Miércoles, 27 de marzo de 2019

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Solemnidad de la Asunción de María Santísima a los Cielos

Solemnidad de la Asunción y pincelada martirial

por Victor in vínculis

La Asunción de la Virgen (1670) de Juan Martín Cabezalero

 

Cuenta un relato que nos transmite San Juan Damasceno, Doctor de la Iglesia, que los apóstoles fueron convocados milagrosamente a Jerusalén para que asistieran a la muerte de la Santísima Virgen. Solo Tomás llegó tarde, aunque justificó su tardanza diciendo que cuando recibió el aviso estaba bautizando a un sobrino del rey de la India. Ahora deseaba ver el cuerpo de la Virgen. Le dijeron que ya reposaba en el sepulcro, pero él no lo quería creer mientras no lo viese. En vano le recordaron su incredulidad del día de la Resurrección del Señor. Tomás insistía en su deseo de reverenciar el cuerpo de María. Por fin, Pedro decidió correr la piedra del sepulcro, dando ocasión a que se comprobara que también estaba vacío. Tomás les dijo: “No os aflijáis, hermanos, porque al venir yo de la India vi en una nube el santo cuerpo de Nuestra Señora, María, acompañado de multitud de ángeles con gran gloria, y pedí que me bendijese, y me dio este ceñidor”.

María asunta a los cielos. Esta tradición antigua de los evangelios apócrifos nos hace entender la sencillez, y a la vez la realidad, con que la Iglesia desde el dogma nos transmite este misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los cielos.

Se cuenta que un día el P. Kolbe, hablando de la Inmaculada, empleó esta expresión: ¡El cielo está en nosotros, queridos niños, el cielo está en nosotros![1]Estas palabras pueden iluminar esta solemnidad de la Asunción.

Según la tradición, confirmada por el Papa el 1950 con la proclamación del dogma de la Asunción, la Madre de Dios, María Santísima no conoció la corrupción del sepulcro. El cuerpo de María, preservado de todo mal, es asociado a la gloria de su Hijo. La victoria de Cristo está en Ella, para siempre.

Acoger a la Inmaculada, consagrarnos a Ella, dejarnos conducir por Ella, es, pues, vivir desde ahora y como anticipadamente en la luz del resucitado.

San Juan Pablo II venido del país de San Maximiliano escogió la Asunción, el 15 de agosto de 1983, para confiar a la intercesión de la Inmaculada la preparación del bimilenario del nacimiento de Jesucristo que se celebró en el año 2000.

“Icono, el más perfecto de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos”, según escribe Juan Pablo II en la encíclica “Redemptoris Mater”, Nuestra Señora no cesa de velar sobre nuestro peregrinar terrestre, para que nosotros podamos evitar los lazos y las trampas del maligno.

Ella, cerca de Dios, es la embajadora de los hombres. Pidámosle que sostenga nuestro esfuerzo de renovación interior y que favorezca ese gran cambio personal que nos hará pasar de la caída a la ascensión, de la muerte a la vida.

En ese sentido, cuando pedimos a María una buena muerte podemos tener en la mente no solo nuestro último paso, sino las sucesivas muertes que nos van preparando a lo largo de los días: renunciar al egoísmo y al orgullo, a la cobardía y a la mentira, por ejemplo. Cada uno de nosotros sabe a qué tiene que renunciar, a qué tiene que seguir muriendo para poder resucitar en Cristo, para vivir en el Señor. Por eso en esta tarea no hay que esperar al último día. Tenemos que irlo elaborando ya. Así la gracia que pedimos para el final de nuestra vida es la misma que nos asiste en lo cotidiano.

El misterio de la Asunción ilumina el caminar de una existencia vivida en armonía con la voluntad divina. Mendigos de la misericordia, confiamos en esta armonía, esperamos tener parte en una hermosa mañana de eternidad, en la alegría infinita de la Inmaculada.

Pecadores perdonados, deseamos con gran fuerza todos juntos la santidad, y veréis que, a pesar de todas las resistencias que presentamos, Dios llevará a cabo en nosotros sus planes: ¡hará de nosotros unos santos!

Repetimos con insistencia que el Señor quiere su gloria, la que le corresponde, a través de nuestras vidas, con la humildad de saber que la gloria es para Dios; y nosotros, poniendo los ojos en María, que sube a los cielos, decimos: No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria.

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre de todos los hombres! Nosotros creemos con todo el fervor de nuestra fe en tu Asunción triunfal en alma y cuerpo al cielo, donde eres aclamada Reina por todos los ángeles y por todos los santos. Y nosotros nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor, generación tras generación, a lo largo de todos los pueblos, de todos aquellos lugares donde los fieles te contemplan en tu Asunción. Bendecimos al Señor que te ha exaltado sobre todas las demás criaturas, y te ofrecemos nuestro amor.

Sabemos que tu mirada, que maternalmente acariciaba a la humanidad humilde y doliente de Jesús en la tierra, se sacia en el cielo a vista de su humanidad gloriosa, y que la alegría de tu alma, al contemplar cara a cara a la adorable Trinidad, hace exultar tu corazón de inefable ternura. Y nosotros, pobres pecadores, a quienes el cuerpo -la debilidad, nuestras faltas- hace pesado el vuelo del alma, te suplicamos que purifiques nuestros sentidos a fin de que aprendamos desde la tierra a gozar de Dios, solo de Dios.

Confiamos que tus ojos misericordiosos se inclinen sobre nuestras angustias, sobre nuestras luchas y sobre nuestras flaquezas; que tus labios sonrían a nuestras alegrías y a nuestras victorias; que sientas la voz de Jesús, que te dice de cada uno de nosotros, como de su discípulo amado: “Aquí está tu hijo”. Nosotros, que te llamamos Madre nuestra, te escogemos, como Juan, para guía, fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.

Tenemos la vivificante certeza de que tus ojos, que han llorado sobre la tierra regada con la sangre de Jesús, se volverán hacia este mundo, atormentado por la guerra, por el terrorismo, por las persecuciones, por la opresión de los justos y de los débiles; y entre las tinieblas de este valle de lágrimas, esperamos de tu celestial luz y de tu dulce piedad, alivio para las penas de nuestros corazones y para nuestras pruebas particulares.

Creemos, finalmente, que en la gloria, donde reinas vestida de sol y coronada de estrellas, eres, después de Jesús, el gozo y la alegría de todos los ángeles, de todos los santos. Y nosotros, desde esta tierra donde somos peregrinos, confortados por la fe en la futura resurrección, volvemos los ojos hacia ti, vida, dulzura y esperanza nuestra, para que nos muestres un día, después de nuestro destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre; ¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Que así sea.

 

PINCELADA MARTIRIAL

El beato Juan Mesonero Huerta, de 22 años y natural de Rágama (Salamanca), desempeñaba en El Hornillo (Ávila) su primer encargo como sacerdote, cuando fue asesinado. Fue beatificado el 13 de octubre de 2013 en Tarragona.

Algunas circunstancias de su muerte aparecen relatadas en el estado 1 de la localidad, que el alcalde y el secretario del ayuntamiento firmaron para la Causa General (legajo 1309, expediente 2, folios 53-54) el 1 de agosto de 1939:

«No se sabe quiénes fueron los autores materiales del crimen porque este se cometió en el sitio denominado Pelayo del término municipal de Arenas de San Pedro, pero no cabe la menor duda de que la muerte de este mártir se fraguó entre los elementos del comité revolucionario y los directivos de la casa del pueblo de esta localidad», de los que citan a siete, asegurando «que apelando a la calumnia para justificar sus actos criminales y valiéndose como instrumento de un joven de quince años para que dijera que el Sr. cura le había amenazado con una pistola, le prendieron en la noche del día 15 de agosto de 1936, le ataron, le arrastraron y medio desnudo y descalzo le pasearon por algunas calles del pueblo hasta llevarle al cuarto correccional de la casa-ayuntamiento, sembrando con ello y con su vocerío la alarma y el terror entre los habitantes pacíficos. Una vez preso, mandaron dos emisarios que llevaran la noticia al comité revolucionario de Arenas de San Pedro y este mandó una camioneta llena de milicianos, los que, después de maltratarle de palabra y de obra, le condujeron al sitio donde se consumó el crimen».

Con María Santísima en la Gloria de los cielos vive glorioso el mártir Juan Mesonero; que él ruegue por nuestros pueblos.

 

[1] Françoise VAYNE, El cielo está en nosotros, Lourdes Magazine, número 94, agosto 2000.

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