Viernes, 23 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Orar en Familia

por Creo, Señor, aumenta mi fe

   El papa Francisco dedicó la audiencia del 26 de agosto a la oración en familia.
   Antes de entrar en el tema, hace algunas advertencias sobre la oración muy interesantes.
   Las lamentaciones sobre la oración son frecuentes. Sobre la falta de tiempo frecuentísimas. La frialdad sobre la misma oración no dista mucho de la anterior. El tiempo en la oración, si quiere ser verdadero, no puede venir de una obligación exterior. Será pesada y no durará mucho. Si no cultivamos un corazón cálido y amoroso para con Dios, nunca encontraremos tiempo para encontrarnos con Él.
   “Pensemos en la formulación del gran mandamiento, que sostiene  a todos los demás: <> (Dt 6, 5). La fórmula usa un lenguaje intenso de amor, orientándolo a Dios. Así, el espíritu de oración habita ante todo aquí. Y si habita aquí, habita todo el tiempo y ya no sale de él. ¿Logramos pensar en Dios como la caricia que nos mantiene con vida, antes de la cual no hay nada; una caricia de la cual nada, ni siquiera la muerte, nos puede separar? ¿O bien pensamos en Él solo como un gran Ser, el Todopoderoso que creó las cosas, el Juez que controla cada acción? Todo es verdad, naturalmente. Pero solo cuando Dios es el afecto de todos nuestros afectos, el significado de esta palabra llega a ser pleno. Entonces nos sentimos felices”.
   Si falta el afecto, no se enciende el afecto. Este estilo de oración se aprende en familia. “Un corazón ahitado por el amor a Dios convierte también en un pensamiento sin palabras, o una invocación ante una imagen sagrada, o un beso enviado hacia una iglesia. Es hermoso cuando las mamás enseñan a los hijos pequeños a mandar un beso a Jesús o a la Virgen. ¡Cuánta ternura hay en eso! En ese momento el corazón de los niños se convierte en espacio de oración. Y es  un don del Espíritu Santo… Este don del Espíritu se aprende a pedirlo y apreciarlo en familia. Si  aprendes con la misma espontaneidad con la aprendes a decir <> y <>, lo has aprendido para siempre. Cuando esto sucede, el tiempo de toda la vida familiar se ve envuelto en el seno del amor de Dios y busca espontáneamente el momento de la oración”.
   El Papa dedica un gran elogio a los padres y madres que en su casa 24 horas las convierten en 48. Resuelven el problema que ningún matemático ha conseguido resolver. Merecen el premio nobel.
   Al final el papa francisco hace dos advertencias: La primera sobre el tiempo de oración. Debemos convencernos de que el <> no es lo más importante en nuestra vida. “El espíritu de oración restituye el tiempo a Dios, sale de la obsesión de una vida a la que siempre le falta tiempo, vuelve a encontrar la paz de las cosas necesarias y descubre la alegría de los dones inesperados. Buenas guías para ello son las dos hermanas Mata y María, de la que habla el evangelio… Ellas aprendieron de Dios la armonía de los ritmos familiares: la belleza de la fiesta, la serenidad del trabajo, el espíritu de oración (Lc 10, 38-42). La visita de Jesús, a quien querían mucho, era su fiesta. Pero un día Marta aprendió que el trajo de la hospitalidad, incluso siendo importante, no lo es todo, sino que escuchar al Señor, como hacía María, era cuestión verdaderamente esencial, la <> del tiempo. La oración brota de la escucha de Jesús, de la lectura del Evangelio…        
   La segunda sobre la oración en familia que brota del Evangelio acogido en la misma. “¿Tenemos el Evangelio en casa?  ¿Lo abrimos alguna vez para leerlo juntos? ¿Lo meditamos rezando el Rosario?  El Evangelio leído y meditado en familia es como un pan bueno que nutre el corazón de todos. Por la mañana y por la tarde, y cuando nos sentamos a la mesa, aprendamos a decir juntos una oración, con mucha sencillez: es Jesús quien viene entre nosotros, como iba a la familia de Marta, María y Lázaro. Una cosa que me preocupa mucho y que he visto en las ciudades: hay niños que no ha aprendido  a hacer la señal de la cruz. Pero tú, mamá, papá, enseña al niño a rezar, a hacer la señal de la cruz: es una hermosa tarea de las mamás y de los papás”.
   Concluye el Papa con esta hermosa advertencia: “En la oración de la familia, en sus momentos fuertes y en sus pasos difíciles, nos encomendamos unos a otros, para que cada uno de nosotros en la familia esté protegido por el amor de Dios”.
    
 
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