Jueves, 02 de diciembre de 2021

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¡Con lo que nos hemos dicho!

¡Con lo que nos hemos dicho!

 


     Hay veces que no sabemos qué hablar con los hijos y charlamos de cosas intrascendentes.

     Es difícil encontrar padres que cuenten de una manera atractiva sus experiencias vitales, lo que han aprendido de otros, de sus propios padres, de sus amigos.

     En el seno de la familia nos da vergüenza hablar de cosas importantes, de cosas «de fondo», cosas que —en muchos casos—  quizá  evitarían infelicidades futuras.

     Nunca se encuentra el momento. Para la superficialidad, en cambio siempre hay tiempo. 

     Las conversaciones serias hay que prepararselas , se debe buscar el momento oportuno, hay que vencer nuestra timidez, hay que proponérselo. Y eso siempre es costoso.

     Cuando el padre o la madre hablan en serio, los hijos les escuchan, ¡seguro!

    Lo que ocurre es que, muchas veces, no lo hacemos.

    Hablamos según el estado de ánimo. Arbitrariamente.

    Esto se debe al poco dominio que tenemos de lo que decimos, por el escaso esfuerzo que hemos empleado en manifestar lo que conviene o por callar lo que no conviene.
El comunicarse de esa forma tambien se lleva a la relación de pareja y es  uno de los motivos que hacen romper a muchas parejas: hablar única y exclusivamente guiados por los sentimientos en momentos emocionalmente negativos, llevados por una gran incontinencia verbal.  Por una falta de dominio de lo que decimos.

    Y es que, aunque luego nos arrepintamos, lo que ya se ha dicho es difícil quitárselo de la cabeza al otro.  Quizás sea mejor decir que aunque se le quite de la cabeza, se queda en el corazón.

   En muchas ocasiones las personas queremos perdonar.

   Siempre podemos, pero se nos hace mucho más difícil por lo que nos han dicho, por la forma, por las expresiones utilizadas, y eso queda y vuelve como un ritornello obsesivo que nos sume en un estado de tristeza en el que nos sentimos poco queridos, incapaces de superar esa situación.

   En momentos como el descrito,, al hablar con los dos miembros de la pareja, a veces afirman desesperanzados que se podrían perdonar, pero que no van a ser las cosas como antes, que es imposible, porque «…¡Con lo que nos hemos dicho! ¿Cómo voy a olvidarlo?».

   Probablemente con el tiempo se olvide o, al menos, se apacigüe la carga emocional, pero… ¡qué bien estaríamos si no nos hubiéramos dicho lo que nos hemos dicho!

    En las dicusiones de pareja siempre hay que saber que uno está discutiendo con una persona con la que uno se tiene que reconciliar. Y que lo que dice se va a clavar en el corazón. Y las cosas del corazón no se quitan con razonamientos sino con sentimientos positivos que contraresten ese sentimiento negativo que se ha clavado en el otro.

    Hay que discutir con el freno de mano echado.

   Solemos no darle importancia a lo que decimos y darle mucha a lo que nos dicen. ¡ No es así ! Hay que saber quitar importancia a lo que nos dicen. No tiene tanta como le damos. Ni nos lo dicen con la intención que le damos.

   ¿Quién se inventaría aquello de que «en boca cerrada no entran moscas»?


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