Domingo, 02 de octubre de 2022

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«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.»

Reflexión de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

por La alegría de la Buena Noticia

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.»

Queridos hermanos:

Hoy es el Día de la Asunción de la Virgen al cielo. En Oriente es el Día de la Dormición de María en cuerpo y alma al cielo. Interesante porque en Oriente se habla de “dormir”, es decir, no existe la muerte.

En la Primera Palabra tomada del Apocalipsis aparece un dragón que personifica el poder de los emperadores romanos anti cristianos, desde Nerón hasta Domiciano. Hay una lucha entre el egoísmo y el odio y el amor a Dios, y ahí está el Imperio Romano y los primeros cristianos. Al final ganó Dios y se pudo evangelizar todo el Imperio Romano, quien se abrió a la fe cristiana. El dragón, solo indica el poder anticristiano, es decir, los perseguidores de la Iglesia. Ya San Agustín en su obra Ciudad de Dios hablaba de esto mismo, que lo que está apareciendo es una lucha entre dos amores, el amor a Dios y el egoísmo, que es el amor a nosotros mismos. Esta fuerza del dragón rojo que se personifica en las dictaduras que han existido en todos los tiempos, hoy aparecen también estás dictaduras, en la lucha que estamos viviendo en esta guerra Europea. Por eso parece imposible que la fe pudiera sobrevivir frente a este dragón tan fuerte, pero va a vencer el niño y la mujer. La mujer es la Iglesia y este niño es Jesús en la debilidad. El amor será más fuerte que el odio, todas las ideologías materialistas caerán, lo único importante es vivir la vida para Dios, no para nosotros mismos. Sólo Dios resultará vencedor, no el consumismo, el egoísmo, el amor al dinero, la diversión; y ese dragón que parece invencible, que parece que va a ganar; va a caer: es poderoso, pero tiene piernas de barro.

María aparece en esta generación como la que vive totalmente en Dios, rodeada y penetrada por la luz de Dios, es coronada por doce estrellas, que son las doce tribus de Israel, el pueblo de Dios y la comunión de los santos; que tiene bajo sus pies, la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad. Vencerá sobre la muerte, por eso está vestida de vida. Ánimo, hermanos, que al final vence el amor, por eso dice María en el anuncio: “He aquí la esclava del Señor”. Tengamos valentía para aceptar la voluntad de Dios y vivir contra las amenazas de este dragón. La mujer vestida de sol es un signo del amor de Dios, el amor al bien, a la victoria de Dios. Una mujer que sufre, que debe huir y que da a luz con gritos de dolor, es también la Iglesia peregrina en todos los tiempos, en todas las generaciones; debe dar a luz a Cristo, que es la salvación del hombre, pero dará a luz con dolor. En todos los tiempos el pueblo escogido vive esta luz de Dios que va delante de nosotros; y se alimenta de Dios, del pan de la sagrada eucaristía. Hoy el dragón quiere devorar al Dios que se hizo niño. No temamos porque el niño aparentemente es débil, pero Dios está con los débiles, Él es la verdadera fuerza.

La Fiesta de la Asunción es una invitación a la confianza en Dios, es una llamada a la humildad de la Virgen María. Digamos juntos “He aquí la esclava del Señor” y pongámonos a disposición de Dios, esta es la elección de seguir en el camino y dar la vida por Dios. Contemplemos a María y cómo Dios en ella se muestra victorioso. La fe, aparentemente débil, es la verdadera fuerza del mundo. El amor es más fuerte que el odio, porque Cristo está resucitado y tiene poder, por eso María se puso en camino a Ein Karem donde estaba Isabel. Las dos embarazadas, habiendo sido esto imposible, pero es la obra del Espíritu Santo, por eso este himno de “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, el Magnificat, es el himno con el que termina el día en la liturgia de las vísperas y donde Dios dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Que esta fiesta nos llene de alegría y del amor de Dios, que podamos transmitir al hombre de hoy.

 

Mons. José Luis del Palacio
Obispo E. del Callao

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