Viernes, 22 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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François Mauriac y el carpintero de Nazaret

por El rostro del Resucitado

En el Evangelio de este domingo hemos escuchado:

En aquel tiempo fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

"¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?"

Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía: "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa".

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
 
Mc 6,1-6


"Nadie es profeta en su tierra". Conocemos el dicho. También lo podemos aplicar a nuestras propias vidas. Aquellos que más nos conocen, quienes más familiaridad tienen con nosotros, corren el riesgo de reducirnos a nuestro pasado, a nuestros límites, a lo que ya saben o creen saber de nosotros, no dejando así espacio a la novedad de un cambio, a la acción del Espíritu que nos hace crecer y puede convertirnos en profetas de Otro.

Pero en el caso de Jesús la expresión alcanza un significado más radical. "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa". ¿Cuál es la tierra de Jesús? María, su Madre, que no duda de Él. Sus parientes –hermanos los llama el evangelista, según la costumbre judía–, que en algún momento llegan a creer que está "fuera de sí", que ha perdido la razón y el sentido común. Sus conocidos, sus compatriotas, que no ven en él más que al carpintero de Nazaret, a uno de ellos, y no entienden de dónde saca sus enseñanzas y sus milagros.


  



François Mauriac y su obra El Hijo del Hombre

El escritor católico François Mauriac (18851970), Nobel de Literatura en 1952, escribió mucho sobre Jesús. Recomiendo especialmente su Vida de Jesús, aparecida en 1936, en la que el autor se adentra y ensimisma con una gran libertad en los misterios de la vida de Cristo. Pero hay otra obrita, El Hijo del Hombre, menos conocida, publicada en 1958, de la que quiero proponer algunos pasajes que ilustran el Evangelio de hoy.

Escribe Mauriac en el segundo capítulo de El Hijo del Hombre, titulado "La vida oculta":

Penetramos aquí en el mayor de los misterios. El que durante treinta años de una vida de hombre, el Hijo de Dios no haya emergido a la superficie de sangre y de carne, he aquí lo que anonada. Lo sorprendente para nosotros que creemos que Jesús era el Cristo no son los milagros de la vida pública, sino la ausencia de milagro durante la vida oculta. Si todo lo que refiere Lucas respecto de la Virgen, la Anunciación del ángel, la visita a su prima Isabel, y su alma que se estremece de alegría en Dios su Salvador, y lo que se cuenta de esa noche entre las noches, en que los pastores oyen, bajo las estrellas y en sus corazones, esa promesa de paz a los hombres de buena voluntad, que todavía hoy alimenta nuestra esperanza al cabo de dicienueve siglos, si todas estas cosas procedían del mito, si el cariño de los fieles había tejido en torno a la cuna del niño esta leyenda, que fue siendo verdad a medida que Jesús se convertía en Dios, ¿por qué se interumpió la fabulación desde la primera infancia? ¿Por qué el chico pequeño, el adolescente, el muchacho joven no la siguieron inspirando?

Que no se engañe el lector. Mauriac no niega nada de cuanto narran los evangelistas. Lo que hace es rebatir, desde dentro, las tesis de aquellos exegetas protestantes del siglo XIX que veían en los relatos de los Evangelios de la infancia una "mitificación" a posteriori de unos hechos que hubieran transcurrido con absoluta normalidad, pues Jesús –según una versión aún más radical que la de la cristología arriana del siglo IV– no era de naturaleza divina, sino tan solo hijo del hombre, profeta "divinizado" tras su muerte por San Pablo y los protagonistas de la Iglesia naciente. Del "Jesús histórico" al "Cristo de la fe", como gustaban decir. En línea con la doctrina idealista de Schleiermacher estos "teólogos" podían llegar a aceptar que Jesús fuera la "cifra" de la revelación histórica del espíritu religioso humano, pero no admitían que pudiera ser realmente el Verbo hecho carne, el Dios humanado.

Y Mauriac se pregunta: ¿Si los escritores sagrados embellecieron con "mitos" los primeros instantes de la vida de Jesús, por qué no siguieron haciéndolo después, durante todos los años de lo que llamamos su vida oculta? ¿No será que las cosas transcurrieron realmente así?

En el umbral de la vida oculta, todavía se levanta el viejo Simeón; estrecha al niño contra su corazón, ve las naciones deslumbradas por esta luz que él tiene en sus manos viejas, precisamente entonces. Ve esa espada atravesando el corazón de María, y la anuncia. Y luego, diríase que baja un telón. La sombra recubre al niño del que Lucas ya no dice nada, fuera del episodio del viaje a Jerusalén, y de Jesús perdido por sus padres y hallado en el Templo, en donde maravilla a los doctores de la ley.
 
Mauriac alude en este momento a Élie Wiesel, el escritor judío superviviente de los campos de concentración nazis, quien narra su fe infantil con acentos que recuerdan al Jesús adolescente:
 
El niño Élie Wiesel me ayuda a concebir lo que pudo ser humanamente el niño Jesús. Pero en Jesús la autoridad es lo sorprendente. El niño ya habla como si tuviera autoridad para hacerlo. Interroga a los doctores, pero les deslumbra con sus propias respuestas. La luz venida a este mundo ya está aquí, como ya estaba en el pesebre, salida por unas horas de la sombra que de nuevo la recubrirá.

Que Jesús adolescente haya estado por completo en las cosas de su Padre es cosa que entrevemos cómo pudo acontecer entre los muros de una casa de Nazaret. Por lo demás, todo se comprende en una frase de San Lucas: "Jesús crecía en sabiduría, en cuerpo y en gracia ante Dios y ante los hombres..." y la Virgen "guardaba todas estas cosas, recordándolas en su corazón". No dice nada más. Y la leyenda no se aprovecha absolutamente nada de este silencio. No utiliza este vacío. Lucas nada ha sabido que fuera notable durante estos treinta años. Por tanto, no ha retenido nada, él que todo nos lo ha transmitido del misterio de Nochebuena. Su silencio con respecto a la vida oscura de Nazaret autentifica el evangelio de la anunciación en la Santa Noche, y de todo cuanto él podía saber sólo por María.





¡Es realmente sorprendente este silencio! No puede dejar de impresionarnos que de los 33 años –aproximadamente– de la vida terrena de Jesús sólo los tres últimos estén dedicados a la vida pública, a sus palabras y obras entre los hombres. ¿Y todo el periodo de su infancia, adolescencia y juventud? ¿Qué nos enseña la vida "normal" de Jesús en Nazaret, su dedicación a la familia, al trabajo, a la oración? Sigue escribiendo Mauriac:

Treinta años de enterramiento en esa corta familia judía, y en ese pueblo, ¡y tres años breves para encender este fuego sobre la tierra! "El Hijo del Hombre ha venido a prender fuego sobre la tierra, ¿y qué desea, sino que se encienda?" ¡Qué paciencia antes de qué impaciencia! ¡Qué inmovilidad antes de la carrera apresurada que va del bautismo de Juan a la agonía, a la flagelación, a los escupitajos y a la muerte ignominiosa!

Todas estas cosas que María guardaba y repasaba en su corazón, acaso se preguntaría si no las había soñado... Y Él, que era ese adolescente con un corazón semejante a nuestro corazón, y ese pobre cuerpo destinado a tanto sufrir –y Él lo sabía–, Él que era un hombre –este hombre que el Dios nos oculta hoy–, este artesano judío, semejante a todos los demás, más piadoso que los demás, sin duda, Él, para quien no existía el tiempo, que se hundía por toda su naturaleza divina en un presente eterno, hubo de vivir –Él– durante treinta años cara a ese destino del que lo conocía todo. Que sería rechazado, lo sabía; y que para cambiar el mundo no encontraría más que a un puñado de pobres gentes.

Nuestra fe tropieza con el escándalo de este fracaso. Sin embargo, sabemos que el amor no se impone: el amor del Hijo del Hombre lo mismo que cualquier otro amor. El amor exige corazones que se niegan y corazones que se entregan. Porque Dios es amor es por lo que puede ser rechazado. Si se hubiera impuesto a su criatura sería un Dios distinto a nuestro Dios, y el hombre no sería, entre todos los animales, el que alza una frente orgullosa y una cabeza que puede hacer de izquierda a derecha un signo de negación. Toda vida cristiana se contiene en este consentimiento otorgado y jamás denegado; ningún amor toma a la fuerza al ser que ama. Invita, solicita, y esto es en primer lugar la Gracia.

Es el misterio de la libertad humana, pero sobre todo de la Libertad y del Amor de Dios. Jesús fue rechazado en su propia patria, en Nazaret; fue rechazado por su propio pueblo, Israel; es rechazado, hoy, en casi todas aquellas tierras que han sido suyas, que se han desarrollado a la luz de la fe cristiana, a la sombra de iglesias, monasterios y catedrales; es rechazado todos los días en nuestro propio corazón, pero su Amor no cede:

Hace más que invitar, que solicitar, y por ello difiere del amor humano: obra dentro de nosotros. No hay hombre que si supiera expresarse y se conociera no pudiese seguir y describir, a través de su destino, la huella de una persecución, y que no pudiera señalar tal vuelta del camino en la que le llamaron por su nombre. Hay allí Alguien, y siempre estuvo allí, pero siempre lo hemos preferido todo, y aun cualquier cosa, a Él.
 

Juan Miguel Prim Goicoechea
elrostrodelresucitado@gmail.com
 
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