Jueves, 22 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Hola Señor, aquí Tomasa

por Canta y camina

Llevamos 40 días de confinamiento, si no me equivoco. Puede que a lo largo de estos 40 días, más hacia el final porque ya va pesando, te hayas sentido deprimido, triste. Que hayas querido estar solo, en silencio, que nadie te hablara, que te dejaran en paz. Me da igual si para rumiar tu tristeza y revolcarte en ella o para asentar tus emociones, racionalizarlas y sobreponerte.  Si vives en un piso normalito y tienes una familia más bien grande  no habrás podido estar a solas mucho rato porque siempre habrá habido alguien que te reclamara o te interrumpiera.

A lo mejor te sientes triste o deprimido porque tienes el síndrome del prisionero. Porque no puedes moverte de tu casa y ya te sabes todos los desconchones de las paredes y todas las tablillas sueltas del parquet. Porque no dispones de tu libertad, porque dependes de otros, porque se te van acabando las provisiones y tienes que cocinar lo que hay y punto aunque lleves 2 días haciendo macarrones, porque se te ha terminado el tabaco antes de lo previsto –claro, estás fumando más por la ansiedad y el aburrimiento- y aún no puedes comprar más, porque sabes que debes ser la roca en la que se apoye tu familia, el que marque la pauta, el ejemplo a seguir, quien cuide y atienda a todos y sólo de pensarlo sientes que te ahogas y te entran ganas de llorar porque, ¿quién te cuida a ti?, ¿quién está pendiente de ti?, ¿quién te pregunta a ti cómo estás, qué necesitas, qué quieres?, ¿quién te mima o tiene un detalle contigo?, ¿quién se da cuenta de que estás triste, quién te consuela?

Puede que seas el único adulto de tu casa, que vivas solo o que tu marido, tu esposa o tu pareja esté tan triste y agobiado como tú y ni siquiera se dé cuenta de cómo estás, no es que no te quieran. A todos nos pasa factura esta situación, es normal tener momentos de bajón así que no te agobies. Pero tampoco te reboces en esa tristeza porque es como una telaraña: fina, casi invisible y tan pegajosa que cuesta muchísimo quitársela de encima.

Si estás leyendo esto, una de tres: o me conoces de algo y tienes curiosidad por ver qué escribo, o eres un cristiano que practica y es persona de fe y por eso lees esta revista, o no es que tengas una fe muy robusta pero sí cierta inquietud y por eso lees esta revista.

Pues bien, si tienes fe o sólo miedo habrás rezado algo estas semanas, habrás pedido a Dios que nos ayude. Y Él te habrá dicho algo así: “Apóyate en mí, que no me haces ni caso. ¿Nadie te cuida? Yo te cuido.” Y tú le habrás dicho: “Vale Señor, pero eso ¿cómo se traduce a mi vida? Porque no estoy para filosofías.”

Y en tus ratos de oración o en tus momentos de agobio, depresión o enfado al encararte con Él puede que le hayas dicho cosas como estas: “Señor, yo sé quién eres.  Sé que puedes acabar con esto. Creo en ti. Pero  ¿cómo hago para que mi fe se haga vida en mí, para que mis certezas marquen el día a día, y no mi estado de ánimo? Me está costando mucho mantener vivas la fe y la esperanza. Señor, yo lo sé pero necesito sentirlo, tocarlo, verlo, vivirlo. Soy como un Tomás. Déjame tocar tus heridas para que mi fe se fortalezca.”

Puede que al salir a la compra te hayas apoyado en la puerta cerrada de la iglesia y hayas implorado al Señor que acabe con esta pandemia y con todas las cosas malas que han derivado de ella, que cuide de tu familia, que te devuelva la alegría. Y seguro que al llegar a casa sentías el corazón más ligero.

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