Sábado, 21 de septiembre de 2019

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FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

1. Introducción

En el contexto de la celebración de la octava de Navidad, la liturgia de la Iglesia nos coloca la celebración del misterio de la Sagrada Familia de Nazaret. Llamamos “sagrada” a esta familia porque en el designio amoroso de Dios, su revelación a través de la encarnación se dio en el núcleo más importante de la realidad social y de las relaciones humanas. Esta familia es sagrada porque en ella crece y se forma humanamente el propio hijo de Dios. Esta familia es “sagrada” porque ella es el ambiente que acoge la Palabra de Dios hecha carne, que desde toda la eternidad reside y está en el seno de la misma santísima Trinidad.

Juan Pablo II en un documento de su fecundo magisterio, denominaba a José y María como ministros de la encarnación. Escogidos desde siempre, llamados y agraciados de forma extraordinaria en la misión de ser los padres de la naturaleza humana del Hijo de Dios. Humanidad nacida de forma virginal en el seno inmaculado de la pequeña, pobre y grande mujer, la más importante de la historia: Miriam.

2. Evangelio

La pérdida del niño en Jerusalén aparece como la escena que corona el llamado “evangelio de la infancia” en la versión de san Lucas del NT. Este acontecimiento representa un punto crucial en la historia de Jesús –María conservaba cuidadosamente todas las cosas en el corazón– y fue tenido en cuenta a través de la colecta de datos en el proceso de redacción por parte del autor sagrado. Los evangelios de Mateo y Lucas presentan el origen humano del hijo de Dios, después hacen una pausa hasta este momento a los doce años –sólo Lucas nos lo recuerda– y nuevamente surge un largo paréntesis de la “vida oculta” en la familia de Nazaret, hasta que Jesús se manifiesta públicamente en el rio Jordán para el bautismo realizado por Juan.

Este misterio de la vida del señor denota por un lado, la supremacía de su inteligencia y, por otro, la precoz consciencia que el adolescente presenta sobre su origen y destino divinos: ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. “Consciencia filial” que se va tornado presente gradualmente en la dimensión psicológica del verbo encarnado y “consciencia mesiánica” prefigurada por la referencia cronológica de: “al cabo de tres días”, que alude al misterio pascual: muerte y resurrección de la humanidad del hijo de Dios.

La angustia y el sufrimiento que experimentan José y, sobre todo, María nos recuerdan la profecía de Simeón: “una espada te atravesará el alma”, pero de forma intensa y profunda la participación de la que hará parte la madre del Señor, en el acto de expiación y en el dolor redentor de su hijo en la cruz para poder salvar a la humanidad.

Además de eso, Lucas afirma que la familia vivía y cumplía todas las tradiciones religiosas de su pueblo mencionando el viaje a la ciudad santa. Por eso, es importante buscar en las fuentes hebraicas las tradiciones y costumbres religiosas que nos permitan entender el ambiente en el cual creció y se formó el hijo de Dios. Fundamentalmente estos elementos son: la transmisión de la fe (las oraciones), la participación en las grandes fiestas y la santificación del sábado y la liturgia sinagogal.

Inicialmente es fundamental recordar que la transmisión de la fe en el pueblo judío es la misión primordial de la familia, en ella se estructura toda la existencia humana. Esta misión está implícita en el mandamiento más importante de la ley, que en la tradición se conoce como el credo de Israel y que lleva el nombre del verbo escuchar en imperativo (“shema”): Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Dt 6,4-8). José y María le enseñaron a rezar a Jesús el shema al levantarse y al acostarse, los primeros años lo hacían juntos y después en particular en la piedad personal de cada uno.

Los judíos también expresaban su fe en la participación en las grandes fiestas litúrgicas. La tradición prevé la peregrinación a Jerusalén que los habitantes debían realizar todos los años para celebrar la gran fiesta de la Pascua, que es por excelencia la fiesta de Israel. Además está la dimensión familiar y comunitaria de la participación en las otras fiestas, como por ejemplo, la de pentecostés o las primicias (shavout), de las colectas o de las tiendas (sukkot), de la dedicación o las luces (hannuká), del perdón (yon kippur) y del año nuevo (rosh ha-shanah). Los evangelios mencionan estas fiestas, sobre todo Juan enmarca la revelación gradual del ministerio mesiánico del Señor, en el arco de tres años y con este paño de fondo litúrgico-sacramental.

Jesús también celebraba con sus padres –igual a toda familia judía piadosa– el shabath, santificando el día de reposo como está descrito en el relato de la creación del libro del Génesis. La celebración ocurría en las vísperas a través de una cena festiva, que se prolongaba al día siguiente cuando iban a participar de la liturgia sinagogal para escuchar la palabra de Dios. La sinagoga era la casa de la oración y de la enseñanza donde el pueblo es instruido para poder expresar su fe y caminar en la voluntad de Dios conforme los mandamientos. La sinagoga era el lugar del encuentro de la comunidad y había una en cada localidad.

Podemos suponer con justa razón, que el niño que “crecía en sabiduría, en estatura, y en gracia delante de Dios y delante de los hombres” era conducido por sus padres desde la tierna infancia, en la adolescencia y aún en la vida adulta a los oficios litúrgicos de la sinagoga (Lc 2,52). Los evangelios narran también cómo en el ejercicio público de su ministerio, Jesús continuaba yendo los sábados a la sinagoga o lo invitaban, y por eso aprovechaba esas ocasiones para enseñar y presentar la novedad de su mensaje.

3. Actualización Catequética

Del relato del evangelio emergen algunas ideas que nos pueden ayudar en el camino de la fe, y sobre todo iluminar la vida de la familia en medio de la sociedad como “iglesia doméstica”.

A. La fe (Liturgia de santidad – Iglesia): La fe se transmite en casa a través de la enseñanza, la oración y la vida. Normalmente es la madre la que cumple esta misión desde que los hijos son pequeños: hablándoles de Dios, del amor de Jesucristo, enseñando las primeras oraciones, etc. Después confiándole a la Iglesia (la comunidad parroquial a la cual pertenecen) la formación catequética de los primeros sacramentos de la infancia y de la adolescencia, así como la participación de la eucaristía dominical.

El ser humano tiene una dimensión trascendental y espiritual, por eso la fe dada por Dios y suscitada en el ambiente familiar viene al encuentro de esta profunda realidad de la estructura psíquica del hombre. Creer es una acción tan importante como conocer, amar y querer. La luz de la fe orienta, anima y sostiene a los hijos en el camino de la vida. Los hijos tendrán que discernir entre el bien y el  mal (orientados), los hijos tendrán que levantarse después de batallas perdidas por las propias flaquezas o por la influencia nociva del mal en la sociedad (animados); y finalmente, acompañados en la precariedad de cada día y en las cruces que deberán cargar por el simple hecho de ser hombres (sostenidos). ¡Unido a la fe esta la capacidad de perdonar, amar y servir! Pero, ¿cómo harán esto sin la fe?, ¿basta la simple capacidad innata de reinventarse que tiene el hombre? La fe perfecciona todas las dimensiones humanas y las potencializa por la gracia del amor de Dios y el perdón que recibimos a través de Cristo en su Iglesia.

La Iglesia, por tanto, ocupa un lugar especial en esta misión de transmitir la fe. Ella es la comunidad (madre) donde respiramos y nos alimentamos en la fe como hijos de Dios. A través de la Palabra proclamada y los Sacramentos celebrados somos insertos en la vida divina que nos renueva y purifica hasta el fin de nuestra existencia.

B. La educación (Formación humana responsabilidad ante Dios y los hombres): Los padres reciben los hijos como un don de Dios, pero no son suyos, les fueron confiados y por eso tienen la misión de además de transmitirles la fe – que es lo más importante –, formarlos en las dimensiones humana (aspectos emocionales y afectivos) e intelectual (la valorización del estudio y del trabajo).

Pero la educación se realiza sobre todo en el amor y la autoridad. La figura materna es normalmente la referencia afectiva y la paterna está vinculada a la autoridad, pero estos papeles se mezclan y realizan en la función contraria, el padre también es afecto, la madre también es autoridad.

Para el buen resultado de esta ardua misión, una sana pedagogía y psicología considera los siguientes factores – que forman las coordenadas necesarias – para la salud mental y física de los hijos: Corrección – Reconocimiento – Respeto. Corregir y colocar límites porque la naturaleza humana es indómita y rebelde. José y María buscan al niño con temor por lo que puede haber ocurrido y molestos porque tal vez no les ha obedecido, podemos imaginar la siguiente exhortación: “mucho cuidado, quédate cerca de nosotros, no te vayas a perder, porque hay mucha gente…”. Lo corrigen, o sea, le llaman la atención, pero también reconocen con estupor su sabiduría. O sea, la corrección (los límites) es imprescindible para formar el carácter y ayudar a evitar los mismos errores, pero también el reconocimiento es fundamental para la constitución de una sana autoestima: ¡muy bien!, ¡tienes ese talento!, ¡ánimo, no desistas! A respecto del respeto, aunque haga parte de esta dimensión educativa le damos un espacio aparte.

C. El respeto (El valor de la persona y su misión o vocación ante Dios y los hombres (El amor–ágape). Los padres crean hijos para Dios y para el mundo, por eso la fe, la educación y el respeto se complementan en la configuración del ser humano como hijo de Dios, y todos los valores como ciudadano y sujeto activo en la sociedad.

En el evangelio vemos que José y María notan a temprana edad, señales del mesianismo de Jesús– ya que ellos cómo nadie saben de su origen divina –y las proyecciones de una vida futura dedicada a la misión en la casa de su padre celestial. Sabemos por los evangelios, que José no llegó a ver la manifestación de su hijo como enviado de Dios, y que agotó toda su vida –cómo se supone–, unido a María su mujer, para amarlo, protegerlo y prepararlo a ser plenamente hombre en la sociedad de aquella época. José debió iniciar a Jesús en la profesión que el desempeñaba (santificación del trabajo) y que les permitía ganar el pan de cada día.

De esta reflexión surgen las siguientes preguntas: ¿Los padres fomentan la vida cristiana y la posibilidad de servir al Señor en su Iglesia a través de una vocación sacerdotal o religiosa? ¿Los padres respetan las opciones de sus hijos o quieren proyectarse en ellos a través de la profesión que escogen? ¿Los padres aceptan las elecciones personales y afectivas de sus hijos o están siempre interviniendo o manipulándolos emocionalmente?

Jesús aprendió a someterse a las autoridades religiosas y civiles de su época: no transgredió –aunque fuera acusado de ello– la “ley y los profetas”, porque vino a darles pleno cumplimiento. De la misma forma, el Señor se sometió al imperio que explotaba y dominaba a su pueblo injustamente, ni siquiera dio señales de rebeldía y nunca recurrió a la violencia para manifestar un mesianismo socio-político, que la gran mayoría de sus compatriotas aguardaba. Sus padres pagaban impuestos y ya adulto Él dio una lección magistral sobre este tema en el refrán que dice: “dar Dios lo que es de Dios y al cesar, lo que es del cesar”.  

En esta dimensión los padres también deben fomentar los valores ciudadanos en el respeto por la vida desde su origen hasta su fin natural; el respeto por todo tipo de persona en sus diferencias culturales, raciales, religiosas y sexuales (aunque tengamos a la luz de la fe una visión propia a través de la moral cristiana); el respeto por todos los que contribuyen a la formación intelectual como los profesores; el respeto por todos garanten la seguridad y el bien-estar en la sociedad, por ejemplo, las autoridades constituidas (esto incluye la responsabilidad y la participación en la vida pública escogiendo con discernimiento los gobernantes); el respeto por todos los familiares, especialmente los abuelos (los ancianos); el respeto por todos los que tengan una dificultad o limitación física y emocional; y no podríamos dejar de mencionar el respeto por aquellos que desempeñan una misión para nuestra formación cristiana en la Iglesia.

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