Domingo, 20 de junio de 2021

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De Richard Wagner, el compositor filósofo, en el año de su bicentenario

por En cuerpo y alma

 
            Si el pasado 10 de octubre celebrábamos el bicentenario del nacimiento de uno de los grandes compositores de la historia, Giuseppe Verdi, (pinche aquí si desea conocerlo todo sobre el gran compositor italiano) 141 días antes, el 22 de mayo, habíamos celebrado el de otro no menos grande, el alemán Richard Wagner, artista polifacético donde los haya, como vamos a ver a continuación.
 
            Wilhelm Richard Wagner nace en la judería de Leipzig, en Alemania, el 22 de mayo de 1813, noveno de los hijos de Carl Friedrich Wagner, policía que muere de un tifus a los seis meses de nacer Richard, y de Johanna Rosine, hija de un panadero, la cual, al fallecer su marido, casa con el actor y dramaturgo Ludwig Geyer y se traslada a Dresde.
 
            El niño Richard compartirá la pasión por el teatro de su padrastro, al que sin embargo pierde también cuando tiene siete años, edad en la que recibe sus primeras lecciones de piano. De vuelta en Leipzig a los 14 años, estudia armonía y ya en la Universidad, composición con Christian Theodor Weinlig, quien fuertemente impresionado por el alumno, hasta le arregla la “Sonata para piano en si bemol” para que sea su opus n.º 1. Escribe también una tragedia, “Leubald”, de hechuras shakespeareanas, y un año después, su “Sinfonía en do mayor”. Convertido en director del coro de Wurzburgo, realiza sus primeras óperas: “Las hadas”, que no se estrenará sino después de su muerte, y “La prohibición de amar”.
 
            Con 23 años de edad, Wagner se casa en Königsberg con la actriz Christine Wilhelmine Planer, “Minna”, con la que completará treinta años de tormentosa relación llena de mutuas infidelidades, separándose en 1862. Con Minna se traslada a Riga, donde dirige la ópera local, y de donde huirá acuciado por las deudas, en lo que constituirá una constante en su vida. De ahí a Londres y de Londres a París, donde durante tres años, los que van de 1839 a 1842, se gana la vida reorquestando obras de otros compositores, y donde trabaja en dos nuevas óperas, “Rienzi” y “El holandés errante”.
 
            De ahí vuelve a Dresde para estrenar “Rienzi”, con gran éxito, a la que en 1845 sigue “Tannhäuser”. En Dresde permanece seis años como director de la Real corte sajona, se afilia a un partido de corte izquierdista y hasta entra en contacto con el anarquista Bakunin. Tanto se significa Wagner, que tras la revolución de mayo de 1849 ha de huir, primero a París, luego a Zúrich.
 
            En 1850 estrena otra de sus grandes óperas, “Lohengrin”, uno de cuyos coros, “La procesión de Elsa a la catedral” les propongo escuchar.
 
 
 

            Para 1854, Wagner entra en contacto con la obra del filósofo Arthur Schopenhauer, que le produce profunda impresión, mientras musicalmente hablando, comienza a trabajar en la tetralogía “El anillo del nibelungo”, -"drama musical" según gustaba de llamarlo-, compuesta, según su secuencia temática, de "El oro del Rin", "La valquiria", "Sigfried" y "El ocaso de los dioses", a la cual dedicará 25 años de su vida. Datan de la época trabajos literarios como “La obra de arte del futuro”, en la que explica su idea de unificar varias artes como la música, la danza, la poesía; o “El judaísmo en la música”, ensayo en el que ataca a los judíos y muy concretamente a sus colegas judíos Felix Mendelssohn y Giacomo Meyerbeer.
 
            Mientras comienza a trabajar en un nuevo proyecto, “Tristán e Isolda”, en el plano personal cultiva el amor de la poetisa Mathilde Wesendonck, casada con un comerciante de sedas, que le inspirará los “Wesendonck Lieder” (Canciones de Wesendonck), cinco canciones que adaptaban poemas de Mathilde. Descubierto por su esposa Minna, el romance finaliza y Wagner marcha solo a Venecia, y luego a París, donde el estreno de “Tanhäusser” resulta tan conflictivo que ha de abandonar una vez más la ciudad. Escuchen de Tanhäusser el “Coro de peregrinos”.
 
 
 

            Wagner se establece entonces en Biebrich, donde comienza a trabajar en “Los maestros cantores de Núremberg”.
 
            La carrera de Wagner adquiere un giro inesperado cuando en 1864 el Rey Luis II de Baviera accede al trono y le invita a Munich, paga sus deudas y lo apadrina. Aunque el estreno de “Tristán e Isolda” en el Teatro Nacional es un éxito, no viene sin un nuevo escándalo, pues Richard seduce a la esposa del director del estreno, Hans von Bülow, Cósima, hija ilegítima de Franz Liszt y de la condesa Marie d’Agoult, quien había dado a luz poco antes a una niña, llamada Isolde, que en realidad, no era hija de su esposo sino de Wagner. Ello y la indudable influencia que ejercía sobre el monarca, -de quién se llegó a decir que estaba enamorado del compositor- hace que Luis II se vea forzado por sus consejeros a pedirle que abandone la ciudad, pensionándolo ahora en Tribschen, en las cercanías de Lucerna.
 
            Cósima entretanto le da dos nuevos hijos, Eva y Siegfried, y en 1870, al año de morir Minna, se casa por fin con Wagner. Lo que da pie a reseñar una relación muy especial de Wagner, la que sostiene con otro de los grandes músicos de su época, su nuevo suegro Franz Lizst. Se habían conocido en 1840, en París. El húngaro lo acogió en su residencia de Weimar tras el levantamiento de Dresde y corrió luego con sus gastos en Zúrich. Liszt prepara el estreno de “Tannhäuser” en Weimar y dirige el de “Lohengrin”. Aunque la relación extramarital de Wagner con su hija Cósima distancia a los dos genios, en 1872 se produce el reencuentro y hasta actúan juntos en Budapest.
 
            En 1875, Richard y Cósima se establecen en Bayreuth, donde completa la tetralogía “El anillo del nibelungo”, pone su casa a la que llama “Wahnfried” (Wahn=locura, y Friede=paz), y levanta un teatro, el Festspielhaus, con el apoyo de las llamadas “Asociaciones Wagner” que se establecen en varias ciudades, pero sobre todo, de su suegro Lizst, y de Luis II. El teatro ha continuado siendo la sede del Festival de Bayreuth desde entonces, organizado desde 1973 por la Fundación Richard Wagner.
 
            Poco después, comienza a trabajar en su última ópera, “Parsifal”, que tarda cuatro años en componer. Valió la pena. Juzguen si no Vds..
 
 
 

            Durante ese periodo escribe también una serie de ensayos, como “Religión y arte”, “Heroísmo y cristianismo”, que aparecen en la revista Bayreuther Blätter, fundada por él.
 
            En 1883, la familia Wagner viaja a Venecia para pasar el invierno. Será el último para Wagner: el 13 de febrero, sin haber cumplido los setenta, fallece a causa de una crisis cardíaca. Su cuerpo será repatriado e inhumado en el jardín de su casa en Bayreuth. Lizst le compone dos piezas para piano tituladas “La lúgubre góndola”.
 
            De carácter fogoso y airado, Wagner representa una revolución en el mundo de la música. Máximo exponente del romanticismo musical, transformó el pensamiento musical tras la idea de la “obra de arte total” (Gesamtkunstwerk), tanto que hasta escribía sus propios libretos. Reelaboraba sus obras con asiduidad, y muchas de ellas, ¡qué decir del Anillo del Nibelungo!, le llevaron mucho tiempo. Wagner introduce nuevos conceptos en la armonía, la melodía y la ópera: para algunos, las primeras notas de Tristán representan el comienzo de la música clásica moderna. Su ensayo “Sobre la dirección” concibe la dirección como medio para reinterpretar una obra, más que como simple mecanismo para lograr la armonía orquestal. El concepto wagneriano del leitmotiv y la expresión musical integrada para anunciar personajes o situaciones, es acogida sin ambages por el cine, donde servirá para ayudar al espectador a orientarse en el argumento.
 
            Wagner inspirará una devoción semi-fanática: unos a su favor Baudelaire, Verlaine, Renoir, Rilke, Gustav Mahler que afirma “hubo Beethoven y Richard; después de ellos, nadie”; otros en su contra, el crítico Eduard Hanslick, Debussy, Chaikovski, Rossini... En vida del compositor, el panorama musical alemán se focalizaba en dos facciones: wagneristas y brahmsistas.
 
            Por si ello fuera poco, Wagner fue prolífico escritor, autor de cientos de libros, poemas y artículos, entre los cuales una autobiografía, “Mein Leben” (Mi vida). Y no fue ajeno a la política de su época: militó en la izquierda, no tanto en el nacionalismo. Mantuvo una desigual relación con el filósofo Friedrich Wilhelm Nietzsche, con quien terminará rompiendo cuando hacia el final de su vida, se produce el acercamiento del compositor, por cierto protestante, a la religiosidad y a la piedad cristiana, dedicándole entonces Nietschze obras como “El caso Wagner” y “Nietzsche contra Wagner”. Y mostró en sus escritos un acendrado antijudaísmo, y ello aún a pesar de los rumores sobre los antecedentes judíos de su padrastro y de que a lo largo de su vida gozó de la amistad de varios judíos, como su ayudante Carl Tausig, el pianista Joseph Rubinstein, los cantantes Angelo Neumann y Lilli Lehmann, el director de orquesta Hermann Levi, o el filólogo Samuel Lehrs.
 
            Como es bien sabido, Adolf Hitler fue un gran admirador de Wagner, que terminó convertido en el compositor del nazismo a pesar de que cuando muere (1883), Hitler ni siquiera ha nacido (1889). La identificación ha sido tan perniciosa que la interpretación de Wagner es aún controvertida en Israel. Daniel Barenboim lo hizo en de 2001, no sin generar amplia polémica.
 
 
 
            ©L.A.
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