Martes, 25 de enero de 2022

Religión en Libertad

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SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Reflexiones Homiléticas

1. Introducción

En los países tropicales y en el hemisferio sur, la solemnidad de la Navidad coincide con la luminosidad de la época de verano en la cual se realizan las vacaciones escolares, pero en el hemisferio norte la misma luz natalina ilumina las sombras de la época del invierno.

En la larga tradición cristiana, esta fiesta de gran resonancia familiar ha ido acompañada de la representación del Belén, signo que inspira nuestra devoción y emoción. Históricamente, este símbolo religioso fue iniciado por San Francisco de Asís en Italia alrededor del siglo XIII. Sin embargo, la Navidad cristiana ha sufrido una grave y progresiva transformación en la sociedad actual, ya que la figura de Jesucristo está siendo sustituida –debido a la mentalidad secularizada, la cultura del consumo y la colonización ideológica y cultural– por la figura de “Papá Noel” de los pueblos anglosajones y nórdicos de las comunidades religiosas nacidas del anglicanismo y luteranismo. Pero debemos reafirmar y mostrar con vida y signos que la Navidad es la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre en la historia de la humanidad.

Por eso, en Navidad contemplamos con asombro la iniciativa de Dios que decide revelarse plenamente asumiendo nuestra humanidad, para mostrarnos su amor infinito e incondicional y para salvarnos a través de una carne como la nuestra, es decir, de nuestra propia condición frágil y mortal, como hombre, pero también siendo Dios para vencer al antiguo enemigo, para derrotar a la muerte y para destruir el pecado del hombre.

El tiempo de Navidad es un ciclo litúrgico que comienza –tras cuatro semanas de preparación (Adviento)– con la celebración del Nacimiento de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María. Este tiempo litúrgico se prolonga hasta la solemnidad de la Epifanía, que a su vez culmina en la fiesta del Bautismo del Señor, como momento de manifestación y punto de inflexión histórico, ya que marca el inicio de la vida pública de Cristo que culminará en el misterio pascual. Por eso en la celebración de la Epifanía, la Iglesia prevé el “anuncio” de la fecha de la pascua y de las otras solemnidades y fiestas del año litúrgico.

En el contexto de este acontecimiento de amor sublime, inaudito y conmovedor, intervienen otros elementos que forman parte de este misterio: Por tanto, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret (entre el 25 de enero y el 1 de enero); la solemnidad de la Divina Maternidad de María (1 de enero) y, finalmente, la revelación universal del Hijo de Dios al mundo en la figura de los Magos de Oriente, que peregrinan y lo adoran en el pesebre de Belén, ofreciendo sus dones en la solemnidad de la Epifanía del Señor, que celebramos hoy (el 6 de enero o en otros lugares el domingo entre el 2 y el 8 del mismo mes).

La Navidad exalta la Familia, porque Dios entra en la historia como cualquier ser humano a través de un núcleo familiar. La encarnación, como iniciativa de Dios, revela la dignidad, el valor y la misión de la familia, que es también un pálido reflejo y signo de la realidad divina (Trinidad), que es una comunidad de personas en el amor. Todos los elementos que componen la familia humana han sido salvados y son, por tanto, insustituibles e inviolables. En nuestra generación, la paternidad, la maternidad y la filiación se ven cada vez más amenazadas por la mentalidad perversa de ciertas ideologías del mundo. José, María y el niño Jesús también se enfrentaron y sufrieron el odio y la persecución de Herodes, que en su contexto es la personificación del mal.

La Navidad exalta la maternidad de una mujer en particular, María de Nazaret, y en ella cualquier tipo de maternidad femenina. María es la garantía histórica y sobrenatural del misterio de la encarnación. Por el “sí” de María y, por tanto, por su “fe”, la humanidad es asumida por el Verbo eterno de Dios en una condición absolutamente nueva e inédita. Dios se hace hombre para que la humanidad, herida mortalmente por el pecado y esclavizada por el maligno, reciba la gracia de ser restaurada por Dios y divinizada. La maternidad es entonces sagrada, porque el vientre de esta “mujer” –y de todas las demás– colabora con la obra de la creación. ¡La mujer es el santuario de la vida! (independientemente de ser madre o no). Sin embargo, observamos con mucha preocupación el aumento de la persecución sistemática e ideológica promovida contra las mujeres por el pseudo feminismo y la mentalidad anticonceptiva y abortista de nuestra sociedad que se autodenomina ‘contemporánea y civilizada”.

2. Evangelio

El Evangelio presenta a un grupo de sabios que se dirigen a adorar, con sus regalos, al Hijo de Dios nacido en Belén. Estos personajes y el camino que recorren presentan el misterio de la fe, que es una peregrinación. La fe es un camino. Basta con recordar, desde el principio de la historia de la salvación, la figura de Abraham, otras figuras bíblicas de la antigua alianza y, en el Nuevo Testamento, la figura destacada de María. Ponerse en camino es escrutar los signos de la historia y entrever en ellos los designios de Dios. Estos sabios o magos de Oriente han visto una señal y han comenzado un itinerario de búsqueda que terminará con un encuentro que cambiará sus vidas.

En la solemnidad de la Epifanía del Señor la Iglesia siempre ha visto la manifestación del misterio de la Navidad al mundo. El nacimiento del Hijo de Dios y del Hijo de María tuvo lugar en silencio, en el recogimiento de una gruta de Belén con un grupo de espectadores muy insignificantes, pero este niño se convierte en el centro de adoración de un destacado grupo de “sabios de Oriente” que, presentando sus regalos al niño que acaba de nacer, le rinden homenaje y adoración. Por eso, la Tradición (Padres de la Iglesia) siempre ha visto en esta escena de la familia de Nazaret visitada por estos curiosos personajes, la manifestación universal de la salvación a todas las naciones.

La figura de Herodes aparece como la personificación del mal que desde el principio rodea el misterio de la vida humana del Hijo de Dios. Maldad que también estará presente en la obra del tentador en el desierto y en los diferentes enemigos del Señor que conspiran contra Él al final de su vida pública. Cristo debe enfrentar y desviar las sombras del mal que se cuelan en el ejercicio de su misión de revelar el amor de Dios y ofrecer la salvación a la humanidad. Herodes marca el inicio de la existencia terrenal del niño Jesús a través de las víctimas inocentes sacrificadas por su furia, su envidia y su obsesión diabólica.

Los Reyes Magos ofrecieron los regalos al niño Jesús y en estos tres símbolos la Tradición ha visto una síntesis que envuelve todo el misterio de Cristo. Por eso cada elemento tiene un significado: El incienso se da a Dios, la mirra al hombre –que sufre y será embalsamado para conservar su cuerpo en el sepulcro– y el oro se ofrece al rey. Dios porque es el Verbo eterno, es decir, la segunda Persona de la Santísima Trinidad; hombre porque este Verbo se hace carne en el seno de María, asumiendo nuestra pobre humanidad; y rey porque es el Señor y Juez del universo, reina personalmente en el corazón del pecador que se convierte y reinará al final de la historia y en la consumación del universo.

3. Actualización catequética

El viaje de los sabios o magos de Oriente, presentado en el Evangelio de Mateo, es una imagen del camino o peregrinaje de la fe.

La fe es un camino que se recorre existencialmente; tiene un punto álgido a través del encuentro personal con el rey de los judíos y de la humanidad, y esto genera un cambio de rumbo. No por casualidad el Evangelio dice al final de este relato de forma muy sugerente –dada la preocupación de Herodes por saber todo sobre el nacimiento del Mesías para poder eliminarlo–, que los sabios volvieron a sus respectivos lugares de origen, cambiando de dirección.

En este cambio de dirección aparece también una sutil referencia al misterio de la conversión, que es un elemento fundamental de la predicación de Juan el Bautista. Este cambio de mentalidad también forma parte del anuncio del reino de Dios presentado por Cristo. La conversión (cambio de mentalidad en griego y renacimiento existencial en hebreo) se produce cuando el hombre tiene un encuentro personal con Dios. Dios nos permite pensar a la luz de la novedad absoluta del Evangelio y Dios nos permite cambiar nuestra vida, es decir, reconducir nuestra existencia por su gracia, no por nuestras fuerzas.

El camino recorrido por los sabios es una imagen del misterio de la fe, un itinerario existencial en el que hay distracciones, desviaciones y caídas provocadas por la debilidad y la pecaminosidad humanas. Además, estamos expuestos al mal (el tentador), que se sugiere a través de pensamientos, personas y hechos. El maligno reinterpreta la historia, nos adula, nos engaña y nos hace dudar del amor de Dios. El mal quiere destruir la obra divina (como Herodes), sobre todo, la fe sembrada por la predicación de la Iglesia en el corazón de los hombres. Caer (errar y pecar) forma parte de la pobre realidad de los hijos de Adán. La luz de la fe nos ayuda a recomenzar, a ser pacientes con nuestras miserias y a no dudar del amor de Dios mirando el signo que el Señor nos ha ofrecido en su Hijo Jesucristo.

Adoremos y reconozcamos, con el don de la fe, el misterio de Dios que se hace visible en la pequeñez, la fragilidad y la sencillez del niño Jesús en el pesebre de Belén. En la “carne”, es decir, en la debilidad de la humanidad del Hijo de Dios está toda la gloria divina y en esta realidad experimentamos la gracia con nuestra pobre humanidad.

 

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