Miércoles, 01 de abril de 2020

Religión en Libertad

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Del término "sionista", tan distinto de "semita", "hebreo", "israelita", "israelí" o "judío"

por En cuerpo y alma

 
            Un montón de palabras que a la mayoría nos suena a lo mismo y que sin embargo tienen, todas y cada una, su significado muy preciso y diferenciado del de las demás. Así que si hace unos días veíamos todo lo relativo a la primera, “semita” (pinche aquí si desea conocerlo), después todo lo referido a la segunda, “hebreo” (pinche aquí si desea conocerlo), después todo lo relacionado con la tercera, “israelita” (pinche aquí si desea conocerlo), y después todo lo que concierne a la cuarta, “judío” (pinche aquí si desea conocerlo), toca hoy conocer todo lo tocante a la última de la serie, “sionista”.
 
            La palabra “sionista” proviene del monte Sión, el monte conquistado por el Rey David a los jebusitas hacia el año 1000 a.C. y en el que establece la ciudad de Jerusalén, Uru Shalom, traducible, paradójicamente, como ciudad “de la paz”, algo que la ciudad en la que Jesús fuera crucificado ha conocido pocas veces en su historia. Aunque en puridad el monte Sión se halla en las afueras de Jerusalén, ha terminado asimilándose al Monte del Templo, el monte Moria, aquél en el que se levantó el sagrado edificio judío, y por extensión, a toda la ciudad de Jerusalén y hasta a toda la tierra de Israel.
 
            Pues bien, el sionismo puede encuadrarse en el género de los nacionalismos modernos, pues no consiste sino, precisamente, en el movimiento que propugna el restablecimiento de una patria para el pueblo judío, una patria que aunque terminó germinando, como todos conocemos porque forma parte de nuestro panorama actual, en Israel, tampoco excluyó en algunos momentos de su devenir otros escenarios, como, notablemente, Uganda y la Argentina.
  
Theodor Herzl

           Aunque el término podría haber sido acuñado el editor austriaco de origen judío Nathan Birnbaum en 1890, el verdadero fundador del movimiento será el periodista austro-húngaro Theodor Herzl (18601904), amigo que fue del gran escritor austríaco también judío Stefan Zweig, -a quien también dedicamos una entrada en esta columna (pinche aquí si desea leerla)-, quien se refiere a él profusamente en su gran libro “El mundo de ayer, memorias de un europeo”.

            Herzl, autor del libro “Der Judenstaat” (“El Estado Judío”) publicado en Berlín y Viena en 1896, vendrá a morir, sin embargo, en la convicción de haber visto fracasar el movimiento de su creación, siendo así que el estado de sus sueños no se conseguiría sino en 1948, cuarenta y cuatro años después de su muerte.
  
Declaración Balfour

           Aunque no cabe decir el momento exacto en el que nace, sí podemos hablar de una serie de hitos importantes que sirven para situar el sionismo en adecuadas coordenadas históricas: se pueden citar la primera Aliyá -inmigración masiva de judíos hacia Israel- ocurrida en 1882, con la llegada de unos 35.000 judíos a Israel, la mayoría procedentes de Rusia; la creación de la Organización Sionista Mundial en 1897 como resultado del Congreso de Basilea, convocado precisamente por Herzl; la Declaración Balfour de 1917, por la que Gran Bretaña apoya la creación de una patria judía en el Mandato Británico de Palestina; la incorporación de dicha declaración en el Tratado de Sevres que impone las condiciones en que se reparte el Imperio Turco una vez terminada la Primera Guerra Mundial, y la declaración de 1922 de la Sociedad de Naciones haciéndola suya. Si bien, sólo al final de la Segunda Guerra Mundial y al conocerse la magnitud del Holocausto nazi, el movimiento adquiere preponderancia frente a cuantos pensaban que los judíos constituían una minoría religiosa que debía desenvolverse dentro de las sociedades, fundamentalmente europeas y americanas, en las que se hallaba asentada desde que la historia tenía memoria.
 
 
            ©L.A.
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