Domingo, 22 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Blog

Cuentos de Berto, progre, y Jessika, novicia.

V. Primera parte del Chantaje.

por Tomás de Zárate

No había ningún sitio libre en la cafetería. Y así estaba yo, cargado con una bandeja de un menú de estudiante de 5 euros, postre incluído (una gelatina roja  de aspecto dudoso). Hasta que por fin di con un sitio libre… pero, horror de horrores, me tocaba al lado del peñazo de Luís. 

Enténdámonos: yo me consideraba amigo de Luís, o tan amigo como el que más. Pero era una persona capaz de romperle a uno la oreja mientras le contaba las últimas nuevas de la chica que en ese momento le enamoraba. Y es que Luís se enamoraba con la misma facilidad con la que desaparecía un chupete en la puerta de un colegio. La cosa tenía su gracia al principio, pero cuando la media era de tres enamoramientos por mes, sus alabanzas a la ninfa de turno y sus quejas de corazón de la malvada aquella llegaban a aburrir a uno. 

Aunque, en honor a la verdad, el chaval era diferente últimamente.

Pues Luís había cambiado, era indudable. Antes siempre se había enamorado de chicas de estilo más o menos grunge. La última había sido la directora de un periódico universitario anti-sistema (¿contradictorio?) Así que Luís se había hecho un radical anti-sistema e incluso había salido en la tele, claro que con el pelo largo y unas gafas de sol a lo Bono. Con aquellas pintas, solo lo reconocías si lo conocías de antes.

Pero de un tiempo a esta parte su aspecto había cambiado y mucho. Donde antes había pelo largo y desgreñado, ahora lucía un perfecto pelo engominado en plan lenguetazo de vaca. Y donde antes vestía camisetas medio rotas blancas o rojas con el che Guevara y alguna frase épica, ahora deslumbraba con polos lacoste verdes, amarillos… ¡e incluso rosas! Algo barbárico.

Había una chica por medio y no hacía falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta.

Todo eso pasó por mi cabeza cuando estaba allí, pendiente de mi gelatina temblorosa y no viendo ningún otro sitio en la abarrotada cafetería. Y me senté con él. Nos saludamos con una inclinación de cabeza. 

Entonces Luis fue a coger el vaso de agua, pero se le cayó y mojó mis pantalones. En el proceso de disculparse e intentar reparar el daño con una servilleta, tumbó mi propio vaso de agua. Aquello parecía una inundación. Me aseguré de que no había más vasos de agua cerca para no poner la tentación ante los ojos de Luis. 

No fue suficiente. Aún no sé muy bien cómo, pero mi gelatina acabó por los suelos. Algo misterioso.

Como soy un lince, me di cuenta de que Luis estaba nervioso por algo. Rápidamente comí lo que me quedaba del menú antes de que Luis atentara contra el resto. Luego saqué un pitillo, le ofrecí a  él (“no, no, ella no fuma y creo que no le gusta”, me dijo), y le pregunté qué le afectaba tanto.

- Es algo de levosía.

Con mi dedo meñique urgué bien en mi oído. ¿Qué había oído?

- Perdona, no te he oído bien.

- Ya sabes, cuando alguien actúa mal a posta.

- Ah, tú quieres decir alevosía.

- ¿Y qué más da lo que quiero decir? Ni que estuvieras trabajando en la RAE.

Su brusquedad me sorprendió un poco, pero me calmé enseguida: había algo que hacía de aquel muchacho un torbellino de torpeza y no era cuestión de ponerse tiquismiquis.

 

- Me gustaría saber qué te preocupa -le dije con cierta aspereza.

Mi tono debía de conmoverle porque acto seguido me contó qué le pasaba:

- Un sucio chantaje, eso es lo que me preocupa, señor de la rae ¡Y el tipo tiene la cara de pedirme 3000 euros! Así, destempladamente.

- ¿Un chantaje?

Chantajear a Luis parecía lo mismo que contar cuántas manecillas tenía un reloj. Él continuó:

- ¿Te acuerdas de la manifestación anti-sistema de hace unos meses? Aún no sé lo que me dio. Tal vez fue ver que la tele estaba allí… el caso es que le lancé un tremendo escupitajo a un directivo del banco que intentaba hablar con nosotros. Un tipo que, ya entonces, me pareció bastante majo y valiente.

- No recuerdo esa parte.

- La tele no sacó eso. Pero el tipo me miró como si fuera un saco asqueroso.

- Posiblemente no le gustó que le escupieran.

- Posiblemente. Tienes una inteligencia aguda, Berto.

Callé y me mordí la lengua. Hay veces que es mejor no entrar al trapo. Él continuó:

- Y… por aquellos días me estaba recuperando de un catarro y tenía flemas a montones.

- Escupitajo verde… pero no acabo de ver cuál es el chantaje.

Luis me miró sorprendido:

- En aquel entonces yo tenía una pintas muy diferentes a las que gasto hoy en día. Además del pelo largo, llevaba unas gafas de sol. Así que el tipo no pudo reconocerme. Pero el chantaje es esto, mira.

Entre sus papeles sacó entonces un gran sobre donde había dos fotos. En una aparecía Luis con las gafas y la mascarada anti-sistema, caminando con otros al frente de la manifestación. En la otra aparecía en la misma manifa con el pelo recogido y sin gafas, hablando alegremente con una chica.

- Esas dos fotos suman una conclusión bastante evidente.

- Así es. Pero no entiendo muy bien qué te preocupa, ¿qué más da si el tipo te reconoce?

- No, si es algo que me daría un poco igual. Pero el problema es su hija.

- ¿También está en la foto?

Eĺ me miró como si le hubiera insultado:

- Lo nuestro es un poco como Elrond y Arwen.

- Ya, y tú eres Aragorn ¿Está ella en la foto? -insistí.

- No. Marta nunca estaría en algo así ni se codearía con gente tan … tan…

Le faltaba la palabra. Yo aún estaba resentido por su comentario de la RAE y no le ayudé.

- Bueno, ella nunca estaría en esa manifa. Pero Berto, ella es….

- Una ninfa

- ¡Eso! Y algo más....

- Un ángel

- ¿La conoces? -me preguntó Luis.

Yo suspiré. Pero ya entendí el intríngulis del asunto: Luis estaba enamorado de una chica de alto-estatus (una pija, entre nosotros) cuyo padre era un tipo al que Luis había escupido en un momento de pasión. Luis acatarrado. Sí, aquello parecía calcado del Señor de los Anillos, solo que Luis no era Aragorn sino Gimli el enano.

La cosa requería una inteligencia superior a la mía.

- Tenemos que ir a ver a Jessika -le dije a Luis.

- ¿Y quién es Jessica? -me preguntó él mientras me levantaba.

No quise contarle sobre ella y durante el trayecto estuvimos hablando sobre otras cosas. Yo sabía dónde se encontraba el monasterio, en pleno centro de la ciudad. Era apenas reconocible salvo por la iglesia de la fachada.

- ¿Tú Jessika trabaja aquí?

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