Lunes, 18 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Blog

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

En el Antiguo Testamento a partir de la figura de Abraham aparece un modelo de vocación, que se repite en diversos libros con distintas figuras de la historia de la salvación. Dios se manifiesta a través de enviados extraordinarios, encomienda una misión en función del pueblo de Israel y la persona escogido debe responder. Estos tres elementos constituyen un esquema que aparece también en la nueva alianza, especialmente con la virgen María, sin embargo, la vocación (llamada para aceptar y vivir el reino de Dios) adquiere unas nuevas características. El evangelio de este domingo nos las presenta y ellas nos interpelan personalmente a la luz de la fe.

  1. Evangelio

Estamos en el gran contexto del último viaje de Jesús a Jerusalén, por eso todos los gestos y palabras deben ser entendidos a partir de esta perspectiva. La confabulación injusta de las autoridades religiosas se está orquestando y la inminencia de la muerte se aproxima.

Mucha gente acompañaba a Jesús. El Señor no tiene nada de demagogo, ya que no pretende seducir a las masas, por el contrario, insiste sin compromiso y de forma tajante en las renuncias que han de hacer todos los que quieran seguirlo: por encima de todos los afectos, anteponiéndolo a la propia vida, cargando la cruz y renunciando a todos los bienes.

La misión de Jesús es anunciar la novedad absoluta del reino de Dios. Este anuncio causa curiosidad en algunos, preocupación en otros y mucho interés en una gran porción de la multitud que le acompaña, sobre todo, en los pobres, excluidos, enfermos y pecadores. Sin embargo, su predicación no es un discurso dulzón y patético que agrada a la gente. La novedad se encuentra en la presentación de la misericordia de Dios, pero en la respuesta que debe dar el hombre al misterio divino a través de la fe, se encuentran unas “condiciones” serias y arduas que implican una adhesión personal sin ambages y titubeos.

El sustrato de estas palabras del Señor es el credo del pueblo de Israel: “Shema Israel, amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas…”. Jesús recibió la fe de su pueblo, fundamentalmente en la educación (transmisión) dada por sus padres, y también en la escucha de la Palabra de Dios en las celebraciones de la Sinagoga y en la vivencia de las grandes fiestas litúrgicas. Las condiciones que el Señor coloca deben entenderse porque Él las ha cumplido, por eso el hombre puede responder.

Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas… Jesús cumplió plenamente esta palabra en toda su vida. En primer lugar, porque en su crecimiento y comprensión gradual –en su humanidad– del misterio de Dios pudo percibir la importancia crucial de la realidad absoluta en su existencia. En segundo lugar, porque para poder obedecer a la voluntad de Dios en los designios de su historia, tuvo que dejar claro cuáles eran las prioridades al dejar el núcleo familiar para poder anunciar y operar el reino de Dios.

Tempranamente, a los doce años –ya con una cierta consciencia– se aleja de sus padres, José y María para “estar en la casa de su padre” (Lc 2,41-51). En otra ocasión deja a su madre y parientes esperando para poder instruir a la gente que le acompaña y está atiborrada dentro de una casa (Lc 8,19-21). Y en otro momento hizo una exhortación sobre los verdaderos vínculos que unen a las personas en la fe, ya que “su madre, hermanos, etc.”, son los que hacen la voluntad del padre que está en los cielos (Mc 3,31-35). La renuncia afectiva hace parte de su ministerio, el Señor no deja de amar, ama sirviendo y entregándose por todos.

…e incluso a sí mismo. El señor destaca en la renuncia de los afectos la de la propia vida. “A sí mismo” indica por encima del inevitable instinto natural que, acompaña al hombre de amarse a si propio antes de nada y que es la fuente del egoísmo humano.

Jesús –podemos deducir a partir de los datos de la psicología contemporánea– se amaba a sí mismo, pero esta necesaria “autoestima” jamás se sobre puso al amor por sus padres y otros seres queridos de su vida anónima en la familia de Nazaret y, especialmente, a todos los que se aproximaron de Él en el ejercicio de su vida pública. La máxima prueba de renuncia a sí mismo, está en el acto de donación definitiva que hizo entregándolo la propia vida y abrazando la cruz por amor a Dios, muriendo como un criminal para salvar la humanidad.

Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. La cruz representa para Jesús lo que era para todos los judíos de su época: el instrumento de tortura usado por los romanos, para los enemigos condenados por el estado, pero el Señor le da un sentido nuevo al relacionarla con el sufrimiento de la vida. La cruz es pues el símbolo de todo aquello que hace sufrir y de la muerte.

Jesús no ha venido al mundo para morir en una cruz, sino para revelar el amor infinito, incondicional y gratuito de Dios, la cruz aparece en el horizonte de su existencia como la forma que le han preparado para eliminarlo, pero que Él asume y abraza para mostrar la paradoja del amor divino. Jesús tiene consciencia de ser el hijo de Dios y de ser el salvador de los hombres, la muerte es pues una consecuencia de su condición humana, porque se hizo hombre semejante a nosotros en todo –con la posibilidad de morir– excepto en el pecado. Pero esa consciencia no anestesia y anula el dolor y el rechazo natural al sufrimiento, el propio evangelio de Lucas lo presenta postrado en agonía en el jardín de los Olivos, luchando contra la proximidad de la muerte (22,41-43).

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. Para presentar esta condición el Señor previamente ilustró dos pequeñas parábolas que explican el discernimiento, la prudencia y la preparación necesaria para llevar a cabo cualquier empresa (construcción de una torre y entablar una batalla contra un rey). ¿Será porque esta última condición es la más compleja de todas? ¡Renunciar a todos los bienes! Atrás de los bienes está el dios de este mundo, el dinero que es el mayor enemigo de Dios, porque el hombre lo ha colocado en un pedestal idolátrico ya que representa, sobre todo, la mayor seguridad de la humanidad (Mt 6,24-34).

Sabemos por los evangelios que Jesús llevaba una vida austera y sobria, tuvo que renunciar a lo que tenía su madre viuda para poder anunciar el reino de Dios en medio de los hombres. En el ministerio público (con sus discípulos) se hospedaba en las casas de los que le seguían y acogían, y vivía de lo que le donaban, ya que había una bolsa en común. Él mismo se refirió a su precaria condición así: “El hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58).

  1. Actualización Catequética

Hacemos nuestra reflexión a la luz de las cuatro condiciones presentados por Jesús en el evangelio:

Los afectos. En el texto del evangelio aparecen enumerados varios tipos de personas con las cuales se generan diversos vínculos familiares: padre, madre, hermana, etc., indicando que para seguir al Señor es necesario dar el paso del desprendimiento afectivo que encadena, porque las relaciones deben ser purificadas por la fe.

Los afectos humanos son maravillosos, con ellos expresamos nuestros sentimientos, pero también pueden ser causa de mucho sufrimiento. Desde el primer momento en que venimos al mundo el afecto o su falta determina profundamente nuestra existencia. En la psicología se habla de forma metafórica del “cordón umbilical”, con el cual se expresa el vínculo que existe por la naturaleza de la relación entre las personas, pero que debe ser cortado para poder crecer y madurar. No podemos negar que por afecto mentimos, por afecto nos vendemos, por afecto nos anulamos, o podemos pasar la vida mendigando afecto, depender afectivamente de alguien o tener enormes frustraciones por ciertos vacíos afectivos. En suma, podemos ser esclavos de los afectos. ¿A qué nos llama el Señor? Al desprendimiento afectivo y de las relaciones tóxicas, porque somos llamados a amar en la libertad de los hijos de Dios. ¡Sin renuncia afectiva no hay vocación cristiana!

Uno mismo. Renunciar a sí mismo o negarse a sí mismo significa combatir la naturaleza egoísta que acompaña a la condición humana. Tal vez el mayor enemigo que tenemos como hombres seamos nosotros mismos, porque nuestra humanidad esta seriamente comprometida por el pecado. Tenemos una naturaleza muy débil y ella se manifiesta, sobre todo, en el egoísmo.

El pecado original consiste en el hombre pretender ser como Dios, y ha sucumbido en ello por el orgullo y el egoísmo cediendo a la tentación diabólica. En virtud de este drama, el hombre esta condenado a buscarse a sí mismo en todo lo que realiza, esclavo de su propia vanidad y egolatría, por eso en el proceso de la salvación realizado por Dios en Jesucristo, la plena liberación de la humanidad se da en la transformación de esa naturaleza egoísta en una nueva realidad. ¡Sin renunciar a sí mismo no hay vocación cristiana!

La cruz. La cruz representa todo aquello que nos hace sufrir y ante la cual experimentamos nuestra impotencia y vulnerabilidad. Es importante que tengamos la cruz iluminada por la fe, porque de lo contrario viviremos alienados y no podemos negar los hechos y la precariedad de la existencia.

Tal vez hay una cruz principal que condiciona toda la existencia, o ella puede cambiar según las circunstancias de la vida. La cruz puede ser una persona que hace parte de nuestra historia, el temperamento, una pérdida, una enfermedad, algún aspecto del matrimonio o del ministerio sacerdotal, etc. Lo importante es que la cruz la cargamos con el espíritu de Cristo resucitado que la ha transformado en signo de gloria y salvación. ¡Sin cargar la cruz no hay vida cristiana!

Los bienes. El hombre se debate entre Dios y el dinero, algunos más otros menos, pero mammona (dinero) siempre aparece como la solución de todos los problemas, porque quién lo tiene compra afecto, llama la atención y tiene prestigio. “No podéis servir a dos señores…” ha dicho Jesús en el sermón de la montaña. El combate con el dinero –dada nuestra debilidad– nos acompañará toda la vida, ya que él es el ídolo por excelencia y le proporciona seguridad al hombre.

¿Cuántos problemas a causa del dinero? Casi todos los dramas de la humanidad –corrupción, guerras, narcotráfico, mafias, etc.– son motivados por el afán o el amor al dinero, como dice san Pablo al mencionar en una de sus cartas que es la raíz de todos los males (1Tm 6,10). ¡Sin renunciar al apego al dinero no hay vida cristiana!

¡Qué Dios nos conceda la gracia de responder al Señor afirmativamente para poder hacer su voluntad, solo así podremos ser verdaderamente libres y realizarnos en plenitud!

5€ Tu donativo es vital para mantener Religión en Libertad
10€ Gracias a tu donativo habrá personas que podrán conocer a Dios
50€ Con tu ayuda podremos llevar esperanza a las periferias digitales
Otra cantidad Tu donativo es vital para mantener Religión en Libertad
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit. Ex facilis officia sapiente recusandae neque, asperiores labore numquam dolorum ut, illo provident voluptatibus.
Si prefieres, contacta con nosotros en el 91 594 09 22 de lunes a viernes de 9:00h a 15:30h
Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter

¡No te pierdas las mejores historias de hoy!

Suscríbete GRATIS a nuestra newsletter diaria

Por favor ayúdanos a promover noticias como ésta

DONA AHORA