin comunicación con la zona nacional.

·         Y 2 que no firmaron (el cardenal-arzobispo de Tarragona y el obispo de Vitoria).

 

·         60 en total

 

Así comienza la Carta Colectiva de los Obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España, fechada en Pamplona el 1 de julio de 1937.

Venerables her
manos:

1º. Razón de este documento

Suelen los pueblos católicos ayudarse mutuamente en días de tribulación, en cumplimiento de la ley de caridad, de fraternidad que une en un cuerpo místico a cuantos comulgamos en el pensamiento y amor de Jesucristo. Órgano natural de este intercambio espiritual son los obispos, a quienes puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa una de las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido múltiples manifestaciones de afecto y condolencias del episcopado católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos obispos en particular. Y el episcopado español, tan terriblemente probado en sus miembros, en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder con este documento colectivo a la gran caridad que se nos ha manifestado de todos los puntos de la tierra.

Nuestro país sufre un trastorno profundo: no es solo una guerra civil cruentísima la que nos llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos cimientos de la vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra existencia como nación.

Vosotros los habéis comprendido, venerables hermanos, y "vuestras palabras y vuestro corazones nos han abierto" diremos con el Apóstol, dejándonos ver las entrañas de vuestra caridad para con nuestra patria querida: que Dios os lo premie.

Pero con nuestra gratitud, venerables hermanos, debemos manifestaros nuestro dolor por el desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre. Es un hecho, que nos consta por documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este extravío podría ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la contienda de España una partida decisiva en pro o en contra de la religión de Jesucristo y la civilización cristiana; la corriente opuesta de doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas; la antipatria, que se ha valido de españoles ilusos que, amparándose en el nombre de católicos, han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más nos duele es que una buena parte de la prensa católica extranjera haya contribuido a esta desviación mental, que podría ser funesta para los sacratísimos intereses que se ventilan en nuestra patria.

Casi todos los obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa católica extrajera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.

Ello obliga al episcopado español a dirigirse colectivamente a los hermanos de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o por malicia, y nos ayude a difundirla. Se trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos. 

Cumplimos con ello, junto con nuestro oficio pastoral -que importa ante todo el magisterio de la verdad- con un triple deber de religión, de patriotismo y de humanidad. De religión, porque, testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmo que han tenido por escena nuestro país, podemos ofrecer al mundo lecciones y ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio episcopal y que habrán de ser provechosos a todo el mundo; de patriotismo, porque el obispo es el primer obligado a defender el buen nombre de su patria "terra patrum", por cuanto fueron nuestros venerables predecesores los que formaron la nuestra, tan cristiana como es, "engendrando a sus hijos para Jesucristo por la predicación del Evangelio"; de humanidad, porque, ya que Dios ha permitido que fuese nuestro país el lugar de experimentación de ideas y procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el daño se redujese al ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina las demás naciones.

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