Domingo, 15 de diciembre de 2019

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El ocaso del simbolismo cristiano. Clemente de Alejandría

El ocaso del simbolismo cristiano. Clemente de Alejandría

por La divina proporción

Vivimos tiempos complejos. Tanto en nuestra vida personal como social, hemos perdido el sentido del orden, armonía, proporción y belleza. La sociedad nos dice que todo lo que nos rodea es casual y por ello no es necesario que entendamos las razones que hay detrás de lo que existe. Con vivir la vida es suficiente.

 

Si no tenemos en cuenta el sentido de la vida que vivimos ¿Cómo plantearse la existencia de otra vida después de esta? Si todo lo que vivimos lo entendemos como casualidad ¿Cómo entender una vida que no se ajuste a la inmediatez y lo placentero? 

Cuando leemos el texto del evangelio de hoy domingo nos encontramos con varias parábolas breves que hablan del Reino de Dios. ¿Cómo podríamos entenderlas si despreciamos toda sugerencia de orden dentro de nuestra vida. Encima, estas parábolas terminan con una seria advertencia de Cristo: “…vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?" ¿Comprendemos esto? 

El Cristo de nos advierte de una manera que es inadmisible en la postmodernidad que vivimos. Incluso el cristianismo ha asumido el mismo discurso buenista de la sociedad que nos rodea ¿Cómo un Dios misericordioso puede decirnos que podemos ser arrojados al horno ardiente? ¿Cómo se atreven la Sagradas Escrituras a señalarnos que existe un final y que puede ser desagradable? ¿No nos dicen nuestros pastores que lo que tenemos que buscar es ser buena gente sin más? ¿El demonio, el pecado y el infierno no fueron ya abolidos por aclamación popular? 

Que difícil es para el ser humano del siglo XXI comprender que la huella de Dios está en todo lo creado. Nos cuesta entender que la revelación natural nos habla de Dios. ¿Por qué nos cuesta tanto? Hay varias razones. 

No creemos que el universo tenga un sentido coherente que se expresa de forma simbólica. Los símbolos que nos servían para comprender la revelación de Dios, han perdido su significado. La Liturgia se ha convertido en un automatismo carente de sentido para el ser humanos contemporáneo. Nos hemos quedado sin lenguaje para entender y comunicar la trascendencia. Reflexionar y profundizar el misterio revelado resulta innecesario en la era del whatsapp. Somos una sociedad en la que lo inmediato e intrascendente ahoga a lo permanente y trascendente. Una sociedad donde comunicar es urgente, pero lo que se comunica es lo de menos. Una sociedad donde los actos de nuestra vida no comunican y los dispositivos móviles sí. 

Por ejemplo, hoy en día despreciamos que el Papa calce zapatos rojos para comunicarnos que la Iglesia se sostiene en la sangre de los mártires. La misma figura del Santo Padre, que es símbolo de la unidad de la Iglesia, deja tener ese significado y queda reducido a un líder humano bueno y responsable. Por eso nos encanta ver al Santo Padre comiendo con los trabajadores del Vaticano y nos incomoda cuando lo vemos investido como Sumo Pontífice. 

El Mensaje que  Cristo nos ha dejado no son palabras bonitas, buenistas y ciertas. El Mensaje cristiano es bello, bueno y verdadero, lo que conlleva que sea justo sin dejar de ser misericordioso. La Palabra de Dios está escrita de forma indeleble y está llena de símbolos que necesitan ser comprendidos para poder ser vividos posteriormente. Nadie puede vivir verdaderamente aquello que no comprende. 

Cada vez es más frecuente que se nos ofrezca la vivencia del cristianismo como una cultura alternativa similar a los hipster, emo o los pokemon. Una cultura que se basa en la apariencia de buenismo que reúne a las personas que sienten la necesidad de vivir con una sonrisa en los labios. 

Resulta casi un delito decir que cristianismo es más. Se nos puede tachar de muchas cosas, ninguna bonita, si decimos que la Verdad supera cualquier realidad personal y vivimos lo que Clemente de Alejandría nos dice: 

"Los que sabemos bien que el Salvador no dice nada de una manera puramente humana, sino que enseña a sus discípulos todas las cosas con una sabiduría divina y llena de misterios, no hemos de escuchar sus palabras con un oído carnal, sino que, con un religioso estudio e inteligencia, hemos de intentar encontrar y comprender su sentido escondido. En efecto, lo que el mismo Señor parece haber expuesto con toda simplicidad a sus discípulos no requiere menos atención que lo que les enseñaba en enigmas; y aun ahora nos encontramos con que requieren un estudio más detenido, debido a que hay en sus palabras una plenitud de sentido que sobrepasa nuestra inteligencia... Lo que tiene más importancia para el fin mismo de nuestra salvación, está como protegido por el envoltorio de su sentido profundo, maravilloso y celestial, y no conviene recibirlo en nuestros oídos de cualquier manera, sino que hay que penetrar con la mente hasta el mismo espíritu del Salvador y hasta lo secreto de Su Mente" (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur 5, 2-4)

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