Miércoles, 19 de enero de 2022

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II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Reflexiones homiléticas

I. Introducción

En el tiempo de Adviento, la Liturgia de la Iglesia nos presenta cuatro figuras bíblicas que orbitan alrededor del Sol, es decir, del Verbo de Dios hecho carne, la luz del mundo. Estas figuras son: El profeta Isaías, que representa la espera del Mesías, el ungido del Señor; Juan el Bautista, el precursor, que representa la profecía que prepara el encuentro con el Salvador; José, el justo, que representa la kenosis o vaciamiento y la humildad ante el designio de Dios; y, la Virgen María, la sierva de Nazaret que representa la obediencia de la fe y es la imagen del “sí” del hombre tocado por la gracia de Dios.

Estamos llamados a vivir este tiempo de Adviento siguiendo las huellas de nuestros predecesores en la fe: Esperar al Salvador en nuestros corazones, acoger la profecía del encuentro con Dios, vaciarnos para recibir al Hijo de Dios con humildad y responder afirmativamente a Dios Padre en obediencia de la fe.

II. Evangelio

En este segundo domingo de Adviento, la Iglesia nos presenta en el pasaje evangélico el inicio del ministerio público de Jesús a través de la figura de Juan el Bautista, el precursor del Señor. Lucas deja claro desde el principio que su intención es presentar la figura de Jesús de Nazaret, hijo de Dios, a las comunidades cristianas en el contexto de la historia (Lc 1,1-2). Por tanto, la aparición de Juan el Bautista, que abre el camino para que entre el enviado de Dios, se inscribe en las coordenadas históricas y geográficas de la época. El misterio de Dios hecho carne no es una leyenda, una fábula o un mito, sino un acontecimiento, un hecho que cambia la historia. Los nombres de las autoridades y los lugares mencionados en el Evangelio confirman esta realidad.

La escena evangélica centra toda la atención en Juan el Bautista, que en boca de Jesús es conocido como el último de los profetas (Lc 16,16). Los profetas desempeñaron un papel muy importante en la historia del pueblo de Israel, porque hablaban en nombre de Dios y ayudaban al pueblo a seguir su voluntad, para que no se desviara siguiendo a los dioses de las naciones enemigas y contaminara así el contenido de la alianza.

Cuando el pueblo de Israel es obligado a exiliarse, el reino se divide en dos, la monarquía se debilita y pronto desaparece, el culto en el templo y los sacerdotes dejan de ejercer su oficio ritual y, sobre todo, cesan las profecías, lo que lleva al pueblo a sentirse huérfano porque cree que Dios ya no habla y, en consecuencia, se siente desorientado. Este es el peor lamento del pueblo de Israel durante el exilio.

Todos los profetas que pueblan la historia de la salvación tienen personalidades muy diferentes, vocaciones propias y misiones particulares, porque se encuentran en contextos muy precisos de la historia de Israel. Entre otras cosas, estos profetas anuncian la venida del Mesías como la gran noticia que todos esperan, pero no saben muy bien lo que puede significar. Por lo tanto, en la época de Jesús, la expectativa mesiánica está revestida de una connotación social y política que afectó mucho al ministerio de Jesús de Nazaret.

III. Actualización catequética

Juan el Bautista es el último de los profetas, es la imagen de la profecía por excelencia. Siguiendo la Sagrada Escritura, podemos ver que la misión de los profetas bíblicos se resume en tres aspectos: Denunciar el mal, anunciar la conversión e interpretar la historia.

El profeta denuncia el mal. La voz del profeta advierte del mal que se manifiesta, se desarrolla y se extiende en el mundo. El mal rodea a los justos, los seduce y quiere involucrarlos. El mal es fruto de la libertad humana, y por eso el profeta se atreve a enfrentarse a los protagonistas de este desastroso escenario, no acepta la situación establecida y denuncia las injusticias, los abusos y la miseria en que vive el pueblo. Juan el Bautista encarna esta misión con sus denuncias y llamado a conversión a los judíos.

La Iglesia debe inspirarse en la figura de Juan el Bautista y de todos los profetas que denuncian el mal presente en el mundo. El mal genera la mundanidad, es decir, una forma de pensar y de vivir contraria a Dios. Por eso los maestros de espiritualidad hablan del “mundo” como el enemigo del cristiano, ya que impide al discípulo del Señor vivir la fe. Esta mundanidad –dominada por Satanás– favorece el aborto, distorsiona el comportamiento humano y la sexualidad, ataca a la familia y destruye los fundamentos de la cultura cristiana. La verdadera “voz profética” de la Iglesia no se refiere a los problemas políticos, sociales, económicos y medioambientales de la sociedad, sino a estos peligros que amenazan la vida y la salvación de los cristianos.                                                                                                         

El profeta llama a la conversión. La conversión es un don y al mismo tiempo es la iniciativa divina para que el hombre pueda disfrutar del amor de Dios y conocer el camino de la salvación. La conversión en griego es metanoia (cambio de mentalidad) y en hebreo es teshuvá (regreso al seno de Dios). Estos dos significados se complementan y describen de forma hermosa el misterio del hombre que se abre y se vuelve a Dios. En su predicación, Juan, la “voz que clama en el desierto”, con libertad y fuerza llama a conversión y prepara los caminos para la llegada del salvador.

La Iglesia debe inspirarse en la figura de Juan el Bautista para anunciar, mediante la predicación –que genera la conversión del corazón– a todos los hombres y ofrecerles la salvación. En virtud del bautismo, los ministros y todos los bautizados de la Iglesia tienen la misión de llevar a cabo el anuncio del Kerigma y de poner al hombre ante la noticia más importante que cualquiera pueda escuchar. Este acontecimiento que cambió la historia de la humanidad exige un cambio de vida y el retorno del hombre a las entrañas misericordiosas de Dios, que transforman y regeneran.

El profeta interpreta la historia. La profecía aparece en el pueblo judío en el período que precede al trauma del exilio, acompaña este acontecimiento crucial y se prolonga en la época del regreso de Babilonia y la reconstrucción del resto de Israel. Normalmente pensamos que la profecía consiste en predecir el futuro, y de hecho mucha gente tiene esta curiosidad morbosa. Sin embargo, es lo contrario, la verdadera profecía se refiere a la interpretación del presente, de la historia actual a través del discernimiento de la fe. Juan presentó al mundo el acontecimiento central de la historia.

La Iglesia debe inspirarse en esta imagen de Juan el Bautista, que señala a Jesús de Nazaret como el “cordero de Dios” que quita el pecado del mundo. Esta imagen del cordero significa que Dios interviene en la historia humana a través del misterio de la Pascua. Hay falsos profetas que no interpretan los hechos con el discernimiento que brota del misterio de la cruz gloriosa del Señor muerto y resucitado. Sin embargo, la Iglesia nos ayuda a comprender los acontecimientos a la luz de la fe y, por tanto, debe estar unida a Cristo para reflejar el poder y la fuerza de su luz.

En suma, la Iglesia se prepara y espera la celebración de la Navidad del Señor, el misterio de la condescendencia divina. ¿Qué es la condescendencia? Del latín condescendere, que significa rebajarse al nivel de alguien. Es la actitud que lleva a una persona a adaptarse o acomodarse a otra por amor, haciéndose igual y poniéndose al mismo nivel. En griego, esta preciosa palabra es Synkatabasis. Por eso se dice que un monje de Oriente siempre decía ante cualquier problema, desacuerdo o tribulación: “¡Recuerda la Synkatabasis!” Recordemos este misterio de nuestra fe: Dios se vació, se rebajó y se aniquiló por amor a mí, por amor a ti, por amor a la humanidad, aunque seamos malos y pecadores. ¡La Navidad es la contemplación sublime del misterio de la Synkatabasis!

 

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