Miércoles, 01 de abril de 2020

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De la poligamia entre los judíos que conoció Jesús

por En cuerpo y alma

 
            La presencia de la poligamia entre los judíos es una realidad que se palpa con toda facilidad en el Antiguo Testamento, y los casos de personajes veterotestamentarios que la practican no son pocos.
 
            El primer polígamo no tarda en aparecer en el Antiguo Testamento. Es Lamec, tátara-tátara-tátara-nieto de Caín, de quien se nos dice, “tomó para sí dos mujeres, la primera llamada Adá, y la segunda Silá” (Gn. 4, 19), de las que para que los biempensantes no puedan sostener que vino la una detrás de la otra, informa más adelante: Dijo Lámec a sus mujeres […]” (Gn. 4, 23)
 
            De hecho, los dos hijos del Patriarca Isaac, Esaú y Jacob son polígamos. Del primero, dice el Génesis:
 
            Cuando Esaú tenía cuarenta años, tomó por mujeres a Judit, hija de Beerí el hitita, y a Basmat, hija de Elón el hitita, que fueron causa de amargura para Isaac y Rebeca” (Gn. 26, 35)
 
            Y más adelante:
 
            “Acudiendo Esaú a Ismael, tomó por mujer, además de las que tenía, a Majlat, hija de Ismael, el hijo de Abrahán, y hermana de Nebayot” (Gn. 28, 9).
 
            De Jacob, dice el mismo libro:
 
            “Sirvió, pues, Jacob por Raquel siete años, que se le antojaron como unos cuantos días, de tanto que la amaba. Jacob dijo a Labán: «Dame mi mujer, que se ha cumplido el plazo y quiero casarme con ella.» Labán juntó a todos los del lugar y dio un banquete. Luego a la tarde tomó a su hija Lía y la llevó a Jacob, y éste se unió a ella. Labán dio su esclava Zilpá como esclava de su hija Lía. Se hizo de mañana, ¡y resultó que era Lía! Jacob dijo a Labán: «¿Qué has hecho conmigo? ¿No te he servido por Raquel? ¿Pues por qué me has hecho trampa?» Labán dijo: «No se usa en nuestro lugar dar la menor antes que la mayor. Cumple esta semana y te daré también a la otra por el servicio que me prestarás todavía otros siete años.» Así lo hizo Jacob” (Gn. 29, 20-28).
 
            Hablando por boca de su profeta Natán, le dice Dios a David estas palabras bien esclarecedoras sobre el tema:
 
            Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor […] Haré que de tu propia casa se alce el mal contra ti. Tomaré tus mujeres ante tus ojos y se las daré a otro que se acostará con tus mujeres a la luz de este sol” (2Sam. 12, 711)

Salomón recibe a la Reina de Saba
 
            De su hijo Salomón se dice que “tuvo setecientas mujeres con rango de princesas” (1Re. 11, 3), y por si ello fuera poco trescientas concubinas”. Salomón el semental.
 
            De hecho, en el Antiguo Testamento no se encuentra una condena taxativa sobre la práctica de la poligamia.
 
            Pero la pregunta es: esta práctica que se nos aparece esporádicamente en el Antiguo Testamento, ¿seguía produciéndose en los tiempos de Jesús, es decir, durante los tiempos del Nuevo Testamento?
 
            Muchos son los indicios de que, de manera igualmente esporádica, pero la poligamia se seguía practicando mientras se escribe el Nuevo Testamento.
 
            De Herodes nos dice Flavio Josefo en las “Guerras Judeo- romanas” que “el rey tuvo nueve mujeres” y aunque no aclara si algunas lo fueron a la vez o vinieron todas la una detrás de la otra, lo que podía ser por muerte o por repudio, más probable parece que al menos en algún caso, dos o más hubieran compartido tan fogoso marido.
 
            Más claro aún se nos presenta el propio testimonio de Jesús cuando les relata a sus discípulos la siguiente parábola, llamada “Las diez vírgenes”:
 
            “El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’ Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Lc. 25, 112).

Parábola de las Diez Vírgenes. Peter Von Cornelius

            Podrá alegarse que se trata sólo de una parábola, de un relato en consecuencia. Pero lo cierto es que si algo se elogia de las parábolas de Jesús no es sino lo apegadas que se hallan siempre al terreno, y lo bien que reflejan la realidad cotidiana de su época. Entre otras cosas porque de no ser la poligamia una realidad cotidiana en la época, los receptores de esta parábola no la habrían entendido, de parecida manera a como hoy se nos hace difícil comprender a nosotros que vivimos una sociedad monogámica, y habrían freído a Jesús a peguntas de esas que tanto le molestaban cuando les relataba sus parábolas.
 
            La prueba definitiva, sin embargo, no nos la da ninguno de los evangelistas, sino Pablo, cuando en su Primera Carta a Timoteo, exige esta condición a los epíscopos:
 
            Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez” (1 Tm. 3, 2-4)
 
            Una condición que no exige menos a los diáconos:
 
            Los diáconos sean casados una sola vez y gobiernen bien a sus hijos y su propia casa” (1 Tm. 3, 12)
 
            Lejos todavía los tiempos del celibato sacerdotal, cuyas primeras manifestaciones no se nos aparecen hasta principios del s. IV, Pablo parece conformarse con que obispos y diáconos no estén casados varias veces, sino sólo una. Algún biempensante aún puede acogerse a la teoría de que Pablo se refiere a que no sea obispo o diácono nadie que se hubiera casado por segunda vez después de haber enviudado, una interpretación que no es excluible al cien por cien, pero que ciertamente, no se presenta como la más probable, ni la más sencilla, ni la más lógica, en los textos que hemos leído.
 
 
            ©L.A.
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