Lunes, 18 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Carta del papa Celestino VI a los sacerdotes (II)

por El rostro del Resucitado

 
El pasado 29 de mayo nuestros lectores pudieron leer el comienzo de un interesante texto de Giovanni Papini dirigido a los sacerdotes, tomado de sus Cartas del papa Celestino VI a los hombres.

Ofrecemos a continuación la segunda parte de este largo y afilado texto, en el que se ensalza el sacerdocio católico al mismo tiempo que se fustigan las mediocridades y tentaciones permanentes de los ministros sagrados. En la cercanía de la Solemnidad del Sagrado Corazón acojamos estas palabras como una llamada a la conversión, que sólo el Buen Pastor hará posible. El sacerdocio católico es "misión imposible" sin la gracia y sin Cristo.





Carta a los sacerdotes (II)

Demasiados de entre vosotros parecen simples empleados de la Iglesia –ujieres, bedeles, escribanos y contables–, en vez de apóstoles, insomnes, impacientes, imperiosos. Demasiados de entre vosotros son adormilados y mecánicos administradores de sacramentos en vez de testimonios, confesores, modelos irradiantes de la verdad que brotó de los labios del Redentor. Deberíais ser árboles vivos en el viento de las alturas, refugios de los pájaros del aire, generosos de hojas, de flores, de frutos y de sombra, y en cambio no sois, las más de las veces, sino palos descortezados y cepillados, bien barnizados en ocasiones, pero que ya no ahondan sus raíces en el mantillo de la Humanidad, que ya no dan yemas ni racimos: palos bajos, palos muertos, que sirven, todo lo más, para construir empalizadas y barreras, para sostener carteles con prohibiciones y reglamentos.

Bastantes de entre vosotros tienen mucho: doctrina, suavidad, probidad, costumbres inmaculadas, el debido respeto a la autoridad, deseo del bien. Pero os falta lo que más cuenta y fecunda: la generosidad valerosa del corazón, la violencia irresistible del amor. Cristo os dijo que fueseis sencillos como palomas y astutos como serpientes; pero sois, desgraciadamente, palomas que se demoran gustosas en la tibieza del nido, serpientes que se adormilan en el aire cerrado de las madrigueras.

No siempre sois fríos, pero tampoco lo bastante ardientes para calentar a los que están helados. Tenéis un miedo grandísimo a la grandeza, un miedo loco a la locura. Vuestra cabeza es un archivo de frases aprendidas de memoria, vuestro corazón es a veces mitad de piedra y mitad de estopa, vuestros oídos están más atentos a los murmullos terrenos que a las voces del cielo. Y no digo nada de vuestro amor al bienestar, de vuestro temor a la muerte.





¿Recordáis la ceremonia de vuestra ordenación? En un momento determinado os echasteis en el suelo, boca abajo, a gatas, como serpientes que se arrastran por el vientre, para recordar que solo quien se humilla será ensalzado. Otro día, abajo en la fosa, estaréis de nuevo tendidos, pero boca arriba, como los ahogados. Mas ahora que vivís debéis estar en pie, altos y firmes como columnas, columnas de fuego para guiar a los pueblos por las tinieblas de los desiertos.

No digo, ni quiero decir, que faltéis a vuestros deberes. Celebráis la misa, explicáis el Evangelio, bautizáis a los niños, bendecís a los esposos, confortáis a los enfermos, acompañáis a los muertos. Pero para un verdadero sacerdote de Cristo, para un alter Christus, el deber supremo está más allá de los deberes obligados y ordinarios. Estos son la administración ordinaria en tiempo de paz; pero el verdadero cristiano sabe que para él no hay nunca tiempos de paz. Estáis llamados al combate perenne: en vosotros, no combatir es lo mismo que morir para vosotros mismos. Cada generación nace niña y bárbara: antes que desaparezca es necesario iniciarla, llevarla a Cristo.

Sois los primogénitos de la luz, y vuestra misión es la de resplandecer; la de resplandecer todos los días y para todos. No basta, en vuestro caso, ser buenos escribanos y secretarios de la tradición, ser unos señores respetables y respetados. El cristianismo de Cristo, como la poesía, no tolera medianías.

No me duelo de vuestra corrupción, sino de vuestra mediocridad. Vuestra vida, hoy, es bastante más dura que en siglos anteriores. Ya no se podría escribir de vosotros, como hizo san Pedro Damián, un Liber Gomorrhianus. Han desaparecido de entre vosotros, casi por completo, los usureros, los amancebados, los sodomitas, los simoníacos, los heresiarcas. Es más, recuerdo haber encontrado, en mi largo camino, sacerdotes jóvenes en los cuales la voluntad de servir a Cristo se transparentaba en amorosa palidez, cual llama viva tras el alabastro de una lámpara. Recuerdo haber conocido viejos sacerdotes, más venerables por la luz de su caridad que por la albura de sus canas, que se consumían en Dios como el cirio anónimo del pobre ante el Altísimo.

Pero he visto también sacerdotes más apasionados por bancas y cacerías que por su ministerio, más deseosos de buena mesa que de buena fama, más preocupados por el politiqueo o el manejo de los bienes materiales que por cuidar su rebaño, más expertos en platicar que en edificar. Muchos, más que sacerdotes de Cristo, parecían administradores bien alimentados, señores rústicos, procuradores concienzudos de negocios mundanos, cautelosos burgueses caídos por azar en el ramo de los asuntos espirituales.

Pero están también entre vosotros los doctores, los doctos, los doctísimos, los archidoctísimos, esos que saben escribir el soneto para el obispo, la plática para la primera comunión, el manualito para los ejercicios espirituales, la monografía sobre los fastos de la diócesis, el tratado científico rebosante de sanos principios, henchido de doctrina sólida. Algunos de vosotros saben escribir predicaciones más floridas que jardines de presbiterio; homilías más ricas en unción que una almazara, sermones más asiduamente armoniosos que un armonio. Dispensáis desde el púlpito, a veces, oraciones tan sabias en persuasivos conceptos, que vuestros mismos oídos escuchan a vuestros labios con deleite inefable, pero visible.

Pero vuestras palabras raramente brotan del corazón para ir, como saetas, a clavarse rectas en los corazones, trastornándolos. Apestan a candil, más que oler a sol. Y hoy, para retorcer y prensar las almas, se necesita franqueza de caridad y de sencillez antes que taraceas y aparatos de elocuencia mendigada.

Hay entre vosotros excelentes doctores y licenciados de todos los ateneos, profesores dignos de todas las cátedras, no sólo de ética y de dogmática, sino también de ornitología, de conquiliología, de filología, de rabdomancia.





Admiro vuestra ciencia: pero os digo, en verdad, que hoy hacen falta, ante todo, reeducadores, modeladores y plasmadores de conciencias; se necesitan santos, más que estudiosos. Hace mucho tiempo que el mundo sufre penuria de santos. Sería necesario, para salvar lo que todavía se puede salvar, un ejército de santos. Los espero de entre vosotros, porque más que todos estáis cercanos, por obligaciones de vuestro estado, a los manantiales y cataratas de la santidad.

(...)


Juan Miguel Prim Goicoechea
elrostrodelresucitado@gmail.com


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