Viernes, 20 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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V Domingo de Pascua

por Al partir el pan

 Hechos 9,26-31; 1Juan 3, 18-24; Juan 15,1-8

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí  y Yo en él, ése da fruto abundante»

«Si logro descansar en Dios escucho el nombre que pronuncia a mi oído. Mi nombre, mi verdad, la palabra de mi vida. Soy suyo. Soy su sarmiento. Sólo en Él mi vida tiene sentido»

Siempre en Pascua me conmueve recorrer la vida de los apóstoles que se relata en los hechos de los apóstoles. Me emociona ver su fe, su fuego, su seguridad, su generosidad en la entrega. Una certeza que no procede de su humanidad, frágil y miedosa, sino del amor de Dios en sus vidas. Se supieron amados, recibieron el Espíritu y fueron capaces de lo imposible. Sin Dios no podían hacer nada. Con Él todo parecía realizable. Me impresiona lo que Dios hace a través de sus manos rotas, de sus palabras imprecisas, de sus gestos audaces. Me impresiona su actitud orante ante la vida, su intimidad con Jesús resucitado. Eran verdaderamente amigos de Dios y su amistad les llevaba a dar la vida por su amigo. Tenían miedo, como todos lo tenemos, pero no permanecían bloqueados por el miedo. Sabían lo que tenían que hacer y lo hacían. Obedecían con humildad. Se adaptaban a los planes de Dios. No perdían el tiempo esperando la mejor oportunidad para actuar. Simplemente se ponían en camino. Hay un texto muy especial que siempre recuerdo. Es la historia de Felipe y la conversión de un eunuco (Hechos 26, 39). En ese texto se nos muestra cómo actúa el Espíritu. En su corazón le va revelando el Señor a Felipe su voluntad de forma delicada, respetando su libertad, insinuando, proponiendo. Él escucha y actúa. Lo primero que le dice es que vaya a un camino. No le dice un pueblo donde predicar la Palabra, ni un lugar en el que poder evangelizar. Simplemente le pide que vaya a un camino desierto, donde no hay nadie a quien hablar de Jesús. Le pide algo con poca lógica y él obedece. Espera, se muestra paciente. ¡Cuántas veces nosotros no creemos en los planes de Dios! ¡Cuántas veces nos pide que tengamos paciencia, que creamos en su promesa aunque no veamos nada todavía! Nosotros desconfiamos cuando no vemos frutos inmediatos. Cuando predicamos en el desierto y nadie parece escucharnos. Desconfiamos. Felipe se fía de Dios. Pienso que hay que tener un corazón de niño para creer en planes imposibles, para aceptar propuestas poco plausibles. Felipe se fía, debía ser muy niño. Tendría ese don de ver más allá de las apariencias, ese espíritu filial de aquel que lo pone todo en manos de su padre y se deja llevar. El otro día leía un poema de Unamuno: «Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad; vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar». Esa edad de los niños en la que vivir es soñar. Creer contra toda esperanza. Confiar cuando parece imposible. Quisiera recuperar la inocencia de los niños, esa mirada sobre la vida que a veces pierdo. Decía el P. Kentenich: «Dios quiere que reconquistemos en santa sabiduría nuestro ser niño. Una confianza ilimitada en la bondad de Dios»[1]. El niño confía ciegamente en la bondad de su padre. Así es como Dios quiere que volvamos a confiar en su amor. Él es bueno. Y bueno es todo lo que Él hace. Pero, ¿cómo es posible confiar de forma ilimitada? Confiamos en nuestras propias fuerzas. Y cuando nos fallan, no confiamos en nada más. ¡Cuánto nos cuesta confiar en las personas! Confiar en Dios ya nos parece imposible. Confiar en su amor infinito, en su bondad, en su presencia protectora. Confiar en Él y desconfiar de mis fuerzas. Me gustaría tener esa confianza de los niños. Que no me importara tanto el futuro. Que no me diera miedo la vida. Como los niños que creen en el poder ilimitado de sus padres. Volver a ser como niños para entrar por la puerta pequeña del corazón de Dios. Es verdad. Ahí sólo caben los niños. Y yo he crecido a mi pesar.

Seguir a Jesús exige de nosotros una gran confianza filial. Creer en su amor, en su cuidado. Estar convencido de que mi vida descansa en sus manos. Que en Él puedo dormir tranquilo. Creer que la fecundidad es de Dios y no se debe a mi esfuerzo. Creer en sus deseos aunque aparentemente parezca todo imposible. Es lo que hizo Felipe. Era dócil. Era barro blando en las manos del alfarero. Así podía trabajar Dios con él. Al poco tiempo de estar en el camino, apareció un carruaje con un eunuco que iba leyendo un texto de Isaías. Entonces le dijo el Espíritu que se pusiera a correr al lado del carruaje. Así lo hizo. De nuevo la docilidad. El eunuco lee en alto mientras él corre. Felipe escucha y le pregunta si entiende. Y entonces el eunuco le invita a subir al carruaje. Así comienza la conversión. Al final acaba bautizándolo en un lugar donde hay un poco de agua. Sólo ese pasaje muestra en profundidad, con rápidas pinceladas, cómo era la vida de la primera Iglesia. Una Iglesia dócil, confiada en las manos de Dios. Hace falta tener un corazón de niño para obedecer a Dios. ¿Ha cambiado hoy todo tanto? No lo creo. Pero a veces parecen las cosas más rígidas, con menos vitalidad, con menos libertad de espíritu. Se escucha menos al Espíritu. Hay menos flexibilidad. Nos hemos llenado de normas y preceptos. Nos cuesta actuar con más espontaneidad, más libremente. Hoy el Espíritu sigue susurrando al oído de los que creemos, de los que amamos y soñamos con una vida cerca de Dios. Sigue el Espíritu hablando en el corazón de los amigos de Jesús. ¿Puede ser que nosotros hayamos perdido la conexión interior con Dios? Decía el Papa Francisco: «Entrar en el misterio significa capacidad de asombro, de contemplación; capacidad de escuchar el silencio y sentir el susurro de ese hilo de silencio sonoro en el que Dios nos habla. Entrar en el misterio nos exige no tener miedo de la realidad: no cerrarse en sí mismos, no huir ante lo que no entendemos, no cerrar los ojos frente a los problemas, no negarlos, no eliminar los interrogantes». El alma parece a veces no dejarse sorprender tanto por esas insinuaciones del Espíritu, por ese hilo de silencio sonoro. No sabemos bien lo que Dios nos pide. No escuchamos su voz, no entendemos. No obedecemos con tanta rapidez a sus más leves deseos. Necesitamos vivir la Pascua como una nueva oportunidad para abismarnos en el misterio de Dios. En su presencia silenciosa en medio de los hilos confusos de mi vida. El misterio de mi cruz y mi dolor. El misterio de mi camino algo oculto. Le pido que abra mi oído y mi corazón. Para entender más, para dejarme llevar donde Él quiera. Queremos comprender el misterio crucificado de nuestra vida. Ese misterio en el que no logramos descifrar el por qué de tantas preguntas abiertas. Queremos mirar en el corazón de Jesús. Permanecer unidos a Él como el sarmiento a la vid. Nuestra vida se seca si se aleja de la vid verdadera, de la fuente de vida. Sin fuente no hay agua. Sin su presencia que todo lo ilumina, no hay luz. Queremos aprender a descifrar los signos en el camino. Mirando hacia atrás es más fácil ver la mano de Dios. Mirando hacia delante nos resulta más difícil. Queremos aprender de Felipe que se deja llevar. Cambia sus planes. Se adapta. Así queremos vivir nosotros. Ojalá viviéramos siempre como decía el P. Kentenich: «Con la mano en el pulso del tiempo y el oído en el corazón de Dios». Vivir así nos pone en contacto con el querer de Dios, con su voluntad, con lo que sueña para nosotros. La mano atenta a lo que pasa en mi vida, en los hombres, en el mundo. El oído pegado al corazón de Jesús. Como Juan en la última cena, recostado sobre su pecho. Sus planes tienen que ver con mi felicidad, con mi salvación. Su silencio cargado de palabras de amor. Queremos aprender a vivir más libres. Más unidos al corazón de Dios. Para escuchar, para saber.

Con frecuencia es difícil saber quiénes somos en lo más hondo del corazón. Somos de Cristo. Le pertenecemos. Pero, ¿cómo somos en nuestra verdad? ¿Cuál es nuestra originalidad? El otro día vi una película que se titulaba «Come, reza, ama». La protagonista ha perdido el sentido de su vida y busca su camino corriendo de un lado al otro. Busca un sentido disfrutando de la vida, comiendo, contemplando la belleza del mundo. Pero sigue perdida. Busca sentido en la oración, en el equilibrio, tratando de encontrarse consigo misma en la paz interior. Igualmente sigue perdida. Y al final encuentra sentido cuando es capaz de amar entregándolo todo. Como le dice un hombre sabio: «Muchas veces perder el equilibrio por amor es vivir una vida con equilibrio». En un momento de la película, un amigo le dice que muchos lugares tienen palabras que los definen. Un país, una ciudad. Y las personas también se podrían definir a sí mismas con una palabra. Le pregunta: « ¿Cuál es tu palabra?». Ella le responde: «Empecé siendo hija. Se me daba bien. Luego esposa, no tan bien. Supongo que escritora». Su amigo le contesta que eso es lo que hace, no lo que es. Es una mujer en busca de su palabra. Al final del camino descubre su palabra y con ella su misión. También nosotros buscamos. Todos vivimos buscando. ¿Cuál es mi palabra? ¿Por qué nombre me llama Dios? ¿Cuál es el sentido de mi vida? A veces nos definimos por lo que hacemos, por nuestros títulos y logros, por lo que tenemos, por nuestras conquistas. Somos mejores y más cuanto más alto estamos, cuanta más admiración despertamos. ¡Cuánta gente hoy en el fondo no conoce su palabra, su verdad, su nombre, no sabe quién es! Viven de las apariencias, de la fachada que han levantado para que otros los respeten y quieran. Saben lo que hacen, pero no quiénes son de verdad. Hoy me pregunto: ¿Quién soy yo? Quitando los maquillajes y adornos. ¿Me conozco? A menudo no nos conocemos y no logramos reconocer la llamada personal de Dios que nos busca y ama. Me impresiona encontrar muchas personas en la mitad de su vida que no saben lo que han hecho con los años pasados. No creen haber logrado todo lo que soñaron, más bien poco de lo que un día esperaban de la vida. No han sabido asumir los fracasos y las cruces y no manejan sus miedos y dolores. Han experimentado su debilidad y pequeñez y han temido convivir cada día con ella. Han vivido muchas veces no como querían sino como la vida misma y sus propias decisiones les dictaban. Han estado expuestos a las expectativas de los demás, intentando estar a la altura. Han fracasado y han querido volver a empezar, sin saber qué hacer con el fracaso. Con miedo a los cambios como decía la protagonista de esa película: «Todos queremos que nada cambie. Nos conformamos con ser infelices porque nos da miedo el cambio, que todo quede convertido en ruinas. A lo mejor mi vida no es tan caótica. Las ruinas son un regalo. Las ruinas son el comienzo de la transformación». Las crisis en la mitad de la vida son una oportunidad para volver a empezar, para encontrar la palabra que nos define, el sentido último. Cada vez con más frecuencia me sorprende encontrar personas en crisis en la mitad de su vida. ¡Cuánta desorientación en personas aparentemente maduras! El no saber quiénes somos nos deja perdidos en el camino. No sabemos lo que se puede esperar de nosotros. Dudamos y nos agobiamos al ver que nuestra vida no es lo que podría llegar a ser. No han adquirido la sabiduría que sólo a veces da los años. Y siguen buscando. Las heridas del amor les impiden seguir amando. Temen arriesgar. Buscan. No importan los años vividos. Siempre podemos volver a comenzar. Es verdad que nos asustan las crisis y los fracasos. Y nos cuesta tener que volver a empezar de cero. Pero así es el camino del hombre que va cogido de la mano de Dios. El otro día leía: «El hombre que se encuentra en la mitad de la vida deberá, en lugar de estar como hasta entonces a la escucha de las expectativas del mundo, prestar su oído a la voz interior y poner manos a la obra del desarrollo de su personalidad interior»[2]. Mirar en el interior del corazón y buscar la verdad de nuestra vida. Saber quiénes somos, no quiénes deberíamos llegar a ser. Luchar por entregar nuestra originalidad y nuestra belleza.

Leemos en el tiempo de Pascua la última cena. Pienso que seguramente los apóstoles harían eso, recordar en esos días de resurrección las palabras de Jesús en la última cena con ellos. María les ayudaría a guardar, a permanecer, a recordar. Ahora que no está con ellos, sus palabras en esa noche tienen una importancia especial. Yo siempre recordaría las últimas palabras de las personas que más quiero antes de morir. ¡Cuántas cosas les dijo Jesús en esa noche, en esa última cena! Jesús ya sabe que va a morir en las próximas horas. Y lo que hace es cenar con los suyos, reunirse con ellos en torno a una mesa como tantas noches. Celebra la cena de pascua como siempre. No hace nada especial. Pero sí les habla de un modo nuevo. No es la cena pascual de todos los años. Se junta con sus amigos y les abre su corazón antes de morir. Hace gestos que les muestren para siempre su amor, como el lavatorio de los pies y la consagración del pan y el vino. Gestos que puedan repetir y recordar. Reza al Padre por ellos, les cuenta quién es, les deja el mandamiento de amar por encima de todo. Quiere darles paz, estar con ellos y decirles con palabras y con gestos que los ama hasta el extremo. En esa última noche, Jesús habla de Él, no de lo que hace ni de lo que piensa, sino de quién es. ¡Qué difícil es para nosotros hablar de quiénes somos! Si nos preguntan hablamos de lo que hacemos, de nuestros éxitos, de nuestro trabajo, pero no de nosotros, no de nuestra alma. A veces nos sentimos solos porque nadie conoce nuestra verdad más honda. Nuestra palabra. En esa última cena Jesús les dice quién es Él, y sobre todo quién es para ellos: su camino, su verdad, su vida, su vid. Porque la vida de Jesús es para los hombres. Es su verdad más profunda. Caminó y se hizo hombre por nosotros. Ahora muere por nosotros, resucita por nosotros. Jesús se define en función de su amor, de su misión de donación. ¿Cómo me defino yo? ¿Qué les digo de mí a mis amigos? Me conmueve su ternura de esa noche. Le da pena dejar a los suyos pero quiere, por encima de todo, decirles que los ama y que ahora estarán juntos de un modo nuevo. Les promete que se queda con ellos. Que permanece. Esa noche Jesús habla mucho de guardar y de permanecer. Guardar lo vivido, permanecer en el amor que han compartido. ¡Qué importante es recordar nuestra historia santa y agradecer! Comienza en Pascua el tiempo del misterio donde Jesús ya no duerme a su lado ni come con ellos pero sigue, permanece, más todavía, en medio de ellos, en el corazón, en el pan y el vino, en su amor. Los ojos para verlo son los ojos del alma, los de María, los de la comunidad. Guardar, permanecer. Porque estamos hechos para lo eterno. Nos quedamos vacíos con experiencias bonitas que pasan y desaparecen. Necesitamos una vida que continúa, que no pasa. Necesitamos pertenecer a alguien. Pienso que esa es una de las heridas más grandes de nuestra alma, nuestro anhelo de pertenecer y nuestra soledad cuando no lo vivimos. Jesús hoy nos dice que permanece, que le pertenecemos, igual que las ovejas al pastor. Igual que los sarmientos a la vid. En realidad, la vid y los sarmientos son una sola cosa. ¡Cuántas veces Jesús ha mirado las vides de su tierra! Es algo para él cotidiano, y también para los apóstoles. Igual que el pastor y las ovejas. Jesús siempre les habla de lo que viven juntos y comparten. En esa noche llena de miedo y de preguntas, Jesús les habla al corazón de lo que siempre han vivido mientras pescaban, mientras caminaban.

Jesús hoy nos dice algo de nuestra verdad: «Permaneced en mí, y Yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y Yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará». Somos suyos. Me gusta la imagen de la vid. Habla de necesidad mutua. Los sarmientos no son nada sin la vid. Pero tampoco la vid sin los sarmientos. Los sarmientos y la vid permanecen unidos para poder dar fruto. Esa imagen me impresiona. Así es en nuestra vida. Dios necesita de sus amigos. Y ellos sin Él no pueden hacer nada. Si permanezco unido a Jesús, doy fruto. Si me alejo de Él, me seco. Ahora que se va la unión será mayor. Me da paz leerlo. Los sarmientos se secan sin la vid, dejan de ser lo que son, y la vid da fruto en los sarmientos. Sin ellos la vid no es fecunda, no da vino. Están llamados a dar fruto si están unidos, Jesús y los apóstoles, Jesús y nosotros. Esta realidad la experimento todos los días. Cuando huyo de Dios, la vida que hay en mí es confusa y algo gris. No tiene la sonrisa del descanso en su poder. Lejos de Él mi vida no conoce los frutos eternos. El P. Kentenich decía: «El hombre actual se siente solo, infinitamente solo, pequeño, y busca ensanchar su pequeñez en la masa; en ella está buscando un crecimiento de su pequeñez, una cierta perpetuación. Y aún el hombre religioso y esforzado constantemente quiere escaparse, debido a la angustia que siente por él mismo»[3]. Vivir sin Dios es vivir con angustia. Vivir sin trascendencia, sin un sentido. Querer dejar huella a base de luchas infructuosas con la vida misma. Sin Dios, mi vida no tiene vida. Por eso hoy nos preguntamos: ¿Estoy unido profundamente a Jesús? Es fácil desvincularnos de Jesús y colocarnos nosotros en centro. Podemos dejar de creer en Aquel que nos da la vida. Y en nuestra pequeñez buscamos crecer en la masa. Deseamos el reconocimiento de los hombres. La fama, el aplauso, el éxito. Me gusta pensar que unido a Jesús todo es posible. Sin Él, lo pierdo todo. Si vivo en Él, lo que deseo se realizará. Permanecer en el amor de Dios nos hace fecundos. ¿Me lo creo de verdad? A veces no tanto. El poder de Dios nos parece tan intangible, tan frágil, tan ausente. Queremos tocarlo, pero no lo logramos. ¿De qué fruto habla Jesús? Es el fruto en el propio corazón. Los milagros que realiza a través de nuestras manos. El fruto de la paz y de la alegría. Decía Mons. Helder Cámara: «Me sentiría feliz si consiguieras aprender a conservar siempre una sonrisa de comprensión en la debilidad. Una sonrisa de valentía en las derrotas. Una sonrisa de agradecimiento al pensar en Dios». La sonrisa y la paz en el alma son frutos de nuestra pertenencia al Señor. Cuando estamos lejos de Él perdemos la luz, la sonrisa, la paz. Cuando estamos cerca recuperamos el don que nos es dado. Cuando estoy unido a Él mis palabras tienen fuerza. No la mía fruto de mi pasión por la vida. Sino su fuerza. Esa fuerza que viene de lo alto. Ese poder que viene dado por su amor. Jesús nos pide que permanezcamos fieles y firmes. ¡Qué fácil resulta muchas veces seguir otro camino, tomar otra ruta, alejar nuestros pasos! Queremos ser autónomos, autosuficientes. No queremos depender de nadie. Permanecer tiene que ver con esa fidelidad rutinaria. Con la obediencia callada. Con la humildad y la entrega. Con estar ahí, en el mismo sitio, clavados en el lugar en el que las raíces se hacen profundas. Allí donde otros pueden encontrarnos. Como una roca, como una columna firme que sostiene otras vidas. Quiero vivir así. Anclado, arraigado. Una persona rezaba: «A veces siento que te alejas. Quiero quedarme contigo. Quiero tenerte. Me duele el alma en la soledad cuando no te siento. Cuando mis miedos son más fuertes que mi confianza. Cuando la tristeza borra mi sonrisa. Quiero estar contigo cada día. En el camino de mi vida al que me llamas. Besar tu cruz, mi cruz. Vestirme de tu vida. Ser tuyo siempre, aun cuando tema perderme. Ser tuyo en mi dolor y en mi alegría. Y caminar contigo, seguir tus huellas, pisar tu misma vida. Gracias por quedarte. Gracias por esperarme». ¡Cuánto nos cuesta quedarnos a su lado! ¡Cuánto deseamos que se quede para siempre! El drama de nuestro tiempo es que nada parece permanecer. Todo fluye, todo cambia, todo pasa. Las cosas, los amores, los vínculos, las pasiones. Parecen descartables. La vida es caduca. Y las promesas y los deseos también parecen serlo. Hoy una cosa. Mañana mejor otra. Hoy decimos algo. Mañana podemos afirmar lo contrario. No importa. El mundo es así, nos justificamos. ¡Qué pocas personas hay que sean realmente rocas, sólidas, estables, firmes, fiables! ¡Cuánto nos cuesta que el amor sea firme e irreductible! La fidelidad tiene mucho de aburrimiento y de rutina. Tiene mucho de victoria y raíces profundas. Es la cotidianeidad de la entrega. Cuando el corazón y la voluntad se adhieren a la verdad que perseguimos y soñamos. La renuncia y el sacrificio unidos en un lazo cálido hacen posible que el amor pueda ser para siempre. Es un milagro. Un don. El darlo todo pero a ritmo pausado, sin prisas, toda la vida. Como ese ritmo de Jesús por los caminos de Galilea, cuando pasaba amando, haciendo el bien, curando. Quisiera permanecer en lo que soy con calma. Con pausa. Con paciencia. Ser yo mismo sin pretender ser otro diferente. Ser yo mismo sin construir una fachada, sin ocultar por miedo mi debilidad, mis heridas. Amando mi vida como es hoy, sin querer que sea otra diferente. Mi vida amada en su pobreza. Mi vida anclada en Jesús cada día de mi camino. Así es la vida. Así es mi vida verdadera cuando logro descansar en Dios y escucho su voz. El nombre que pronuncia a mi oído. Mi nombre, mi verdad, la palabra de mi vida. Soy suyo. Soy su sarmiento. Sólo en Él mi vida tiene sentido.

Siempre me conmueve pensar que Jesús nos necesita. Sabemos que a Él lo necesitamos, que sin Él nuestra vida son días que pasan pero sin hondura. Pero nos impresiona que Jesús nos diga que sin nosotros no puede hacer nada. Pienso en la frase que le dice Jesús a Santa Catalina de Siena: «Hazte cauce y Yo me haré torrente». La vid y el sarmiento. El torrente y el cauce. Necesita que yo sea cauce, que me deje usar como instrumento. Eso me desarma y pienso que sólo un amor tan grande puede hacer al Dios omnipotente impotente. Hasta ese momento era Jesús el que daba frutos, el que curaba, salvaba, alegraba, el que mostraba el rostro del Padre, el que les enseñó a vivir y a dar el corazón, a bendecir, a abrazar. A partir de ahora sólo si están unidos darán fruto juntos. Ellos serán a partir de ahora el fruto de Jesús. Nosotros somos el fruto de Jesús. Por nuestras manos acaricia y cura. Por nuestros ojos mira y los hombres se sienten mirados o rechazados por Dios según nuestra mirada. Por nuestras palabras habla y acaricia con palabras llenas de ternura o hiere con palabras llenas de amargura. Con nuestro corazón ama, haciendo que nuestro amor y nuestros sentimientos sean como los suyos. Camina con nuestros pies hacia los otros, corre hacia el que necesita, abraza con nuestros brazos, sostiene a los que sufren con nuestra fuerza. Sin Él es imposible. Jesús ya lo sabe y lo dice. Sin mí no podéis hacer nada. Pero Jesús tampoco puede hacer nada sin nosotros. Estamos llamados a vivir juntos, unidos para siempre en un abrazo eterno. Pero no sólo con Él, también con nuestros hermanos en comunidad. Hay una vid y muchos sarmientos. Jesús nos reúne en torno a Él. Sabe que no podemos caminar sin Él y tampoco solos. Vivimos en comunidad. La imagen de la vid habla de muchos sarmientos unidos a una misma vid. Jesús une. El egoísmo desune. En Dios todos tenemos un lugar. ¡Cuántas veces buscamos un lugar en la vida en lugares equivocados! Él es nuestro lugar, junto a los otros. El fruto lo damos juntos. Unidos a Jesús pero también entre nosotros. Nadie destaca en la vid. Todos son iguales, sarmientos. Nadie es el más importante, el imprescindible. Todos contamos, nadie sobra. Eso me gusta. Porque muchas veces desunimos con nuestros juicios, buscamos un lugar sin tomar en cuenta a los demás. Deseamos ser destacados por encima del resto. Nos sentimos mejores, únicos. Jesús siempre nos pensó juntos, cuidándonos, ayudándonos a sacar el mejor fruto, el mejor vino que alegre y dé vida. ¿Cómo vivo en comunidad?  ¿Me dejo romper como los sarmientos por los otros? Sólo el sarmiento que se rompe deja sacar lo que lleva dentro. Sólo el sarmiento que ha madurado en Jesús dará su cosecha en el tiempo propicio, cuando el labrador decida. A veces busco un lugar único. Pienso que si yo no estoy nada funciona. Y me olvido de unir, de formar lazos de amor. Y me olvido de Jesús, de mi vid.

Dios necesita trabajar la viña para que dé más fruto: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto». Dios nos poda y trabaja el corazón para que dé más fruto. Dios transforma nuestra vida con sus manos de labrador. No es tan sencillo porque estamos endurecidos. Decía el P. Kentenich: «El Padre tiene ciertamente propósitos muy especiales, de otra manera no podaría así su viña. Pase lo que pase, mi padre es timonel de la nave: ¡yo nada temo! Hablar así no es superficialidad, al contrario: yo sufro con la Iglesia y quisiera que las cosas fueran de otro modo, pero sigo tranquilamente mi camino y pronuncio mi Ita, Pater. Ese sí debe ser lúcido y lleno de amor, porque lo recibo de la mano bondadosa del Padre del Cielo»[4]. Es la actitud confiada del hijo que sabe que todo descansa en el corazón de Dios. «Sí, Padre», decimos. En el dolor y el sufrimiento. Una y otra vez. Sí a mi vida y a mi verdad. Sí a todo lo que Dios tiene que podar en mi alma. Sí a mi camino y a mis miedos. Él necesita trabajar mi corazón. Lo tengo algo endurecido por el paso del tiempo y por las heridas. Por el dolor y la apretura. Sí, ¡cuánto cuesta cambiar por dentro y para siempre! Pensamos que no vamos a avanzar nunca. A veces no vemos su mano trabajando. Rezaba una persona: «Tú trabajas muy a pesar mío, tan desde mi interior que no alcanzo a percibir la labor que haces». No nos damos cuenta y pensamos que no avanzamos. Pero sí hay avances. Decía el P. Kentenich: «Recuerda que en el desarrollo normal del alma no siempre tenemos días de fiesta ni tampoco siempre hay días corrientes. Ambos se alternan mutuamente con un cierto ritmo. Lo mismo vale si se trata de la actividad o la pasividad, o de avanzar con fuerza hacia delante, o de hacerlo en forma lenta y mesurada»[5]. Así es Dios. Actúa en el silencio. Trabaja sin que yo siempre lo vea. Todo lo hace lentamente, a su ritmo. Pero vivimos en un tiempo de usar y tirar. Algo se rompe y compramos algo nuevo. A toda prisa. Sin pausa. No arreglamos nada, no vale la pena. Trabajar la tierra no es productivo. Nos importa que todo sea rápido y la semilla muere y crece demasiado lentamente. Queremos educar sin perder el tiempo, sin que nos cueste esfuerzos. Que nuestros hijos aprendan a vivir sin invertir nada en ello. Queremos ver los frutos de forma inmediata, frutos tangibles. Si los vemos podremos tener ánimo y seguir amando. ¡Qué pena cuando nos puede la ansiedad y forzamos la vida! Queremos que salga la flor antes de que las raíces sean profundas. Y forzamos la naturaleza. Vivimos tan hacia fuera, tan volcados sobre el mundo. Tan desprovistos de alma y silencio. Lo importante es ahondar en la tierra. Lo demás vendrá luego. Si no hay experiencia profunda de Dios. Si no hay un alma honda, donde las raíces puedan hundirse buscando el agua, el fruto será escaso. Una persona comentaba: «Creo entender por qué faltan vocaciones a la vida consagrada. Nuestros jóvenes son muy apostólicos. Hacen muchas cosas por el bien de los hombres. Ayudan a muchos en su necesidad. Pero les falta hondura en el alma. Viven hacia fuera. No se vuelcan en su interior. Sin intimidad con el Señor, sin un amor hondo, no es posible que la vocación arraigue en el alma». Es necesario dejar que corran las aguas en el interior del alma. Sin ese diálogo profundo no se puede escuchar el querer de Dios. Y Dios sí que sigue llamando a seguir sus pasos en la vida consagrada. Pero el corazón no escucha. Y no entiende ese ritmo pausado de Dios que no es nuestro ritmo. Esa llamada silenciosa que no es un grito. El corazón está embotado por tantos ruidos y gritos. Somos impacientes. Queremos respuestas y frutos inmediatos. ¡Él tiene tanta paciencia! El otro día leía: «Jesús podía comprobar la impaciencia que reinaba. Nadie sabe muy bien cómo, pero algo se produce misteriosamente bajo la tierra. Lo mismo sucede con el reino de Dios. Está ya actuando de manera oculta y secreta. Solo hay que esperar a que llegue la cosecha. Todo sucede sin que el sembrador haya tenido que intervenir; incluso sin que sepa muy bien cómo se produce esa maravilla»[6]. Jesús cuenta con nuestra impaciencia y nos muestra que la vida crece lentamente. La vocación crece con calma. En el silencio del alma. Su palabra obra milagros a su paso, pero todo sucede en lo más profundo. Hay que podar, trabajar la tierra, preparar el terreno, cuidar las plantas en su crecimiento. Regar, sembrar, dejar que la semilla muera antes de dar fruto. Así lo hace Jesús con nosotros. Se toma su tiempo. Conoce la tierra con la que trabaja. No exige el fruto inmediato. Sabe que llegará, eso no lo duda. Pero nos espera siempre en el camino. Quiere estar con nosotros para siempre.



[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] Anselm Grün, La mitad de la vida como tarea espiritual, 90

[3] J. Kentenich, Hacia la cima

[4] J. Kentenich, Niños ante Dios

[5] J. Kentenich, Hacia la cima

[6] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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