Jueves, 22 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Solemnidad de Cristo Rey del Universo

Reflexiones homiléticas

Introducción

En este domingo se concluye el año litúrgico con la solemnidad de Cristo Rey y Señor del universo. Hasta ahora celebramos paso a paso, todos los misterios de la vida de Jesús acompañados por el evangelio de Marcos desde su nacimiento humilde en Belén, hasta el anuncio de su venida gloriosa al final de los tiempos, en el denominado discurso escatológico, de cuya predicación escuchamos un fragmento el domingo anterior. La solemnidad de Cristo Rey corona todo este año de gracia que Dios nos ha concedido haciendo presente el triunfo universal y paradójico del “cordero inmolado”, ofrecido para la salvación de todos los hombres.

La predicación de Jesús en Galilea se ha caracterizado por el anuncio del “reino de Dios”. Este reino ha sido descrito a través de un conjunto de parábolas en una variedad inmensa de imágenes que, esconden en sencillas comparaciones la grandeza y al mismo tiempo la profundidad de la novedad que ha sido traída por Cristo. El reino de Dios es la propia persona de Cristo, mientras a través de Él, Dios irrumpe en la historia de la humanidad con un rostro y un cuerpo visible, haciéndose solidario a todos los hombres. En Cristo vemos a Dios, y en Dios podemos ver el reflejo del verdadero proyecto divino sobre el ser humano.

En la oración que el Señor nos ha entregado y nos ha enseñado, rezamos: “venga tu reino”. ¿A qué reino se refiere? ¿Qué está implícito en este pedido? El reino es Cristo ya que, en Él, el amor prevalece sobre el egoísmo, el perdón sobre el resentimiento, la gracia sobre el pecado, la justicia sobre la injusticia y la verdad sobre la mentira. Un reino que está siempre en una tensión continua, porque solo se realiza en la medida en que las personas acogen el mensaje y la persona de Jesús de Nazaret en su corazón. Siendo acogido ese mensaje, las consecuencias sobre el tejido social son inevitables, porque en efecto, el cristianismo introduce en la sociedad una propuesta que, fecunda y fortalece la civilización en todas sus áreas económicas, culturales, políticas, etc.

Evangelio

El evangelio hodierno nos propone una parte del dramático interrogatorio durante el juicio –al que es sometido Jesús en la ciudad de Jerusalén–, por parte de Pilatos. Jesús fue entregado por las autoridades religiosas al procurador romano, y es acusado, entre otras cosas, de haber usurpado el título de “rey de los judíos”, con el cual estaría atentando contra la propia soberanía del imperio. Con burla y escarnecimiento escribieron el motivo de la sentencia mortal sobre la cruz en las lenguas más importantes de la época, por eso, en la representación hecha por los crucifijos y en la iconografía oriental siempre aparece la expresión latina “INRI” (Iesus nazarenus rex iudeorum), pero sin pretender declarar lo que de hecho es la verdad suprema: ¡Jesús es el rey!

A la pregunta del procurador Jesús responde ser “rey”, pero no de este mundo (Jn 18,36). Él no ha venido para dominar los pueblos y territorios, pero para reinar a través del amor en el corazón de los hombres, libertarlos y reconciliarlos con Dios. Esa reconciliación ocurre cuando Jesús declara que: “Es para dar testimonio de la verdad que he nacido y he venido al mundo. Todo lo que es de la verdad oye mi voz” (18,37).

¿Cuál es la verdad testificada por Cristo? ¿A qué tipo de verdad se refiere el Señor? En el mundo bíblico del antiguo testamento “la verdad” (emet) significa fundamentalmente algo sólido, seguro, digno de confianza, por tanto, la verdad es la calidad del que es estable, probado, aquello en lo  que podemos apoyarnos, o sea, es Dios; mientras que en el nuevo testamento la verdad (alétheia) más allá de todos los matices que presenta, es la palabra de Dios (Jn 17,17), y esta palabra es el propio Cristo Jesús (Jn 14,6), el revelador del Padre.

La verdad revelada por y en Cristo es que Dios es amor. Toda su vida, el sacrificio expiatorio realizado en la cruz son prueba de eso. Dios es amor porque en Cristo decide darnos la vida en plenitud, mientras necesita redimirnos del pecado, de la muerte y del poder del maligno.

Actualización catequética

Los discípulos de Jesús y cada generación cristiana, a lo largo de la historia fueron y son tentados de instaurar en este mundo el “reino de Dios” en una pretensión idílica y paradisíaca, donde sólo reina la paz, la solidaridad, la justicia e igualdad social. Desear esto es bueno, pero si no se supone y considera la malicia del pecado, que se anida en cada corazón humano, el proyecto termina generando una tremenda frustración, porque los problemas continúan y se acentúan. Esto no quiere decir que seamos indiferentes a la vida pública, al progreso de la humanidad y las mejoras que la ciencia y la tecnología nos pueden ofrecer, no obstante, lo que nunca debemos olvidar es que: ¡No se podrá jamás hacer de nuestro mundo un paraíso terrenal! En cuanto el hombre esté marcado por el egoísmo y el orgullo esto será una gran utopía. ¡Cuántas ideologías y sistemas políticos fracasaron en esta tentativa en el curso de la historia! Y aun hoy esta tentación se reviste de otras formas, pero siempre con el neo-marxismo que subyace a esta realidad.

Los cristianos ayudan en todo, colaboran y contribuyen en todo con sus profesiones y trabajos, no están enajenados a la realidad, pero esperan el reino definitivo cuando Cristo, en plenitud se manifestará al final de los tiempos destruyendo todos sus enemigos, inclusive la muerte que, como aparece en la Sagrada Escritura: “la última enemiga será sometida” (cf. 1 Cor 15,25-26).

La analogía del rey nos ayuda a comprender un poco –de forma catequética– la diferencia de este misterio con la noción del rey a nivel humano. Todo rey es coronado, y “la corona” es el símbolo de su autoridad como monarca, por eso debe ser coronado públicamente para que sea reconocido. La corona, por tanto, es el símbolo del poder y de su condición real. Todo rey tiene un “trono”, que es el sitio de donde gobierna, el lugar de las decisiones más importantes, de las recepciones con los grandes dignatarios y del ejercicio del poder sobre la suerte de sus súbditos (basta recordar en la antigüedad el “derecho de la espada”). Y, finalmente, todo rey tiene un “reino” que es el territorio geográfico sobre el cual se extiende su poder y dominio. En este reino viven sus súbditos que, como siervos, trabajan y deben pagar los impuestos necesarios para sustentar la corona.

Cristo es coronado con una corona de espinas que, manifiesta la burla a la cual se sometió humillándose al extremo, no es una corona que le da poder, sino que lo hace un esclavo que nos sirve, vaciándose y renunciando a su propia vida y gloria divina. Cristo reina en el trono de la cruz donde recibe todos los pecadores, acoge todas las miserias, las transforma por su amor y absuelve, perdona y salva todos los hombres sin condenarlos, ni determina quién puede vivir o quién debe morir, pero, sobre todo, desde este trono Cristo aniquila el dominio del autor del mal, que en el evangelio es denominado como príncipe de este mundo (Jn 12,31). El reino de Cristo es cada hombre que, recibe en su corazón a este Dios que toca a la puerta y lo acoge como su rey. La realeza se manifiesta entonces en el dominio del amor y del perdón, con Cristo no somos más siervos, somos liberados gratuitamente y no tenemos que pagar nada, sólo creer y colaborar con la gracia, que ha sido derramada abundantemente a través del Señor muerto y resucitado.

Por eso, podemos afirmar con toda certeza que la realeza de Cristo comenzó en el pesebre –que ya prefigura el misterio de la cruz– en Belén de Judá, y se ha consumado plenamente en la muerte ignominiosa con la cual Cristo fue entronizado en la gloria celeste como el eterno vencedor. Como afirma san Agustín solemnemente en sus confesiones: ¡Vence y triunfa porque se hizo víctima! Hoy esta víctima se hace sacramento y se deja comer y beber para irradiar en nuestros corazones los efectos de su reinado: ¡El amor de Dios en plenitud!

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