Miércoles, 23 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

Amós es un ganadero o granjero, llamado por Dios a desorrollar la ardua misión profética en el reino del norte, por tanto, fuera de su ambiente natural, ya que él era del poblado de Tecua cerca de Jersusalén.

El profeta Amós es el que más dedica su ministerio a denunciar la injusticia y desigualdad en que vive el pueblo de Israel, que a pesar de las riquezas del comercio con el reino del sur y las otras naciones, llevó grande parte de la población a la miseria. Aún así, esta sociedad corrupta continua ejerciendo el culto, pero sin moralidad, hace sacrificios a Dios, pero sin contenido religioso. Por eso, el profeta denuncia esta dicotomía o divorcio entre la vida y la experiencia religiosa.

¡La actualidad de esta Palabra es impresionante! Por eso la Iglesia tiene una voz profética en la sociedad. Sin perder de vista que su misión fundamental es anunciar el evangelio a los hombres, la comunidad cristiana tiene conciencia de que este mandato de Cristo también implica defender al hombre de sistemas ideológicos que lo destruyen, esclavizan y le hacen perder su dignidad de hijo de Dios.

  1. Evangelio

En los domingos anteriores los pasajes bíblicos del evangelio de Lucas propuestos por la liturgia de la Iglesia para la celebración de la Eucaristía en el día del Señor giraban –en el contexto del viaje final a Jerusalén– en torno de la humildad, de la cruz y del perdón divino (ocupar el último lugar, la puerta estrecha y la misericordia divina). Hoy la pedagogía catequética de Jesús nos lleva a otro tema que también será desarrollado en las próximas semanas: el lugar que ocupa el dinero en la vida de los discípulos y la astucia que se puede adquirir de esta relación con el fruto del trabajo del hombre.

La parábola cuenta la actitud de un administrador, que es llamado por su señor al oír hablar mal de la situación de sus negocios. Esta parábola al contrario de llamarse “el administrador infiel”, título que aparece en las diversas versiones del Nuevo Testamento, debería ser “el administrador infiel y astuto”. Esta es una das parábolas más desconcertantes utilizadas por Jesús en su predicación. La historia tiene todas las características de una parábola, sin embargo, parece ser que el Señor se inspiró en una crónica de la época. La inspiración obedece a algo concreto, porque en la provincia de Judea en esa época era común que los ricos –dado el número de bienes– entregasen a terceros la administración de sus propiedades agrícolas o de comercio.

El relato se desarrolla en tres momentos: En la primera escena, un hombre rico descubre por una denuncia la corrupción del administrador de sus bienes, lo cual es llamado a prestar cuentas de su trabajo errado, y por esta situación decide despedirlo de la función. El administrador criminoso no se defiende, ni intenta explicar absolutamente nada, porque es muy obvia la mala administración del dinero en una gestión deshonesta. El personaje principal de esta parábola es un administrador infiel que ha quedado en evidencia.

En la segunda escena, el administrador en un monólogo interior, piensa en su situación futura descartando dos actividades que no puede hacer, o sea, trabajar como obrero y mendigar, sin embargo de pronto tiene una intuición que se manifiesta después como algo genial: La reacción inmediata resuelve su lamentable suerte y, por eso, manda llamar los deudores de su patrón, con los libros de contabilidad aún en su poder, acierta las cuentas con una considerable reducción en los valores debidos a su jefe, privándose así del lucro personal que siempre aumentaba en los negocios que administraba, enriqueciéndose ilícitamente. Con esta actitud el administrador deshonesto involucra los deudores con mucha astucia, generando dos efectos: ellos contraen una deuda de gratitud y también los atrapa en una red de fraudes por las cuales pueden ser chantajeados.

Finalmente, la tercera escena llama la atención porque esa actitud deshonesta del administrador infiel es alabada por el propio patrón, que lo había contratado para la administración de sus bienes. Lo más curioso de la escena es que el jefe testimonió todo, porque fue delante de él que el administrador infiel realizó y providenció las cosas para no ser perjudicado. El dueño de los bienes no reacciona, solo mira y espera el final de esta escena para reanudar los negocios, pero admira y reconoce la astucia de su ex empleado.

Esa misma astucia del protagonista del relato (que es un delincuente), presentado por Jesús debería ser propia de los “hijos de la luz” (los que acogen el mensaje de Jesús), para hacer el bien y, sobre todo, con respecto a la propia suerte eterna de acuerdo al uso y la administración del dinero (“mammona iniquitatis”) y de los bienes temporales.

Obviamente con esta parábola el Señor no está aprobando y estimulando la corrupción, porque la naturaleza de las historias de las parábolas sirve de suporte para una idea principal que tiene resonancias morales (o sea, la vida a la luz de la fe cristiana): la astucia en relación a los bienes y al dinero, y en otros ámbitos de la existencia (afectos, comportamiento, etc.) para poder garantizar la vida eterna.

  1. Actualización

Lo que Jesús elogia a través de la historia a la cual recurre, es la disposición con la cual el administrador resuelve su vida de forma astuta. Esta astucia es oportuna y eficaz hasta el punto de ser el tema central de la parábola. Es simple entonces la moraleja de la parábola: así como los hombres son tan astutos para pensar y actuar en sus negocios, deberían ser los discípulos y seguidores del Señor en sus relaciones con el dinero y otras cosas de la vida a la luz de la fe cristiana. Así que no olvidemos que esta parábola introduce un tema que Jesús desarrolla a continuación, con una serie de máximas sobre las riquezas y los bienes materiales: “Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo insignificante, lo es también en lo importante; y el que es injusto en lo insignificante, también lo es en lo importante. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién los dará lo vuestroNingún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y desdeñará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,9-15).

Por otro lado, para poner en práctica esta palabra acerca de toda la dimensión moral en nuestra vida, es necesario relacionarla con otro pasaje del evangelio –porque el mensaje de Cristo tiene siempre un contexto y se explica así mismo en el conjunto del Nuevo Testamento– que dice: “Sed, pues, prudentes (astutos) como las serpientes, y sencillos como las palomas” (Mt 10,16b). La prudencia es una virtud que nos da una mirada serena, por tanto, no precipitada de las cosas y que nos lleva a actuar y vivir con discernimiento. La prudencia tiene algo de astucia y malicia en el buen sentido de la expresión.

Si nosotros usáramos para hacer el bien, la misma astucia y malicia que tenemos para los negocios y el dinero (o por el menos el tiempo que gastamos pensando en eso), la situación a nuestro alrededor sería completamente diferente. Veamos algunos ejemplos prácticos:

¿Qué hacer para poder realizar la voluntad de Dios si estamos inmersos en tantas debilidades? Ya que sabemos las cosas que nos inclinan para el pecado (la sexualidad, la ambición del dinero, el sentido de justicia, un aspecto específico de nuestro temperamento, etc.) deberíamos con astucia huir siempre de las ocasiones y no nos expondríamos al peligro subestimando nuestra debilidad. La “astucia cristiana” nos ayuda para poder desviarnos y favorecer una actitud de acuerdo con el evangelio. No estamos exentos de caer, pero si sabemos dónde está la raíz de la cuestión, con humildad nos levantamos y recomenzamos para desarrollar el discernimiento con la fuerza restauradora de la gracia divina.

¿Cómo hacer para combatir el mal? La respuesta está en el propio evangelio: “No resistáis al mal” (Mt 5,39), o sea, no entremos en enfrentamiento con el mal, pues seremos contaminados por él, solo así podemos vencer y salir de la espiral que genera el odio y la venganza. Perdonar combatiendo nuestro sentido de justicia, para que el mal que nace en el corazón humano sea debilitado, y no tenga tanta resonancia en las personas que están a nuestro alrededor y en la sociedad.

¿Qué hacer con el dinero y los bienes que nos atan? Adquirir el equilibrio interior que nace solo del encuentro con Cristo, porque la conversión pasa por el uso correcto del dinero, por tanto, es una liberación de la esclavitud del “dios” de este mundo (mamona), que es una palabra hebrea, pero de origen fenicio que también significa seguridad, apoyo. Vender los bienes, dar limosna, ayudar los otros, son tácticas astutas para hacernos –como dice el evangelio– amigos del dinero inicuo y preservar y garantizar nuestra salvación.

¡Qué el don de la Eucaristía que vamos a recibir en el “sacramento del amor” nos ayude a dar una respuesta a la llamada de Dios! ¡Qué esta gracia nos conceda siempre el don de la “astucia evangélica”, para poder hacer la voluntad de Dios, amando y sirviendo a los hermanos!

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