Jueves, 02 de diciembre de 2021

Religión en Libertad

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Carta de un padre a un hijo

por No tengáis miedo

Querido hijo mío, 

Quiera Dios que tanto tú como yo tengamos larga vida, de modo que un día te pueda decir estas palabras de viva voz. Pero como desconocemos su voluntad, deseo compartir contigo estas ideas y sentimientos…

Hijo mío, tú eres especial. Muy especial. No porque seas mi hijo, o porque hayas llegado a este mundo siendo querido y deseado por tu madre y por mí. Eres hijo del Dios altísimo, y por tanto formas parte de un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes.  Esto no te hace superior a los demás, pero te reviste de dignidad. Sé que habrá muchos momentos en los que tu fe te haga nadar a contracorriente, en los cuales serás duramente tentado; recuerda en los mismos las palabras de San Pablo: “no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”. 

El hombre que un día serás se forjará con aquello de lo que te alimentes en tu infancia y juventud; no me refiero al alimento físico, sino a cada palabra que escuches y pronuncies, cada situación que vivas, cada imagen que veas, cada amigo del que te rodees. Yo intentaré siempre procurar lo mejor para ti, pero llegará un momento en que tendrás que empezar a tomar tus propias decisiones. Elige con sabiduría los libros que lees, la música que escuchas, las películas que ves, las conversaciones que compartes, los sitios que frecuentas; que sirvan para hacer crecer el Reino en ti. Pues si bien hay muchas cosas malas en este mundo, hay otras maravillosas que no debes perderte de ningún modo.

Sé diligente y esforzado en tus estudios. No es un empeño de tus padres; el Señor requiere hombres inteligentes, que puedan usar también su intelecto para mejor servirle. Fórmate en aquello que en verdad te guste, según los dones que Dios sembró en ti, pues debes hacerlos crecer y explotarlos al máximo.

Mantente firme en la oración, a tiempo y a destiempo. No importa que sientas algo o no, que estés en época de desierto o de efusión. Dios espera cada día que le hables, que le compartas lo que vives. Es el sol que, sin que te des cuenta, te broncea y da luz a tu vida. No lo alejes de ti bajo ninguna circunstancia. Y si algún día lo hicieras, no olvides que siempre, pase lo que pase, hagas lo que hagas, Él te estará esperando con los brazos abiertos.

No sé si Dios te llamará a la vida consagrada, al matrimonio… ten los ojos y los oídos bien atentos para descubrir su voluntad, pues en cumplirla va la felicidad de tu vida. De cualquier modo, respecto a las chicas, te diré que no seas impaciente ni impulsivo. Ellas y nosotros vivimos la sexualidad de un modo diferente. No te preocupes por la popularidad de los “matoncillos”, con más músculo que seso. Las chicas maduran antes que nosotros, y en pocos años verás que buscan en ti algo muy diferente a todo eso. Respétalas siempre, aun cuando ellas mismas se hayan perdido todo respeto. Huye de las situaciones que puedan ponerte en tentación: tu virginidad es igual de valiosa que la de una chica; no tienes que demostrarle nada a nadie. El sexo no te hará ser más hombre; ser capaz de tener dominio sobre ti y tu cuerpo, sí. Si una chica no valora ni entiende esto, no es para ti.

Cuando te fijes en una mujer, mira mucho más allá de su físico. Está claro que ha de parecerte bonita, atractiva. Pero piensa si te gustaría que fuese la madre de tus hijos. Analiza si es generosa, si sería capaz de desgastarse por su familia, y si es alguien que saca lo mejor de ti, que te hace crecer. Pues la belleza del físico acaba pasando, y el deseo también. Si Dios te llama al matrimonio, emprendes un viaje para toda la vida, y en la maleta requerirás mucho más que una cara linda o un cuerpo esbelto. Cuando la pasión inicial decrezca, cuando no haya cosquillas estomacales, no empieces a cuestionarte, como les sucede a tantos, si elegiste bien, si era la mujer de tu vida. Recuerda que es Dios quien hace que tu esposa sea la mujer de tu vida, la perfecta para ti, pues Él es el garante de vuestra unión. Y recuerda también que tú vuelves a escogerla cada día, con sol o con lluvia. Saltar de flor en flor buscando siempre un nuevo cosquilleo sólo haría de ti un desgraciado. El amor va mucho más lejos, crece contigo, se transforma y madura como tú; sólo quienes descubren esto alcanzan una vida en plenitud.

Si además eres padre, no huyas de tus responsabilidades familiares. Tus hijos necesitarán de tu autoridad, de tus normas, de tu seguridad. No es que tengas que llegar a ser el sargento de hierro, pero tampoco te conviertas en un eterno negociador. Puede que te equivoques en tus decisiones, en tus criterios, en tus “noes”, pero la firmeza en los mismos será un baluarte que sostenga a tu familia, como lo será también el que tus hijos sean testigos de cómo eres capaz de pedir perdón a tiempo y de perdonar, a tu esposa, y también a ellos. No eres un león que enseña a cazar: eres un hombre que enseña a amar. Y eres también, en definitiva, el escudo que debe soportar los golpes de mar que traigan las tormentas.

Hijo mío, sé un hombre de palabra, íntegro, honrado, prudente al hablar y al obrar. No busques el reconocimiento de los demás ni la propia gloria, sólo la de Dios. Y Dios, que ve en lo escondido, te recompensará.

Tu padre, que te quiere.

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