Sábado, 15 de agosto de 2020

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Santiago Apóstol, apuntes para una biografía laica

por En cuerpo y alma

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            Jacob bar Zebedeo, cuyo nombre es helenizado como Yago, Tiago, Diego o finalmente como Santiago, nace en Betsaida, ciudad a orillas del Lago Kinner o Tiberíades, no muy lejos de otra pequeña ciudad de altas resonancias por nombre Nazaret. Se llama su padre Zebedeo, empresario propietario de una pequeña o mediana factoría dedicada a la pesca que le daba para emplear algunos jornaleros. De su madre sabemos menos: que posiblemente se llamaba Salomé y que podía estar emparentada con la aristocracia del sanedrín. Tiene como corresponde a la época en que nace, varios hermanos, de uno de los cuales conocemos el nombre, Johanan, helenizado como Juan En cuanto a la fecha de nacimiento de Jacob nada se puede fijar a ciencia cierta, pero bien pudo coincidir con el año 1 de nuestra era.
 
            Jacob se desenvuelve desde muy joven en la profesión de su padre, la pesca, como su hermano y como tantos otros de sus vecinos amigos con algunos de los cuales, cuando tiene unos treinta años, decide dejarlo todo y seguir a un maestro peripatético que recorre Palestina, de nombre Jesús de Nazaret o Jesús el Galileo, que acabará sus días crucificado por los romanos a causa de unos desórdenes públicos acontecidos en Jerusalén según todo apunta en el año 30. Nuestro Jacob es, de hecho, uno de los primeros en reconocer el carisma que rodea al líder galileo, concretamente el tercero si seguimos la afirmación de los historiadores contemporáneos de su persona, Mateo y Marcos, el segundo si seguimos el del no menos contemporáneo Lucas.
 
            Dentro de la comunidad fundada por Jesús, Jacob forma parte del que podemos denominar el “Grupo de los Tres” en el que militan los discípulos más cercanos del maestro galileo, junto con otros dos discípulos de nombre Simeón, más conocido por su seudónimo “Pedro”, y Johanan (helenizado como Juan), su propio hermano. En tan privilegiada posición, Santiago presencia el que según el historiador Marcos es el primer prodigio obrado por su maestro, hacedor de prodigios, mediante el cual cura a la suegra de uno de los discípulos, Pedro, de unas fiebres.
 
            Acompañado una vez más de sus colegas en el Grupo de los Tres, presencia también otro prodigio significado de los obrados por el Maestro, la primera de las tres resurrecciones que practica, a saber, la de la hija de un tal Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaum. Santiago presencia también la gran manifestación de su maestro, el pasaje que se da en llamar de la Transfiguración, en el que aquél resplandece mientras departe amigablemente con dos grandes profetas del Antiguo Testamento, Moisés, el transmisor de la Ley de Dios y firmante de la Alianza de Dios con Israel, y Elías, el profeta elevado al cielo en un carro de fuego.
 
            Cuando el Maestro toma la determinación de acudir a Jerusalén y se vale de sus discípulos para que éstos le vayan abriendo camino en los pueblos por los que ha de atravesar, Jacob, como su hermano Juan, se muestra partidario de la vía militar, entrar en ellos a fuego, por lo que es severamente reprendido por el Galileo. El episodio les vale a él y a su hermano empezar a ser conocidos en el grupo como los “boanerges”, los hijos del trueno.
 
            Consta que tanto Jacob como Johanan, desconocedores todavía del carisma de índole espiritual del movimiento que lidera Jesús de Nazaret, aspiraron a constituirse en los lugartenientes del maestro, con vistas tal vez a liderar en su día el movimiento, proceso que fue abortado de raíz por el Galileo.
 
            Ya en Jerusalén, concretamente en el huerto de Getsemaní, pocas horas antes de que el jefe del grupo fuera arrestado, torturado y ejecutado en una cruz, Jacob forma parte una vez más de un grupo selecto de discípulos elegidos para acompañarle en sus últimas horas.
 
            Y cuando el Maestro, sobrevive a la cruz en la que es colgado y se aparece sorpresivamente a sus discípulos principales a los que todo el mundo llama ya “apóstoles”, es decir, enviados, entre ellos se halla desde luego Jacob.
 
            Cuando ya ausente el Maestro los llamados apóstoles toman el relevo en la dirección de la comunidad que en adelante será conocida como de los cristianos, Jacob decide lanzarse a la conquista del territorio más occidental del Imperio, España, algo que atestigua un bajorrelieve del s. IV en la tumba de Santa Engracia en la iglesia del mismo nombre en Zaragoza, así como otros autores como Dídimo el Ciego, San Jerónimo, Teodoreto, y el escrito anónimo conocido como “Breviarium apostolarum”, escrito hacia 650, donde leemos:
 
            “Jacob, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, predicó en España y lugares de Occidente”.
 
            En España recibe la visita de la madre de su Maestro que le conforta espiritualmente y le anima a continuar en la conquista del territorio, aunque cuando lo abandona, apenas ha conseguido captar unos pocos adeptos para la causa. Ha puesto sin embargo la semilla que germinará para que el movimiento defensor de los derechos humanos, de la responsabilidad individual y la libertad personal, el conocido como cristianismo, arraigue con toda fuerza a lo largo de una evolución que durará siglos.
 
            De vuelta en Jerusalén se le pierde la pista. No se halla desde luego presente en el gran acontecimiento de su comunidad, el llamado Concilio de Jerusalén, no pudiendo en consecuencia participar en las importantes decisiones que en él se toman relativos al modo en que tendrá lugar en adelante la conquista del mundo por parte de los Apóstoles. Y es que para entonces lleva muerto nada menos que seis años, pues es decapitado, sin que se conozcan muy bien las circunstancias, por el rey de Israel Herodes Agripa, cosa que acontece algo antes de la Pascua del año 44, por cierto, no mucho antes de que muera también el que lo manda decapitar, y que conocemos muy bien gracias al historiador Lucas. Tiene entre 40 y 50 años de edad, probablemente unos 45.
 
            Reposan sus restos en la Catedral de Santiago de Compostela junto a sus discípulos Atanasio y Teodoro, después de que unos seguidores los trajeran desde Jerusalén a España y aquí fueran encontrados por el Obispo Teodomiro, de Iria Flavia, en el año 829 en el Campus Stellae o Campo de la estrella, origen del topónimo Compostela, en un episodio confuso que algunos historiadores niegan, si bien parece bastante atestiguado por las últimas investigaciones. Numerosas estatuas con su figura lucen por toda España, donde venerado como santo patrono, su recuerdo se perpetúa cada 25 de julio como hoy, y son muchísimas las ciudades que llevan su nombre en todo el planeta.
 
            Y sin más y como siempre, queridos amigos, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Continuamos mañana, se lo prometo.
 
 
            ©L.A.
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