Viernes, 15 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Los mártires agustinos de San Manuel y San Benito de Madrid

Los padres agustinos de Mier y Mendiguchía (1)

por Victor in vínculis

Mosaico de la iglesia de San Manuel y San Benito de Madrid

¿Y la comunidad?

Continúa el agustino Fray Amador del Fueyo en su libro  Los Agustinos en la revolución y en la Cruzada (Bilbao, 1947):

«El 18 de julio estalló el Movimiento; el 19 ardió la residencia dominica de Torrijos; el 20, las iglesias de Goya, Covadonga y el Pilar, el colegio Calasancio, el convento de las Maravillas, etc.; el 21 era ya Madrid un infierno de demonios medios desnudos y aullantes, que diría Chesterton, y el 22: aún estaban en su casa los agustinos de San Manuel y San Benito. ¿Heroísmo? ¿Ingenuidad?

En aquel barrio, dicen unos apuntes, había más sosiego. Todavía el 22 seguían los padres de Columela celebrando misa; al querer disuadir al padre Francisco de Mier de volver allá, no lo conseguimos y, efectivamente, aquel día los dejaron a todos entrar en el convento; pero, al salir, los detuvieron y los llevaron a la Dirección General de Seguridad. Después de un día y una noche en el calabozo, vino a refugiarse nuevamente en el número 32 de Lagasca, y el 5 de agosto llegó el padre Facundo, huyendo de varios sitios, donde peligraba, creyendo que allí, entre nosotros, estaba muy seguro (Vicisitudes y trabajos porque pasó la comunidad de agustinos, por Sor Concepción de Goya).

No todos, sin embargo, estaban ya ese día en la residencia, como lo iremos viendo; pero sí estaban las dos primeras víctimas que ahora nos interesan.

Fueron, pues, a la Dirección -como dice la monja- el padre Provincial, fray Facundo Mendiguchía y su secretario, padre Francisco de Mier. Al salir el 24 a media noche, el secretario se dirigió al piso de las señoritas de Ferrís (Lagasca, 32) donde permaneció hasta el 6 de agosto, sin saberlo el portero ni los vecinos. Y a punto de ser asaltado el del señor Martínez de Velasco, salió el padre Facundo que se había guarecido allí, y se fue, sobre las once de la mañana, después de telefonear al piso de las señoritas con quienes estaba el padre Mier.

Desde la casa del señor Martínez de Velasco notó el padre Provincial que le seguía cautelosamente y a breve distancia un joven vestido de marinero. Subió el padre Facundo al piso de las señoritas de Ferrís y subió también el marino, que, simulando ir más arriba, no fue a piso ninguno, antes bien, se volvió a la calle cuando hubo visto ya donde quedaba el padre Mendiguchía.

Otro más vivo y menos confiado se hubiera ido de allí al trasponer el marinero la primera esquina; el padre Provincial no lo hizo, y ello fue su perdición y la del padre Mier. Porque a la mañana siguiente, hacia las nueve, llegaron al piso de Julia Ferrís dos mozalbetes, el mayor como de 20 años, y preguntaron a la sirvienta si no había en casa un hombre de tales y cuales señas. La muchacha dio que no había uno, sino dos: el de las señas y otro.

Mientras uno vigilaba, pistola en mano, a los del piso, concentrados previamente en la habitación donde dormía el padre Mier, hizo otro el registro que duró hasta las once. El secretario acababa de concluir la carrera de abogado y guardaba consigo muchos apuntes.

-¿De quién son estas notas de abogado?

- Mías, contestó el padre.

-Ahora vamos a estudiar nosotros.

-¿Dónde estaban ustedes antes de venir a Madrid?

-En la Vid.

-¡Hombre! Allí se han hecho fuerte los fascistas y han matado a un hermano mío. (Se le advierte al lector que la salida del miliciano era falsa y tonta).

Interrogó después al padre Mendiguchía:

-Usted es vasco; ¿sabe de alguna persona que se pueda interesar por usted?

Y el padre pronunció un nombre que la testigo no recuerda.

Les ofreció entonces el padre Provincial sendos cigarrillos y se los encendió.

-¿Tienen ustedes algo especial que decirse?

-¡Ah! Pero, ¿se los llevan…?, exclamaron las mujeres a una.

-A las doce los tienen de vuelta.

El padre Facundo fue al cuarto donde había pasado la última noche y recogió alguna cosa, presente uno de los aprehensores. Ya no le oyeron decir palabra».

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