Miércoles, 19 de enero de 2022

Religión en Libertad

Blog

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Reflexiones Homiléticas

1. Introducción

Los discípulos después del trauma de la muerte de Jesús experimentaron la fuerza y el poder de la resurrección. A este evento crucial y fundamental se añade la efusión del Espíritu Santo que recibieron con María después en la fiesta judía de Pentecostés. ¿Cuál fue la reacción inmediata a estos hechos, que los transformaron de discípulos en apóstoles? El grupo de los doce —con Matías, el substituto de Judas— se lanzó inicialmente en Jerusalén a anunciar la Buena noticia a todos los que encontraban por el camino.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles aparecen claramente estos acontecimientos que revelan los primeros pasos de la Iglesia primitiva. Pedro anunciaba con parresia el Kerigma a los judíos. ¿Qué significa esta expresión? Todas las veces que en el Nuevo Testamento se menciona la “predicación del Evangelio” en el griego bíblico esta simple palabra traduce este misterio que corresponde a la misión primordial recibida por los doce del Señor resucitado: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura…”.

Por tanto, Pedro y los apóstoles proclaman en la predicación el Kerigma. Este anuncio solemne del Evangelio tiene dos partes: En primer lugar, denuncia la condición del pecado del hombre y su responsabilidad moral ante el misterio de la muerte del Señor, y, en segundo lugar —lo más importante— presenta el amor de Dios manifestado en la cruz, es decir, el perdón de los pecados, la justificación y la reconciliación con Dios en la naturaleza humana de Jesús de Nazaret. Por eso proclama el Kerigma: “Aquel que vosotros matasteis (denuncia), Dios lo resucitó al tercer día y lo exaltó a su derecha para vuestra justificación (amor y perdón)”. ¿De qué manera son responsables de la muerte de Cristo, ya que muchos de los judíos no participaron de este hecho inocuo e injusto? Cristo murió por los pecados, siendo todos pecadores, los hombres de cada generación de la historia somos los asesinos del Hijo de Dios.

Cuando Pedro anuncia el kerigma, el Espíritu del Señor actúa en los corazones de aquellos que escuchan, acogen la palabra y creen en el Evangelio. Por eso preguntan: ¿Qué debemos hacer? El kerigma les ha interpelado, desnudado el alma, animado y exhortado. ¿Qué debemos hacer? Los apóstoles indican el bautismo y empieza en ellos el proceso de la conversión y fruto de esta acción del Espíritu Santo, surge transformación que se manifiesta en la libertad con el dinero y concretiza en la comunión de los bienes.

2. Evangelio

En el Evangelio resuena esta misma pregunta que después de la pascua hacen muchos oyentes al escuchar la predicación kerigmática de los apóstoles.

Juan empieza su ministerio en el desierto, prepara la manifestación del enviado de Dios y al bautizarlo lo reconoce y lo presenta como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Ante la predicación del precursor tres grupos de personas se preguntan: ¿Qué debemos hacer? El profeta les ha impresionado, su exhortación a la conversión les ha tocado el corazón. Estos grupos son alguna gente de la multitud, los publicanos y los soldados.

El primer grupo. “La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo»”. En esta exhortación el profeta advierte a las personas la importancia del combate –del hombre que quiere acoger al Mesías– contra el egoísmo. Esta oscura realidad hace parte de la estructura pecaminosa del hombre inclinado para el mal. El egoísmo es fruto del orgullo, el pecado original, de hecho, en la catequesis del Génesis el pecado capital es la soberbia y después se desdobla en el egoísmo. El egoísmo desfigura al hombre y lo convierte en un hacedor de siervos (todos deben servir al egoísta) y narcisista (todo debe girar en torno al egoísta, todo orbita alrededor del que se cree el centro de las atenciones).

El segundo grupo. “Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido»”. Los publicanos son colaboradores del Imperio Romano, se enriquecen injustamente y son detestados por el pueblo porque ayudan en la colecta de los impuestos, por esto son impuros y pecadores públicos. A estos, el profeta les invita a cumplir las normas –algo que nos recuerda la sentencia del Señor: “Dar a Dios lo que es de Dios y a César lo que es de César”–, es decir, a no aprovecharse del papel que desempeñan en la estructura de la época y a limitarse a realizar lo que está determinado (observando el Evangelio, curiosamente notamos que el Señor no los juzga a ellos ni a su profesión). En suma, los publicanos son exigentes y siguen al pie de la letra lo que deben observar, este rigorismo aplasta, desanima y entristece.

El tercer grupo. “Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga»”. La presencia del Imperio Romano en Judea y después Palestina causaba mucho malestar, repulsión y rebeldía en el pueblo. Los soldados eran la base de toda la estructura militar de dicha realidad en la tierra de Jesús. Ellos obedecen a una rigorosa y organizada disciplina, pero siendo los últimos en la jerarquía, en relación al pueblo representan una autoridad y se sirven de ello para extorsionar a los judíos con sus amenazas. A estos Juan, el Bautista les recomienda no abusar del poder, porque todo aquel que esto realiza hace daño, humilla y ofende.

El egoísmo, el rigorismo y el abuso del poder son tres caras de una misma realidad, o sea, el hombre vendido al pecado que lo hace esclavo de sí mismo, engañado por el mundo y seducido por satanás. Por eso, llama la atención cómo la escucha de la predicación de Juan los lleva a rever la propia vida y a cambiar con la pregunta: ¿Qué debemos hacer?

3. Actualización catequética

La comunidad cristiana se reúne el primer día de la semana, el Día del Señor para celebrar la acción de gracias al Padre, la memoria del sacrificio pascual del Hijo y la presencia del Señor a través del Espíritu Santo. Este misterio de nuestra fe es una necesidad para nuestro ser abierto al misterio de Dios, un alimento espiritual que viene en auxilio de nuestra flaqueza y un fármaco inmortal para nuestra humanidad enferma.

La participación activa en la Eucaristía, por tanto, celebración en la que todos tenemos un papel importante está formada por la Palabra y por el Sacramento del amor. Escuchamos, acogemos y nos dejamos interpelar y exhortar por la palabra proclamada por la Iglesia, pero también sin merecer, recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es decir, nos alimentamos de la vida divina que Dios ha preparado en la mesa colocada en medio del desierto que nos nutre en nuestro peregrinar hacia el cielo.

Como los oyentes de Juan en el Evangelio y la multitud que escuchaba a los apóstoles después del misterio pascual –si la Palabra nos ha tocado y la predicación de la Iglesia ha sido realizada de forma kerigmática–, nos preguntamos de la misma manera que ellos: ¿Qué debemos hacer?

¡Fundamentalmente, convertirnos al Señor! La Palabra y la predicación siempre nos exhortan a cambiar de mentalidad (metanoia) –porque el mundo pretende impregnarnos con su mentalidad hedonista, idolátrica y diabólica– y volvernos al Padre para renacer (teshuva), ya que Él nos ofrece su amor y misericordia. Consecuentemente, la conversión nos lleva a hacer la voluntad de Dios: Hacer el bien, servir, amar y perdonar.

La pregunta ¿qué debemos hacer? Se traduce a la luz de la fe y de forma existencial en otras breves y concretas preguntas personales: ¿Qué debo hacer por mi marido? ¿Qué debo hacer por mi mujer? ¿Qué debo hacer por mis hijos? ¿Qué debo hacer por mis hermanos en la fe? ¿Qué debo hacer con el dinero? ¿Qué debo hacer en mi trabajo? ¿Qué debo hacer por los pobres? ¿Qué debo hacer en la Iglesia?

Si tenemos un corazón humilde (porque la verdad es que le tenemos miedo a la muerte, estamos engañados por el mundo y seducidos por el maligno), pobre (porque no tenemos nada que ofrecerle al Señor a no ser la fe y nuestra miseria) y agradecido (porque vemos continuamente las intervenciones de Dios), el Espíritu Santo nos inspirará lo que debemos hacer.

Dios nos ama perdidamente y solo quiere nuestro bien. La Iglesia nos ha revelado el misterio de la cruz gloriosa como la puerta de la salvación y la llave para entender el universo. ¿Qué debemos hacer? Dejémonos amar gratuitamente por el Señor que dio la vida por nosotros y nos continúa hablando por la Palabra a través de la predicación de la comunidad eclesial, nuestra madre que nos genera en la fe. ¡Alegrémonos en este Domingo del gozo porque se aproxima la Natividad del Señor!

5€ Tu donativo es vital para mantener Religión en Libertad
10€ Gracias a tu donativo habrá personas que podrán conocer a Dios
50€ Con tu ayuda podremos llevar esperanza a las periferias digitales
Otra cantidad Tu donativo es vital para mantener Religión en Libertad
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit. Ex facilis officia sapiente recusandae neque, asperiores labore numquam dolorum ut, illo provident voluptatibus.
Si prefieres, contacta con nosotros en el 680 30 39 15 de lunes a viernes de 9:00h a 15:30h
Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter

¡No te pierdas las mejores historias de hoy!

Suscríbete GRATIS a nuestra newsletter diaria

REL te recomienda