Miércoles, 12 de agosto de 2020

Religión en Libertad

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¡¡No corras a ayudarle!!

por Familia en construcción

 Acabo de ver un video en el que un niño con parálisis cerebral culmina un triatlón rodeado de aplausos, felicitaciones y exclamaciones de felicidad y admiración. El video en sí es un espectáculo de superación que, además, recoge un detalle que no merece menos atención: unos metros por detrás del niño va el que suponemos que será su padre, que contempla desde una ligera distancia el desenlace de la competición: el pequeño, en la recta final, movido por la emoción, suelta el andador que le ayuda a sujetarse en pie y trata de correr sin él con cierta dificultad, tropezando varias veces y volviendo a levantarse con decisión y rapidez. El padre no corre tras su hijo, no se abalanza sobre él para ayudarle a levantarse; se mantiene en su posición, caminando lentamente con el andador que su hijo ha dejado a mitad de camino, dejando que sea él solo quién termine la carrera que con tanto esfuerzo ha realizado.

Pienso, aquí, en cuantas veces corremos a socorrer a nuestros hijos por una caída parecida, por un ligero golpe, por un susto o un sobresalto. Y también, por un disgusto con un amigo o por un mal día en el colegio. El niño del vídeo -en su enfermedad- es capaz de terminar solito todo un triatlón porque su padre, en lugar de ponerse a su lado y recordarle con su ayuda constante sus limitaciones, se queda lejos de él, haciendo el papel de espectador que, con su mirada y su distancia le recuerdan a su hijo que es capaz de todo lo que se proponga, que no tiene que tener miedo de lo que no puede hacer, sino perseguir aquello con lo que sueña, por difícil que le parezca.

Ese padre que, probablemente con gran esfuerzo y luchando contra sus sentimientos, se mantiene alejado, dejando a su hijo caer y esperando a que se levante por sí mismo, está realizando un acto heroico que tendrá enormes consecuencias durante toda la vida de ese niño. El hecho de no acudir a él en el primer contratiempo es la mejor forma de decirle: "tú puedes, yo creo en ti, no me necesitas, puedes hacerlo solo". Es la mejor forma de hacerle ver por sí mismo todo aquello de lo que es capaz. Y es, también, la forma de darle las armas para que aprenda a hacer frente a las adversidades de la vida sin quejarse, sin esperar un empujoncito, sino sabiendo que las cosas dependen de él, que los obstáculos no son malos si aprendemos, con cada uno, a superar los que vendrán, sean lo grandes o duros que sean.

En definitiva, este padre le está dando a su hijo las herramientas para que sea -en sus limitaciones- una persona fuerte, preparada para las duras batallas de la vida, capaz de salir de las adversidades por sí mismo y de confiar, como lo hace su padre, en sus propias capacidades. Y es esta actitud precisamente: la de que su padre no corra a ayudar a su hijo cada vez que tiene un problema, una de las razones por las que este niño con parálisis cerebral ha sido capaz de finalizar con éxito un triatlón completito.

Así, en las vidas de nuestros hijos, me surge la reflexión de lo importante que es a veces no hacer nada, dejar que se las apañen, que se defiendan, que se levanten solitos.

En el mundo de hoy, los padres estamos constantemente bombardeados con mensajes que se oponen a este loable comportamiento: no podemos dejar que sufran ni un segundo. Los mensajes educativos giran, casi siempre, en torno al cuidado que hay que tener de que los niños se sientan bien en todo momento. Y esto, muchas veces, nos empuja a sobreprotegerlos emocionalmente. Nos agobia terriblemente pensar que pueden sentirse solos por un momento, o que algo puede hacerles sufrir más de lo que son capaces de soportar. Nos llama la atención, quizás, un padre que, viendo a su hijo tropezar, se da la vuelta discretamente para que el niño crea que no le ha visto y se levante solito sin llorar, o la madre que cuando su hijo se estampa contra el suelo le grita desde lejos casi sin inmutarse y con una sonrisa: "¡venga, campeón, levanta que no es nada!". Sin embargo, también podemos pararnos a reflexionar y caer en la cuenta de que esos padres, conscientemente, le están haciendo a sus hijos un favor. Cuánta verdad hay en las palabras de la canción de Kelly Clarkson: "What doesn´t kill you makes you stronger". Lo que no te mata te hace más fuerte. Todo lo que no acabe con ellos, si lo sufren con nuestro apoyo y con nuestra fe en que son capaces de seguir adelante, les servirá para ser mejores personas y crecer, más y más, en la imprescindible virtud de la fortaleza.

Inevitablemente, antes o después, llegará un momento en la vida de todos nuestros hijos en que de ninguna manera podremos librarles del sufrimiento. Pero sí podemos prepararles para ello, darles los instrumentos necesarios para hacerles fuertes, capaces de levantarse por sí mismos, para que cada contratiempo no sea un motivo de queja y de ablandamiento sino un camino para crecer en humanidad y autonomía.

Como les dice a mi hija y sus compañeros su profesora de Infantil: "ser fuertes y no quejarse", ese es el lema que les tenemos que transmitir, para enseñarles que en la fortaleza está el camino para el autodominio, que es el principal y más importante de todos los poderes: el poder sobre uno mismo, que lleva al ejercicio auténtico de la libertad. Solo así serán personas capaces de superar las dificultades de la vida, cualesquiera que sean, y alcanzar las metas que se propongan.

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