Miércoles, 23 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

El evangelio de Lucas presenta de una forma exclusiva el misterio de la misericordia divina revelada en Jesús de Nazaret. El capítulo 15 es una página espectacular sobre el amor y el perdón, realidades profundamente relacionadas. No son tres parábolas sueltas, porque forman una unidad perfecta alrededor de la misma realidad de la esencia de Dios.

La motivación que llevó Jesús a pronunciar estas provocantes palabras fue la actitud de los fariseos y de los maestros de la ley que lo criticaban, porque los publicanos y pecadores se acercaban a Él para oírle y participaban de sus comidas. Vemos aquí dos grupos que representan dos formas de relacionarse con Jesús: por una parte, los publicanos, que trabajan para los romanos como cobradores de impuestos y que se beneficiaban de eso para enriquecerse ilícitamente y los pecadores que son todos aquellos rechazados por la legislación, a través de toda la higiene moral de la mentalidad farisaica, ellos quieren escuchar con interés. Por otro lado, los fariseos y los maestros de la ley que consideran impuros todos aquellos que no cumplen las normas, y que por las tradiciones orales son rechazados del culto religioso y de la convivencia social, estos, sin embargo, murmuran y condenan a Jesús.

Parece, entonces, que Jesús cuenta esta parábola para invitar a los discípulos a ir a buscar los pecadores (ladrones, corruptos, adúlteros…) o tal vez para conmoverlos y atraerlos de vuelta al rebaño. Sin embargo, el objetivo principal está en los destinatarios mencionados anteriormente. Es extraño, porque los llamados a la conversión no son los pecadores, sino los fariseos que se consideran justos. Para todos es ofrecido el perdón divino, desde que exista en el arrepentimiento el deseo de la conversión de la vida. En este proceso es la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo, la que transforma y redime.

  1. Evangelio

Jesús contó “esta parábola”, no tres como parece, porque es una “única” parábola que se desarrolla en tres historias con el mismo denominador común: La felicidad y la alegría de Dios por encontrar lo que se perdió. Por lo tanto, en el evangelio del evangelio, Jesús dibuja el rostro de su Padre, y presenta sus entrañas misericordiosas.

A. Ambientación de la primera parte de la parábola sobre el pastor y la oveja perdida. La Palestina ha sido poblada por grupos nómades, que se dislocaban de acuerdo a las necesidades de subsistencia, aun después de constituir los pueblos pequeños para vivir, algunos clanes guardaban este espirito a causa de los rebaños. Normalmente las familias ricas encargaban a un pastor la tarea de cuidar el rebaño. Él tenía que convivir durante mucho tiempo con las ovejas, porque la geografía del desierto dificultaba el trabajo. En el caso de esta primera parte de la parábola propuesta por Jesús, el pastor es el propio dueño que asume con todo cuidado la misión de apacentar y guiar su rebaño.

Pero Jesús hace una pregunta absurda: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? Ningún pastor arriesgará 99 ovejas en el desierto, expuestas al peligro y a la dispersión para ir tras a una oveja cretina que se ha extraviado. Después de encontrarla la pone sobre sus hombros –era normal lastimarla, incluso romperle una pata para que a través del castigo no repitiera este comportamiento–, lo que indica que tal vez la oveja podría estar lastimada, basta pensar en la accidentada geografía de Palestina que favorecía esta situación, pero ese gesto sobre todo revela el amor de Dios a través de Cristo, el único y verdadero pastor que asumió sobre si con el pecado y la iniquidad de la humanidad. Todavía los detalles no terminan por aquí, el pastor convoca a los amigos y vecinos para celebrar ese acontecimiento.

Esa imagen muestra que para Cristo una oveja tiene el valor del rebaño, y la búsqueda incansable del pastor presenta el misterio de Dios que suscita la conversión para que el hombre no se vea perdido y cuente siempre con el amor de Dios que transforma y salva.

B. Ambientación de la segunda parte de la parábola sobre la mujer y la dracma perdida.Muchas casas de las familias pobres en Judea –repetimos: un grande desierto– eran construidas en cavernas con una pequeña puerta sin ventanas para mantener el frescor, el piso era de tierra o piedra en la mejor de las situaciones, los que tenían más posibilidades económicas tenían una lámpara porque los espacios eran muy oscuros.

En este relato Jesús nos presenta el misterio del amor y de la misericordia de Dios a través de una figura femenina, que pierde una moneda insignificante, pero tenía mucho valor para ella. Podemos imaginar entonces a esta mujer desesperada buscando y revirando todo hasta encontrarla –con todo lo que es proprio del dramatismo de las mujeres– convoca las amigas y vecinas para compartir su alegría. Tal vez estas vecinas pudieran pensar, y nosotros también pensamos así: “¡tanto ruido por nada!”, ¡qué exageración! ¿por una moneda que no vale casi nada?

Lo que Cristo intenta nuevamente con esta imagen es mostrar las entrañas de Dios que tiene sentimientos femeninos, y la alegría que representa encontrar lo que estaba perdido, porque para Dios todo tiene valor, nadie puede considerarse insignificante. Dios nos encuentra a través de su misericordia que en el arrepentimiento nos permite celebrar y empezar una vida nueva.

C. Ambientación de la tercera parte de la parábola de un padre y sus dos hijos. En la mentalidad judía la familia es estructurada de forma patriarcal. El Padre es la figura central: el proveedor es aquel que instruye los hijos hombres para poder trabajar y tener sustento. Para la mujer es destinada la misión de cuidar del hogar y de las hijas para que puedan encontrar un buen esposo y mantener vivas las tradiciones del pueblo. Tenemos, por lo tanto, un triángulo familiar en que aparecen dos hijos muy diferentes, como ya había sido retratado por la Sagrada Escritura a través de Caín y Abel en el libro del Genesis, o Esaú y Jacob en el tiempo patriarcal, o los dos hijos de otra parábola que Cristo profirió para describir la adhesión personal en su misión a través del trabajo en la viña (Mt 21,28-32).

Esta historia, fruto de la imaginación de Jesús, narra que un padre rico es sorprendido por el hijo menor para dividir su hacienda, atentando contra el principio de la primogenitura. Este hijo se marchó a un país lejano, donde malgastó todos sus bienes en una vida disoluta. Después por la necesidad “cae en sí mismo” y vuelve para la casa paterna, donde es acogido de una forma nunca imaginada: con un amor que desgarra el profundo del ser de su padre, un amor lleno de gestos conmovedores y con un amor expresado en un gran banquete festivo. En la parte final aparece el otro hijo, el mayor que revela su verdadera personalidad oscura y frustrada, porque su hermano –que él no reconoce– volvió a la casa del padre y, sobre todo, porque Él lo recibió, y escandalosamente manifiesta su alegría haciendo una fiesta.

Cristo penetra a través de esta grande y extraordinaria parábola –como nunca lo había hecho– en el misterio más profundo de Dios y, por otro lado, en la compleja realidad de la condición humana. En el mensaje de Jesús en esta parábola, Dios es el padre y los hombres son representados por eses dos hijos que son y actúan de forma muy diferente. Un “padre” que también es “madre”, por eso tal vez ha sido ocultada a propósito el personaje femenino de esta familia, para enriquecer la figura central de esta historia: un padre que transborda de amor y compasión y tiene entrañas maternas.

Los dos hijos se perdieron: el menor en el mal uso de su libertad buscando “vivir” lejos de la casa del padre, y el mayor viviendo en casa, sin sentirse realmente como un hijo, y ni siquiera como un hermano. El menor vuelve y entra a la casa del padre donde fue acogido, y sobre el mayor, la parábola se queda con un final abierto: ¿Entró, juzgó la situación y se fue? ¿Entró, peleó con el hermano y se fue? ¿Cambió de mentalidad, o entró y celebró con el padre y el hermano? No sabemos y cada uno puede elaborar su propia conclusión.

  1. Actualización

Si vamos a inspirarnos en la rica y sugestiva interpretación de los Padres de la Iglesia la parábola se resume así: el pastor es Cristo que da la vida por la oveja perdida (la humanidad), abandonando la gloria celeste; la mujer representa la Iglesia que busca en nosotros la imagen de Dios, así como la moneda tiene la efigie del gobernante, nosotros tenemos en lo más íntimo del ser la imagen divina borrada por el pecado; y el Padre de los dos hijos es nuestro Dios que nos da la libertad como don precioso y siempre nos espera y ama.

En las tres historias de la única parábola, Jesús habla de algo que se pierde: la oveja por su estupidez, la moneda de forma accidental, y el hijo menor conscientemente. De la misma forma ocurre con el pecado: pecamos por estupidez sin prever las consecuencias, cometemos erros accidentalmente o por las circunstancias, y pecamos por rebeldía como el hijo que se autodestruyó abandonando la casa del Padre, o también estamos aparentemente en la casa del padre, pero viviendo como siervos, sin nunca haber experimentado y sumergido en las entrañas misericordiosas de Dios.

Pero también en esas tres realidades aparecen tres formas de pecar (Pecamos por estupidez, pecamos de forma accidental, pecamos de forma consciente):

¿Cómo se perdió la oveja? Accidentalmente. ¿Cuántos pecados cometemos accidentalmente? Por tontería, por tontería hacemos cosas graves. ¿Cómo se perdió la moneda? Una cosa no se pierde por sí sola, pero fue la mujer que la perdió. Así nosotros también pecamos de la misma manera: por ignorancia o sin percibir las consecuencias de las cosas que hacemos. Finalmente, en el hijo menor y en el hijo mayor, aparece la forma de pecar intencional. Conscientemente nos alejamos de la casa del padre y nos herimos.

Pero el propósito importante de esa parábola es llevarnos a conocer el misterio de Cristo, que aguarda el pecador, que ama el pecador. Y que Dios no se cansa de esperar para que arrepentidos podamos volver, ya que nos invita a una vida nueva y por el amor gratuito –que no merecemos–, seamos transformados. Pero nosotros tenemos una dificultad de comprender esa misericordia, porque tal vez nos parezca una cosa romántica. La misericordia revela el ser de Dios, por eso es necesario reconocerse pecador (nosotros tenemos una tendencia muy común: nos justificamos y, como no matamos o robamos, nos consideramos buenos; entonces no entendemos la dramaticidad de lo que significa el hecho de que ¡Dios perdona! ¡Dios ama!).

Que Dios nos conceda entonces, hermanos, que nos conozcamos realmente para poder entender lo que significa ser amado por Dios, que entregó a su propio hijo para nuestra salvación.

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