Sábado, 07 de diciembre de 2019

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Adviento: Juan dio a conocer a Aquel que ilumina. S. Agustín

Adviento: Juan dio a conocer a Aquel que ilumina. S. Agustín

por La divina proporción

¿Quién era, precisamente el que debía dar testimonio de la Luz? Éste Juan era un ser remarcable, un hombre de un gran mérito, de una gracia eminente, de una gran elevación. Admírale, pero como se admira un monte: el monte queda en tinieblas mientras no viene la luz a envolverle: «Este hombre no era la Luz». No confundas el monte con la luz; no choques contra él en lugar de encontrar en él una ayuda. 

¿Pues qué es lo que hay que admirar? El monte, pero como monte. Elévate hasta aquel que ilumina este monte que se levanta para ser el primero en recibir los rayos del sol y así podértelos mandar a tus ojos... También de nuestros ojos se dice que son unas luces, y sin embargo si no se enciende una lámpara por la noche o si no se levanta el sol durante el día, en vano se abren nuestros ojos. El mismo Juan estaba en tinieblas antes de ser iluminado; sólo llegó a ser luz a través de esta iluminación. Si no hubiera recibido los rayos de la Luz hubiera quedado en tinieblas igual que los demás...

Y la misma Luz, ¿dónde está? ¿«la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo»? (Jn 1,9). Si ilumina a todo hombre, ilumina también a Juan a través de quien quería ser manifestado... Venía para las inteligencias enfermas, para los corazones heridos, para las almas de ojos enfermos..., gentes incapaces de verle directamente. Cubrió a Juan con sus rayos. Proclamando que él mismo había sido iluminado, Juan hizo conocer a Aquel que ilumina, a Aquel que alumbra, a Aquel que es la fuente de todo don. (San Agustín. Sermones sobre el evangelio de san Juan, nº 2, 5-7) 

Hace pocos días leí un interesante artículo sobre la necesidad que tenemos de segundas redenciones. Parece que la redención se nos queda corta o no nos resulta cómoda de aceptar. Los santos son montes que nos invitan a subir por ellos, no a quedarnos mirando su magnificencia desde el valle. El objetivo nunca es la persona santa, sino llegar también a la santidad. Para acercarnos más fácilmente a Dios, necesitamos los “montes” que el mismo Dios nos ha dado. 

Aunque subir a un monte es más fácil que volar al cielo, no deja de ser duro. Requiere preparación y disciplina. Cuanto más alto sea el monte más preparación y esfuerzo nos costará. La pregunta es si estamos dispuestos hacer ese esfuerzo. La sociedad nos ha acostumbrado a esperar a otras personas para que no tener que hacer grandes esfuerzos personales. Nos ha convencido de que merecemos todo sin esforzarnos. La tecnología reduce los problemas antiguos, pero nos trae nuevos problemas. De igual forma la gestión política y social, nos solventa los problemas previos, pero al mismo tiempo, nos plantea nuevos problemas. No somos seres perfectos, sino seres limitados y con tendencia a dejarnos llevar por los demás. 

Precisamente, Cristo vino y está presente entre nosotros, “para las inteligencias enfermas, para los corazones heridos, para las almas de ojos enfermos..., gentes incapaces de verle directamente”. Dios utiliza los grandes santos como ayuda para que todos nosotros accedamos a la santidad, pero espera nuestro sí personal, nuestro amor y nuestro compromiso. Lo demás lo pone El en la forma, momento y secuencia adecuada para cada uno de nosotros. “El mismo Juan estaba en tinieblas antes de ser iluminado; sólo llegó a ser luz a través de esta iluminación”. Nuestra esperanza es ser iluminados como Juan, no conformarnos con ver lo bien que Dios lo iluminó a tal santo. Nuestra vocación como cristianos es proclamar la Buena Noticia, no admirar lo bien que lo hacen otras personas. 

¿Por qué no proclamamos? Creo que todas las razones parten de una misma fuente: la herida del pecado. La herida que nos duele, nos insensibiliza respecto de los demás y de Dios. ¿Cómo vamos a proclamar alegremente la Buena Noticia si andamos arrastrando los pies llenos de dolor? La solución sólo la tiene Cristo, que es quien puede curar nuestra herida. La condición es que aceptemos que estamos heridos y dejemos que El nos cure. Vivir herido es duro y cómodo a la vez. La amarga derrota termina por hacernos sentir el dulzor de la indeferencia. Esa indiferencia es la que en estos momentos nos atenaza y no paraliza. Sentirnos derrotados es demasiado cómodo para no aprovecharlo. 

El Adviento debería ser el momento en que esa cómoda derrota fuese derrotada por la Luz de Dios. Oremos para que seamos capaces de aceptar la Luz que el mundo desprecia.

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