Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Todo empieza, de nuevo, hoy

 

Este domingo celebramos la Solemnidad de Pentecostés. Dos textos me ayudan a profundizar en este misterio de nuestra fe. El primero, nacido de mis lecturas de Maurice Zundel, es una homilía pronunciada por este teólogo y místico suizo el 21 de mayo de 1972, solemnidad de Pentecostés, en el Carmelo de Matarieh, en el Cairo. Ofrezco mi propia traducción:

 

 

"Todo empieza hoy": una homilía de Zundel

 

¿Os acordáis de la última pregunta que los apóstoles hicieron el día de la Ascensión? Mientras Jesús les invitaba a recogerse y a esperar al Espíritu Santo que Él les enviaría, ellos le plantearon la última pregunta: «¿Es en este tiempo cuando restablecerás el reino en favor de Israel?»

 

Y he aquí la respuesta hoy, la respuesta inesperada y maravillosa: el reino de Dios, el reino en el que Jesús quiere introducirnos no puede construirse. Sólo puede suceder dentro de nosotros. El cielo, al que estamos llamados, es precisamente un cielo interior dentro de nosotros mismos, como nos dice el Papa San Gregorio: «El cielo es el alma del justo».

 

Y esta luz es inagotable; es la luz que tenemos que seguir y que nos llevará de  fuera a dentro. Todos somos esclavos del fuera: queremos interpretar un papel, llevamos una máscara, deseamos ser influyentes, tener una preeminencia, ser alabados y admirados y mientras perseguimos todas estas exhibiciones de nosotros mismos perdemos nuestra substancia, estamos cada vez más fuera de nosotros mismos y acabamos siendo sólo una apariencia de existencia.

 

Y he aquí, justamente, que la luz de Pentecostés nos lleva a lo esencial, nos revela nuestra dignidad, nuestra vocación, nuestra grandeza, nuestra inmortalidad; nos revela nuestra igualdad, nuestra igualdad en las alturas, nuestra igualdad en el amor, nuestra igualdad en el desposeimiento, nuestra igualdad en la pobreza, nuestra igualdad en el don de nosotros mismos.

 

Toda alma, el alma de un niño que acaba de nacer, toda alma, todo espíritu humano es capaz de esta inmensidad, está llamado a esta grandeza y debe convertirse en el Reino de Dios. Cada uno de nosotros está llamado a tener y a convertirse en un dentro… un dentro. Esta pequeñísima palabra, ¡qué maravillosa es! 

 

Cuando Agustín dice a Dios: «Tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera», nos hace sentir toda la grandeza de esta pequeña palabra, estar dentro, es decir, ser uno mismo una fuente, ser uno mismo un origen, ser uno mismo un valor, un tesoro, ser uno mismo un creador, ser uno mismo todo un universo.

 

Pasternak lo entendió de manera maravillosa. Hay un texto extraordinario, conmovedor y magnífico en el que nos muestra que los nuevos tiempos han llegado, los tiempos nuevos, los tiempos de la grandeza. Allí donde se habla de la embriaguez por el ser, como dice Tagore, los tiempos nuevos han llegado.

 

Hasta ahora veíamos muchedumbres; hasta ahora veíamos ejércitos. Hasta ahora veíamos, asistíamos a la migración de los pueblos, pensábamos sólo según el número y la multitud. Y ahora, ¿qué pasa? He aquí el Ángel que se dirige a María, he aquí el diálogo de la Anunciación, he aquí una joven de la que se espera un «sí», cuyo «sí» es indispensable para el cumplimiento de la creación y es en el secreto de su corazón donde se decide la suerte del mundo.





 

Ahora ya no se trata de las multitudes, de asambleas donde el hombre es tumultuoso. Se trata, ahora, de ese secreto amor que murmura en el fondo del corazón. Se trata, ahora, de ese dentro donde cada uno de nosotros es liberado del fuera, donde cada uno lleva en sí Su eternidad, donde cada uno puede ser, para los otros, un espacio ilimitado, un fermento de liberación y de grandeza.

 

Nada es más maravilloso, nada nos afecta más profundamente, porque nada nos libera más. Ser libre de sí mismo es totalmente imposible si no encontramos, en el fondo de nuestro corazón, esta Presencia infinita que es la única capaz de colmarnos, el único camino hacia nosotros mismos, el único hacia los otros, el único significado de todo el universo. Por lo tanto, debemos recoger este maravilloso legado para descubrir, esta mañana, este don infinito de amor eterno.

 

Todo empieza hoy. ¡Qué transformación tan radical experimentan los apóstoles cuando dejan de mirarse a ellos mismos, cuando no ven nada más que el rostro de Cristo grabado en su corazón! 

 

Tal como ellos partieron, hasta el martirio, a la conquista del mundo, así nosotros podemos, hoy, nacer de nuevo y entrar en esta inmensa aventura que es donar al mundo la luz infinita y el amor eterno, consagrándolo a Cristo que ha entregado su vida y que la entrega eternamente hoy. 

 

Hoy podemos entrar en este inmenso amor en la medida, precisamente, en que empecemos por recogernos, por entrar en ese silencio infinito donde nacen todas las vidas. Este silencio es el que está en el origen de toda grandeza, en este silencio descubrimos la Presencia infinita, en este silencio nacemos a nosotros mismos, en este silencio encontramos todas las presencias, en este silencio alcanzamos nuestra raíz y la raíz de los otros.

 

Es, por lo tanto, en este silencio en el que nos sumergiremos pidiendo al Señor que nos comunique la plenitud de su Espíritu y que nos libere, por fin, de nuestro viejo y raído yo y que nos dé un punto de vista nuevo que sea simplemente una mirada de amor hacia Él. 

 

Que Él nos envíe para donar sencillamente a través de nuestra presencia, para donar al mundo esta alegría, esta alegría de Dios, esta alegría de amor eterno, esta alegría del rostro de Cristo por el que toda la tierra suspira.

 


Pentecostés: el don del Espíritu Santo
 

Hasta aquí Zundel. Recordemos el pasaje que narra el acontecimiento de Pentecostés:

 

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo”.

 

Hechos de los Apóstoles 2, 1-5

 

 




En la Biblia hay dos historias que tienen que ver con "hablar otras lenguas": en una los hombres, orgullosos y deseosos de fama, construyeron una torre para intentar llegar al cielo y como castigo Dios los dispersó y confundió su lenguaje, de modo que no se entendieran entre ellos. En la que acabamos de leer, por la acción del Espíritu Santo que se posó sobre ellos, también empezaron a hablar otras lenguas, pero todos se entendían.

 

¿Cuál es la diferencia? Que cuando hablas el lenguaje de Dios, cuando Él es el centro de tu vida, el diferente "lenguaje" que puedas tener en determinados momentos con tus amigos de camino, es subsanado por el Verbo que habita en medio de nosotros. Pero para eso hay que hacer un recorrido que nos lleve "de fuera a dentro" para recogernos en ese silencio habitado por una Presencia de la que habla Zundel y que es el que nos permite encontrar "la plenitud de Su Espíritu" y liberarnos. Uno de los problemas del hombre sin Dios es que él mismo es su último criterio, su fin, su meta y esta es una meta muy reducida. El hombre anhela la Verdad, lo Bello y eso no lo puede encontrar en sí mismo si su "dentro" está inhabitado. Desde luego yo no puedo. Pues acaso, ¿no experimentan los apóstoles una transformación radical "cuando dejan de mirarse a ellos mismos, cuando no ven nada más que el rostro de Cristo grabado en su corazón"?

 

 

"Reconocer una Presencia": algunos pasajes de don Giussani





Luigi Giussani –y esta es la segunda de mis lecturas– habla siempre del encuentro de Juan y Andrés con Cristo y dice: 

 

Entendemos qué es la fe si nos ponemos en el lugar de los primeros: de Andrés y Juan que le siguieron y le preguntaron: «Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1, 38).

 

Frente a aquel hombre, ¿qué era la fe? Era reconocer la presencia divina. Ellos ni siquiera se atrevían a pensarlo, no lo tenían claro, pero reconocían en aquel hombre la presencia que liberaba, que salvaba. 

 

Juan y Andrés tenían fe, porque tenían certeza de una Presencia que experimentaban: cuando estaban allí, en el primer capítulo de San Juan, sentados en su casa, al atardecer, mirándolo hablar, tenían la certeza de una Presencia, la experiencia de algo excepcional, de lo divino en una presencia humana. Luego –añado yo– se fue cada uno a dormir a su casa: Andrés con su mujer y Juan con su madre. Fueron a su casa, cenaron en su casa, durmieron en su casa, se levantaron y fueron a pescar con sus compañeros.

 

Y en otra ocasión añade:

 

Y cuando volvieron [Juan y Andrés], por la noche, al acabar la jornada, probablemente recorriendo en silencio el camino, porque jamás habían hablado entre sí como en ese gran silencio en el que el Otro hablaba, en que Él continuaba hablando y resonando dentro de ellos.

 

Pero imaginad a aquellos dos escuchándole durante varias horas y que luego deben volver a casa. Él les despide y ellos se marchan callados, en silencio, porque les invade la impresión que han tenido de presentir el misterio, de sentirlo. Y después se separan. Cada uno se va a su casa. No se despiden. No es propiamente que no lo hagan sino que lo hacen de otro modo: se despiden sin hablar porque están llenos de lo mismo, los dos son una sola cosa de tan llenos como están de lo mismo.

 

Un último pasaje, hablando de la mujer de Andrés:

 

Ella le preguntó: «¿Qué ha pasado?», él la abrazó. Andrés abrazó a su mujer y besó a sus hijos; era él, ¡pero jamás la había abrazado así! Era como el alba, o la aurora, o el crepúsculo de una humanidad distinta, de una humanidad nueva, de una humanidad más verdadera. Como si dijese: «¡Por fin!», sin creer en lo que veían sus ojos. Pero era demasiado evidente para no creer en lo que veían sus ojos. Su marido se había vuelto otra cosa; no algo pensado, imaginado, sino real, porque nunca había sido abrazada por su marido así. Se había dado cuenta: primero porque nunca había sido mirada por su marido así y, después, porque nunca había sido abrazada por su marido de aquel modo.

 

Y luego, al día siguiente, vio cómo trataba a sus amigos, cómo hablaba con los niños: había pasado algo que estaba transformando el rostro concreto, carnal, temporal de su vida.

 

Giussani, como Zundel ("Nada es más maravilloso, nada nos afecta más profundamente, porque nada nos libera más"), habla también de una Presencia que libera, y es así, porque cuanto más cerca estás de Cristo, más libre te sientes, y mejor amas, como Andrés a su mujer. Esta Presencia maravillosa y liberadora me afecta profundamente porque remueve todo mi yo, me hace consciente de mis propios límites, de mi pequeñez y de que sólo puedo vivir mi vida plenamente porque Él la redime a diario, porque me da una mirada nueva sobre las personas y las cosas, porque sé que Dios vino para formar parte de "las peripecias humanas, (…) vino para hacerse compañía del hombre" (Giussani, ¿Por qué la Iglesia?, p. 81).

 

Una amiga mía decía el otro día en un encuentro algo que comparto plenamente: que cada vez quiere más Cristo, quiere más, mucho más. Y que a veces es un sufrimiento no poder tener ese más. Y es verdad: porque Cristo es una Herida para mí, es la herida de lo Bello, de la Verdad que me acompaña y cuando amo a alguien, deseo estar con Él cada día más y cuando no puedo porque me descentro, me desplazo, es para mí un sufrimiento. Por eso, cada mañana, en cada momento de la jornada, hay que nacer de nuevo a Cristo, hay que "salir del mundo reducido al espacio que la mente del hombre puede medir y llegar a alcanzar la amplia visión que da al hombre la compañía de un Dios que nada desdeña con tal de estar con su criatura" (Giussani, ¿Por qué la Iglesia?, p. 82).

 

Por eso todo empieza –de nuevo– hoy.

 

 

Helena Faccia

elrostrodelresucitado@gmail.com

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