Viernes, 13 de diciembre de 2019

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XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Palabra de Dios

Lc 10,38-42: En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano. Pero el Señor le contestó: Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

El relato de la primera lectura nos presenta al patriarca Abrahán recibiendo una inesperada visita de tres seres misteriosos, que se revelan como enviados de Dios. La reacción del anciano en la encina de Mambré y todo lo que dispone y ordena para la hospitalidad de estos hombres, manifiesta un corazón generoso y acogedor: darles lo mejor y hacerlos sentir como en su propia casa.

Abrahán es hijo de su cultura y realidad nómade, ya que en la inclemencia del desierto –propio de la gran península arábica y gran parte de la antigua Mesopotamia– los gestos y actitudes hospitalarios son sagrados. El “otro” –o los otros– vienen de parte de Dios y por eso la hospitalidad será vista en la interpretación de la historia, cómo causa de la fecundidad de Sara, que de su vientre estéril dará a luz y realizará la promesa de una descendencia para Abrahán, el hombre de la fe.

  1. Evangelio

Betania es una pequeña aldea de las montañas de Judá, muy próximo de la ciudad de Jerusalén, a unos tres kilómetros entre esta capital y Jericó. Este término significa en arameo “casa de frutos” o “casa de aflicción”. Sabemos por los evangelios que Jesús visitó en varias ocasiones este lugar (Mt 21,17; Mc 11,1; 11,12; Lc 10,38; Jn 11,1) y que era amigo de esta familia formada por Lázaro, Marta y María. Además de esto, allí también vivía Simón el fariseo, donde en una ocasión los pies de Jesús fueron ungidos por una mujer llamada María (que pudo ser la hermana de Marta o la Magdalena).

Podemos imaginarnos esta casa, cómo un lugar donde el Señor descansaba de sus viajes y peregrinaciones a la ciudad santa. Jesús salía desde Galilea –donde habitaba y realizaba la mayor parte de su ministerio público– y cuando llegaba a Judea se hospedaba en Betania. Esta aldea también ocupa un lugar especial, sobre todo, en la semana que sirve de preludio al misterio de la pasión del Señor (dónde, por cierto, resucitó al hermano varón de estas dos mujeres).

Tal vez por el hecho de Marta recibirlo en su casa –según las costumbres de la época– podemos suponer que ella era la mayor de los tres hermanos. Y siguiendo la tradición judía, ya que “la hospitalidad” era sagrada –como aparece indicado en los libros del Pentateuco y en la primera lectura–, acoger y atender a un hermano en la fe o a un forastero era un don y una gracia enorme para la casa y familia que recibía a una persona. De hecho, el pecado de Sodoma y su destrucción se deben especialmente a pecados contra la hospitalidad contra los enviados del Señor.

Marta, inmediatamente obedece a los principios de la hospitalidad de su pueblo y se dedica a preparar las cosas con los quehaceres propios, para que la estadía del Señor sea lo más agradable posible en cuanto esta entre ellas.

Llama la atención la actitud de María, ya que ella está sentada a los pies de Jesús, qué en el lenguaje bíblico significa la “postura del discípulo del Señor”. Pero también encontramos otros sentidos en algunos textos en los cuales aparece está expresión en el Nuevo Testamento: en el evangelio de Lucas es la postura de aquel que fue agraciado por Dios en Jesucristo con la sanación, por tanto, liberado de la esclavitud del mal. Por eso aparece esta postura que indica “sentarse para contemplar ‘escuchando’ la fuente de la gracia y del amor” (8,35). Y en libro de los Hechos de los Apóstoles –también de Lucas–, Pablo indica con esa expresión la instrucción religiosa y moral, o sea, la formación que no ha sido improvisada, sino realizada a lo largo de los años con persistencia e interés (22,3). Podemos concluir entonces, que “estar sentado a los pies” implica, por un lado, la posición del que ha sido curado del mal y, por otro, indica a un discípulo en un proceso de formación de la fe cristiana. Por tanto, podemos deducir que María fue curada por Cristo, por eso puede y sabe que la mejor cosa es estar a los “pies del Señor” para escucharlo.

Pero es necesario agregar también, que este gesto era propio de los hombres que podían sentarse para escuchar las enseñanzas de su maestro. Una mujer no podía hacerlo, ya que ella no tenía el privilegio de estudiar, ni mucho menos estar cerca de un hombre en esta postura, porque los pies representan la intimidad. Nuevamente vemos aquí, como Jesús rompe los esquemas culturales y por eso podemos imaginarnos, el escándalo que esto habría causado si hubieran sido vistos por los señores de la ley o fariseos (como ocurrió con la unción de la otra o la propia María en la misma ciudad de Betania).

Por el texto del evangelio notamos en las palabras de Marta a Jesús –casi cómo que dándole una lección de lo que debe determinar y hacer– una enfática reclamación, es como si le dijera: “¿qué es lo justo?, obviamente que mi hermana me ayude en todos los servicios que deben ser realizados…” o “en cuanto yo trabajo, ella sin hacer nada se queda a tus pies…”. Ya la respuesta del Señor, indica que María ha escogido la mejor parte, o sea, ¡escucharlo!, por eso aquí resuena el versículo del salmo 94: “¡si hoy escucháis su voz no endurezcáis el corazón!”. No podemos dejar de notar que Jesús con una familiaridad inusual, se refiere a la hermana mayor repitiendo su nombre: “Marta, Marta…”, pero no para reprobarla o condenarla, porque también debe reconocer su dedicación y empeño en agradarlo con la santa hospitalidad, sino que le recuerda que es lo más importante.

  1. Actualización Catequética

En la larga tradición homilética y catequética de la Iglesia este breve texto de Lucas ha sido interpretado, tal vez a partir de estas palabras de San Agustín: «Estas dos mujeres, ambas amigas del Señor, ambas dignas de su amor, ambas discípulas suyas, son figura de dos vidas, la presente y la futura; una laboriosa y otra ociosa; una infeliz y otra dichosa; una temporal y otra eterna», como dos formas de ser y actuar del hombre frente a Dios. Posteriormente se ha consolidado la interpretación –sobre todo con San Gregorio Magno– en la clásica distinción que llegó hasta nuestros días: la forma activa y la forma contemplativa de vivir la relación con Dios y los hermanos. El monje romano que se tornó papa afirmó en su momento: «La vida activa consiste en dar pan al hambriento, enseñar la sabiduría al ignorante, corregir al que yerra, reconducir al soberbio al camino de la humildad, cuidar al enfermo... La vida contemplativa, en cambio, consiste, es verdad, en mantener con toda el alma la caridad de Dios y del prójimo, pero absteniéndose de toda actividad exterior y dejándose invadir por solo el deseo del Creador…».

Sin embargo, es necesario aclarar esta interpretación. Marta representaría la llamada “vida activa” y María la denominada “vida contemplativa”, esto para situar las dos maneras de vivir la consagración religiosa femenina en la comunidad eclesial, o sea, Marta es la figura de las monjas que se dedican a la educación, cuidado de los enfermos, huérfanos, ancianos, ex prostitutas, etc., y María es la figura de las monjas de clausura, es decir, las carmelitas, clarisas, concepcionistas, etc., que se entregan a la oración. Sin embargo, esa no es la intención del evangelio, ya que como sabemos en aquella época – y en el momento de la cristalización del mensaje del Señor a la forma escrita– la Iglesia todavía no estaba estructurada y organizada de esa forma. ¿Qué quiere decirnos, por tanto, este pequeño relato? Tal vez podemos descubrir otro camino, inspirarnos para llegar a otra comprensión de este relato.

A partir de este pequeño fragmento del evangelio podemos hacer unas reflexiones sobre el “misterio de la alteridad”. ¿Qué es eso? podemos preguntarnos, por qué tal vez esta expresión se refiera a algún tema complejo de la filosofía y debemos responder: “sí” y “no”, ya que es algo que tiene que ver con nuestra realidad existencial y por eso profundamente humano, ya que tiene que ver conmigo y contigo: ¿quién es el otro?

La humanidad tuvo que esperar siglos para mirarse a sí misma. De hecho, el hombre está condenado a mirar de sí mismo cualquier parte del cuerpo, menos su rostro, puede observar sus miembros, los diversos aspectos de su forma corporal, pero no a sí mismo. Es cierto que, en los inicios, el hombre pudo descubrir y tener en el reflejo del agua una cierta noción de su propia cara, pero tardó mucho hasta que inventaron los espejos. El espejo obviamente nos muestra las facciones y detalles de nuestro rostro y del cabello, pero no nos habla, no nos denuncia, no nos exhorta y muchos menos nos confronta, claro que nos revela las marcas de nuestras emociones, las huellas de la edad, pero no nos interpela. “Un espejo nunca reflejará la hondura de nuestra alma oculta en nuestro rostro. Son los otros quienes nos revelan cómo somos”. Así afirma un columnista español –que por cierto era sacerdote y dejó el ministerio y vive actualmente en el Brasil dedicado al periodismo– en su semanal artículo de opinión del periódico más leído de la lengua española, El País. Por eso responde a la pregunta de forma categórica: ¿quién es el otro? ¡El otro soy yo!

Hemos utilizado esa reflexión para llegar a la conclusión de que Marta y María son diferentes, como ocurre con cada ser humano. Jamás encontraremos –ni en la comunión matrimonial– a alguien igual a nosotros, tal vez hallemos elementos comunes en los otros, pero nunca existirá otra persona semejante a nosotros. Es curioso, pero la figura de Marta por su actitud ha sido casi demonizada, sin embargo, en la tradición de la Iglesia, existe en el calendario litúrgico (29 de julio) un día dedicado a Santa Marta y no a María.

Esta premisa sobre el “misterio de la alteridad”, a partir del evangelio nos permite subrayar la importancia simbólica del otro, algo profundamente indispensable para saber lo que somos, sobre todo en la sociedad actual –global y digital–, en la que ese “otro” es visto cada vez más como una amenaza, un enemigo, especialmente si no piensa, actúa y cree como nosotros, o si su piel no es del mismo color de la nuestra.

El “otro” es el que nos permite conocer lo que somos. A través del “otro” –con sus limitaciones, defectos y miserias– podemos descubrir realmente también nuestra precaria y pobre realidad. El “otro” es nuestro verdadero espejo. ¿Por qué tantas dificultades en la convivencia conyugal y en las diversas relaciones afectivas? Porque es el “otro” quien revela lo que somos. Veamos algunos ejemplos: Si una persona es lenta, la otra con la cual se relaciona descubre que es impaciente…, si una persona se destaca en alguna cuestión financiera, intelectual o artística la otra con la cual convive descubre que, le tiene envidia o que tiene otro sentimiento oscuro que nace de este reflejo, etc.

El filósofo francés, Jean Paul Sartre decía: “el infierno son los otros”, pero no, el “otro” es un don, o sea, una gracia que nos permite conocernos, ahondar en lo profundo de nuestra realidad y confrontarnos para que a la luz de la fe podamos crecer y desear la conversión del corazón que nos lleva a la plena comunión, porque el “otro”, no es la otra mitad, sino que nos complementa con todas sus diferencias y particularidades.

Jesucristo es el “otro” que ha venido en nuestra condición humana para revelarnos el amor (ágape) gratuito, incondicional e infinito de Dios y salvarnos de la esclavitud del mal, del pecado y, por tanto, de la condenación eterna. Jesús de Nazaret es el hombre perfecto –el otro– que revela en el designio de Dios quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Celebremos en la santa Eucaristía dominical el don que nos ha dado Dios en su Hijo, nuestro Señor y salvador y en Él reconozcamos la riqueza que representan todas las personas (otros) que están a nuestro alrededor, con los cuales nos alegramos, nos entristecemos, nos peleamos y nos reconciliamos en el camino de la vida y en la fe cristiana. ¡La Eucaristía nos hace hermanos, no enemigos!

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