Viernes, 23 de agosto de 2019

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Jesús liberador y dignificador de la mujer

Jesús liberador y dignificador de la mujer

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Para honrar a Jesucristo y mostrar la relación del hombre y la mujer tal como Dios Trinidad la ha querido desde toda la eternidad, ofrecemos esta reflexión sobre el modo como Jesús trató a las mujeres, las valoró y las potenció. Lo ofrecemos a Dios como acto de reparación por todas las naciones donde se abusa de las mujeres, y ello no es castigado con la severidad que se merece, pues como denunciaba el profeta Amós, con estos comportamientos se profana el santo nombre de Dios en una nación (cf. Am  2,7)

 

                Jesús, dignificador y liberador de la mujer

 

Necesitamos tener ejemplos vivos de cuál debe ser la verdadera relación entre el hombre y la mujer. Tomamos como ejemplo a Jesucristo, no solo porque es el hombre por excelencia, sino porque el Evangelio es el que nos juzgará a todos en el momento en el que traspasemos el umbral de la muerte. Es mejor conocer cómo se comportó Jesús con la mujer, y adecuemos nuestra conducta a la suya, para que con El gocemos eternamente de la paz y el gozo eterno en la Jerusalén celestial.

Para comprender la actitud positiva de Jesús hacia la mujer, en un contexto histórico donde era minusvalorada y oprimida, podemos profundizarla desde dos dimensiones: humana y divina. En su dimensión humana, Jesús es educado por una mujer liberada de los condicionamientos culturales y religiosos y verá la relación de igualdad que hay entre María y José, sus primeros educadores.

En su personalidad divina, Jesús en plena comunión con el Padre, muestra cual es la voluntad de Dios sobre la mujer. La desigualdad de derechos entre el hombre y la mujer proviene del pecado, en Jesús no hay pecado. Su relación con la mujer nunca es desde la superioridad, el dominio o la minusvaloración, sino todo lo contrario.

 1. La influencia de su Madre en la valoración positiva de la mujer

María su madre, fue la mujer más cercana a Jesús, que influyó en todas las vertientes de su humanidad, como madre y educadora suya. Fue Ella, sin duda, quien tuvo parte, en la valoración positiva de la mujer, que Jesús mostró desde el inicio de su predicación, a pesar de la mentalidad de su tiempo que la marginaba en todos los ámbitos.

María, es la mujer llena de Gracia, que ha cooperado con toda solicitud a la acción del Espíritu Santo, convirtiéndose por ello en la Mujer Nueva por excelencia. María que siempre se guió por la moción del Espíritu Santo, no pudo educar a su Hijo en la mentalidad de su tiempo que mantenía a la mujer en un subdesarrollo espiritual y humano, porque Ella ya había sido liberada de estas ataduras por el Espíritu Santo. María, que puso todas sus capacidades humanas, intelectuales y espirituales al servicio de Dios, pudo educar a su Hijo en lo humano, en la igualdad primera del hombre y de la mujer.

Jesús, que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Le 2,52), tenía una especial capacidad de observación y de reflexión como se puede constatar en su predicación, ante todo en sus parábolas, donde aparecen frecuentemente las mujeres. Estas cualidades humanas de Jesús, iluminadas por la luz del Espíritu Santo, y por la constante observación de la personalidad humana y espiritual de su madre, le ayudó a desmarcarse de la infravaloración que sufría la mujer en su tiempo.

Tuvo gran importancia también la conducta de José su padre legal, hacia su madre. Pues, Jesús pudo constatar en su hogar como José, no ejercía un dominio sobre María, su esposa; sino que ambos se brindaban constantemente una ayuda mutua, para poder mejor llevar a término los designios de Dios. Los dos eran para Él reflejo de la voluntad creadora de su Padre, que creó al hombre y a la mujer no para que uno ejerciera dominio sobre el otro, sino para ayudarse y completarse mutuamente. Tampoco vio que José apartara a su madre de la vida espiritual, ni de los grandes momentos litúrgicos del pueblo de Israel, ambos con Jesús subían en peregrinación a Jerusalén por las fiestas de Pascua (Le 2,41).

Jesús ha visto en su madre a la mujer fuerte, y valiente, que tiene a Dios como único absoluto, que es autónoma para decir sí a los designios de Dios. Mujer que no se conforma en vivir en el subdesarrollo humano y espiritual al que se tenía marginada a la mujer de su tiempo y por ello con la gracia del Espíritu Santo y en su gran deseo de ser fiel a lo que Dios quería de ella, es capaz de liberarse de los condicionamientos sociales y religiosos de entonces.

Ni la reclusión a la que vivía la mujer Palestina le es impedimento para ejercer la caridad hacia su prima Isabel, ni la mentalidad de que nacer mujer es una desgracia, impide a ambas, llenas del Espíritu Santo, estallar en gozo y alabanzas por las gracias que Dios ha derramado en ellas. Ni tampoco asume, por el hecho de ser mujer, deba ser apartada de toda reflexión intelectual y espiritual de los grandes favores que su pueblo ha recibido de Dios.

Jesús pudo constatar en su madre, la capacidad de la mujer para hacer frente a la adversidad y mantenerse fiel en los momentos más difíciles a la voluntad de Dios. También pudo ver en Ella como, a través de la reflexión de las Escrituras y de las manifestaciones de Dios en su vida, pudo superar el monoteísmo absoluto del pueblo de Israel, y adentrarse en la diversidad de personas en el seno de la Trinidad, haciéndola capaz de acoger por la fe los grandes misterios de Dios que Él debía proclamar al pueblo de Israel. Vio la capacidad de su madre, y por ello de toda mujer, en poner en práctica sus enseñanzas y perseverar en ellas con toda solicitud y responsabilidad.

2. Jesús promotor de la verdadera dignidad de la mujer

La situación de la mujer de su tiempo es verdaderamente la de ser humano pobre, oprimido y cautivo por multitud de preceptos que no le permiten desarrollar todos los dones y cualidades que Dios ha puesto en ella en bien de todos. Jesús, es un hombre soberanamente libre de los prejuicios contra la mujer de la sociedad de su tiempo. Su misión será mostrar la verdadera voluntad de Dios, escondida en tantas exterioridades que el talmudismo había conseguido cubrir la verdad revelada por Dios en el Antiguo Testamento.

La voluntad originaria de Dios está reflejada en los primeros capítulos del Génesis. Voluntad divina que está en pleno contraste con la interpretación que la sociedad judía de su tiempo había hecho de los libros de la Ley. Interpretación humana que había anulado la misma Palabra de Dios (Mc 7,9-12). El hombre y la mujer han sido creados a su imagen y semejanza, por ello son iguales en dignidad. Ambos pueden dialogar con el Creador desde la cercanía y la comunión, teniendo una tarea común que deben desempeñar no desde el dominio del hombre sobre la mujer sino desde la ayuda mutua.

Jesús, fiel a los designios de su Padre, no sólo liberará a la mujer de toda forma de opresión y de todas sus marginaciones, que no permitían que ella viviera su verdadera dignidad de persona humana igual al hombre, y pudiera aportar a la Humanidad todos los valores con los que Dios ha bendecido a cada mujer, sino que, además, intentará destruir la ceguera de tantos hombres y mujeres que aceptan como voluntad divina el predominio del hombre y desvaloriza y margina a la mujer considerando esta situación como voluntad de Dios. Jesús pondrá a la mujer en un plano de igualdad con el hombre: igual ante la llamada de la gracia, igual ante la salvación traída por Él.

 Jesús libera a la mujer de la marginación

 Teniendo en cuenta la situación de la mujer en tiempo de Jesús, y los relatos que nos aportan los Evangelios, constatamos que Jesús luchará para liberar a la mujer de todos los condicionamientos familiares, religiosos y culturales que la oprimen y devolverle, como ser humano, toda su dignidad. En el ámbito familiar, Jesús libera a la mujer: del repudio (Mc 10,11); de la ley del Levirato (Mc 12,18-27); del matrimonio como a única opción de vida (Mt 19,12); de la maternidad como único motivo de valoración (Lc 11,27-28); de la esclavitud de las tareas de la casa (Lc 10, 8-42); del dominio del clan familiar (Mc 10,29-30).

En la sociedad, Jesús libera a la mujer de las prescripciones legales:  las pérdidas de sangre no son ningún motivo de impureza ni de exclusión (Mt 9-19-22), porqué Jesús y el Padre están por encima de los tabúes, mitos y leyes discriminatorios que han sufrido y sufren tantas mujeres. Jesús defiende a las mujeres más marginadas de su tiempo: las viudas (Mt 23,14; Mc 7,9-12); las enfermas (Lc 13,10-13; Mt 1,20-22) y las pecadoras (Lc 7,37-50; Jn 8,1-11). Las defiende de las críticas, de la opresión y de la hipocresía de los hombres.

Las expresiones despectivas hacia la mujer, tan frecuentes en los rabinos, no aparecen nunca en boca de Jesús, incluso El ignora las afirmaciones despectivas sobre la mujer que aparecen en las Escrituras. Jesús, cuando predica, a todos dirige el mismo mensaje, no hay en los Evangelios dichos o palabras de Jesús que menosprecien o justifiquen la subordinación de la mujer. Cuando Jesús, en la predicación y en las parábolas, habla de la mujer y de su vida, lo hace siempre positivamente y con elogio. Como dice Juan Pablo II: "Este modo de hablar sobre las mujeres y a las mujeres, y el modo de tratarlas constituye una clara «novedad» respecto a las costumbres entonces dominantes" (MD 13).

Jesús que conoce en profundidad los sufrimientos y las preocupaciones de las mujeres, las escucha y les habla. En su relación con las mujeres sabe dar respuesta a sus expectativas y a su sed de vida. Jesús las trata con respeto y con afecto, como a hijas amadas del Padre. Las mujeres, por su parte, en su relación con Jesús, “se descubren a sí mismas en la verdad que El «enseña» y que El realiza. Por medio de esta verdad ellas se sienten «liberadas», reintegradas en su propio ser, se sienten amadas por un «amor eterno»” (MD15).

 Jesús acoge a las mujeres como discípulas

 El mundo en el que vivía Jesús trataba de proteger a la mujer separándola, porque se creía que el deseo sexual era incontrolable. En cambio Jesús mostró en los encuentros con las mujeres, una soberana libertad, afecto, claridad y sencillez. Su comportamiento indica transparencia de ser, pureza de sentimiento. Además exigirá a sus discípulos una actitud limpia ante la mujer, la actitud que vence el deseo: «Todo el que mira a una mujer (casada) deseándola, ya ha adulterado con ella en su corazón» (Mt 5, 28).   

Jesús libera a la mujer de su marginación intelectual y religiosa. En una sociedad donde se considera la mujer deficiente intelectual, por ello incapaz de recibir cualquier enseñanza, inepta para entender la Ley y explicarla, y es mejor quemar las palabras de la Ley antes que darlas a una mujer, además es mal visto hablar con una mujer, y no es aceptada como discípula de ningún rabino. Jesús, en contra de las costumbres de su época, admite las mujeres en su compañía, acepta sus servicios, conversa con ellas en público y en privado, y a algunas las considera amigas.    

En la mentalidad de Jesús, las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a escuchar la palabra de Dios y el mensaje de salvación. Por ello habla a las mujeres de los misterios más profundos de la Revelación, "y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe" (MD 15).

Las mujeres han experimentado los efectos de la Buena Nueva, muchas de ellas han sido curadas de enfermedades físicas o espirituales. Algunas mujeres se hacen discípulas de Jesús, El les dedica su tiempo, las instruye, para que puedan profundizar en aquello que han experimentado y así puedan comunicar el mensaje que El nos revela de parte del Padre.

Las mujeres serán discípulas de palabra y de obra, incluso en los momentos más duros. Como dice Ismael Bengoechea: "ninguna mujer contradijo a Jesús, ni le persiguió, ni le ofendió, ni le condenó. Al contrario, le ayudan, le asisten, le enaltecen, le honran y le aman, siguiéndole fieles hasta el Calvario, sin que ninguna de ellas participara activamente en el proceso de la Pasión y Muerte, antes bien intentará una de ellas salvarle la vida"[1].

En el momento de la prueba definitiva al pie de la cruz, entre los apóstoles, sólo Juan permanecerá fiel, pero hay varias mujeres junto a Jesús. Como dice san Juan Pablo II: “En ésta que fue la prueba más dura de la fe y de la fidelidad, las mujeres se mostraron más fuertes que los apóstoles; en los momentos de peligro aquellas que «aman mucho» logran vencer el miedo” (MD 15).

Las mujeres no desfallecerán y acompañarán a Jesús al calvario y al sepulcro. El domingo al amanecer, regresarán al sepulcro para cumplir la función propia de la mujer israelita, embalsamar el cadáver con ungüentos y perfumes. Jesús resucitado será quien dará a las mujeres una misión nueva, una misión impropia de la mujer israelita, ya que a esta no se le reconocía el derecho a dar testimonio ni de transmitir la Ley. Jesús elige precisamente a las mujeres como portadoras oficiales del mensaje más importante que da sentido a su vida y fundamenta toda la fe cristiana, su resurrección. María Magdalena se convertirá en apóstol de apóstoles. Jesús hace a la mujer testigo suyo y por ello predicadora de la Buena Nueva.

Jesús podrá ver en cada una de sus discípulas un reflejo de la grandeza humana y espiritual de su madre. Podrá constatar en la mujer la actitud atenta para escuchar sus palabras, meditarlas en su corazón y ponerlas en práctica. Así como su capacidad de comunicar el gozo de su alma a los que la rodean, convirtiéndose así ellas en las grandes evangelizadoras portadoras de la Buena Nueva.

Las mujeres como escribe Ana Mª Tedepino, "Encontraron en Jesús la fuerza que les devolvía la dignidad de seres humanos, porque las trataba igual que a los hombres y porque, a través de la extraordinaria experiencia de la igualdad, se convertían realmente en personas humanas. La relación de subordinación, de dependencia, de pasividad adormece a las personas deshumanizándolas, mientras que las relaciones igualitarias, personalizadoras, las curan y hacen eclosionar las potencialidades ocultas de todos los seres humanos. Las mujeres realizaron una experiencia transformadora mediante su relación con Jesús, convirtiéndose en personas realmente humanas, recuperadas, dignificadas, que descubrieron sus potencialidades y las pusieron al servicio del Reino con alegría, esperanza y pasión"[2].

Jesús ha sido, es y será una verdadera buena nueva para las mujeres, El les restituye su dignidad de personas humanas. Una tarea que Jesús no ha dejado de hacer en su vida terrenal, a lo largo de la historia de la Iglesia y de la humanidad. Y la seguirá haciendo hasta que el proyecto creador del Padre, en que el hombre y la mujer sean iguales en dignidad, sea una realidad palpable.

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Siglas

MD. Juan Pablo II, Carta apostólica "Mulieres Dignitatem"

 Notas

[1 I. Bengoechea, “San Juan de la Cruz y la mujer” Burgos-Cádiz, Ed. Monte Carmelo y C. Descalzos de Cádiz 1986, 71-71.

[2]Ana Mª Tedepino “Las discípulas de Jesús” Ed. Narcea, Madrid 1990, 150, 179.

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