Domingo, 05 de julio de 2020

Religión en Libertad

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Una breve exégesis sobre el episodio evangélico de la Transfiguración

por En cuerpo y alma

 

            El de la Transfiguración es uno de los muchos episodios comunes a los Sinópticos que no aparecen en Juan. El tratamiento en los tres (Mt. 17, 1-8; Mc. 9, 2-8; Lc. 9, 28-36) es muy similar, Mateo y Marcos, de hecho, son casi idénticos, Lucas algo diferente. La principal diferencia tal vez radique en que mientras Mateo y Marcos sí utilizan el verbo “transfigurarse” (Mt. 17, 2; Mc. 9, 2), Lucas en cambio utiliza otro verbo diferente, “mudarse” (Lc. 9, 29), si bien es el aportado por Mateo y por Marcos el que va a proporcionar el nombre por el que el episodio es conocido.

             En la Transfiguración, Jesús aparece departiendo con dos profetas del Antiguo Testamento que son Moisés y Elías, algo en lo que efectivamente, coinciden una vez más los tres evangelistas (Mt. 17, 3; Mc. 9, 4; Lc. 9, 30).

             De esos dos profetas, uno de ellos, Elías, había sido arrebatado al cielo sin morir, como narra bien el Segundo Libro de los Reyes:

             “Iban caminando [Elías y su discípulo Eliseo] y hablando, y de pronto un carro de fuego con caballos de fuego los separó a uno del otro. Elías subió al cielo en la tempestad. Eliseo lo veía y clamaba: ‘¡Padre mío, padre mío!’” (2Re. 2, 11-12).

             En la tradición judía, Elías sigue vivo en el cielo y de hecho regresará el día del Juicio, como atestigua el Libro de Malaquías:

             “Voy a enviaros al profeta Elías antes de que llegue el Día de Yahvé, grande y terrible” (Ml. 3, 23)

             No es tal el caso, sin embargo, de Moisés, de cuya muerte da cumplida cuenta el Antiguo Testamento y más concretamente el Deuteronomio:

             “Moisés subió de las Estepas de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisgá, frente a Jericó, y Yahvé le mostró la tierra entera: de Galaad hasta Dan, todo Neftalí, la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá, hasta el mar Occidental, el Negueb, la comarca del valle de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Soar. Y Yahvé le dijo: «Ésta es la tierra que bajo juramento prometí a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: A tu descendencia se la daré. Te dejo verla con tus ojos, pero no pasarás a ella.» Allí murió Moisés, siervo de Yahvé, en el país de Moab, como había dispuesto Yahvé”. (Dt. 34, 1-5)

             Jesús se entrevista pues con dos personajes cuya naturaleza es muy diferente: el uno, Elías, está vivo en el cielo; el otro, Moisés, está muerto. En la religión judía el status provisional de los muertos hasta que se produzca la resurrección de la carne al final de los días –una resurrección en la que ni siquiera creen todos los judíos como atestigua Lucas cuando nos dice que “los saduceos dicen que no hay resurrección”, (Hch.23, 8)- es un tanto confusa, pero tiende a imaginarse en el llamado seol, un “país de tinieblas y de sombras, oscuro y en desorden, donde la claridad parece sombra” (Job 10, 21-23), o un lugar de “silencio”. (Sl. 115, 17), en el que el muerto apenas dormita inane.

             Lo curioso es que en el Antiguo Testamento sí existe otro personaje arrebatado al cielo y que por lo tanto, no ha conocido la muerte. Ese personaje es Henoc, el padre de Matusalén, de quien dice el Génesis:

             “El total de los días de Henoc fue de trescientos sesenta y cinco años. Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (Gn. 5, 23).

             Ese “Dios se lo llevó” no se corresponde con la metáfora tantas veces utilizada hoy para describir que alguien ha muerto, sino que debe ser entendido de manera literal, es decir, como que Dios arrebató a Henoc de la tierra sin morir para llevárselo consigo, y así lo hace la religión judía como atestigua el buen conocedor de la misma que es San Pablo en su Carta a los Hebreos:

             “Por la fe, Henoc fue trasladado sin ver la muerte y no se le halló, porque lo trasladó Dios” (Hb. 11, 5)

             La autoría paulina de la Carta a los Hebreos, incluso su misma canonicidad, son muy cuestionadas, -Hebreos es, de hecho, el texto más cuestionado del Nuevo Testamento-, algo que, sin embargo, no nos afecta aquí cuando sólo lo traemos como testigo fiel y elocuente de lo que constituye la creencia judaica sobre la situación extraterrenal de Henoc.

             Dicho todo lo cual, nos formulamos una pregunta para la que no anticipamos respuesta de ningún tipo: A la vista del conocimiento que tenemos de la Biblia, ¿no habría sido más lógica una transfiguración de Cristo en la que se hubiera visto acompañado por Henoc y Elías, dos personajes a los que la religiosidad judía da por vivos en el más allá, más que por Elías y Moisés, uno de ellos vivo pero el otro muerto, es decir, a la espera de que Jesucristo descienda a los infiernos para propiciar la resurrección de los muertos según narra tan descriptivamente Mateo?

             “En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos [Moises también, ¿no?] resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos” (Mt. 27, 51-53).

             Y bien amigos, con esta pregunta, hermoso ejercicio de exégesis especulativa, me despido por hoy, no sin desearles como siempre que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

  

            ©L.A.

            Si desea ponerse en contacto con el autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es. En Twitter  @LuisAntequeraB

 

 

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